La muerte en directo

Christian Eriksen, 2021 Christian Eriksen, 2021

Nunca lo reconocerán en vida, pero el fetiche maestro de un animal televisivo es dar una muerte en directo. Aunque es algo que empieza por la cadena de mando, que es la que maneja los números, pasar el suficiente tiempo bajo el rodillo del sensacionalismo gráfico termina contaminando hasta al último de la redacción. No sé si esto en psiquiatría recibe algún nombre, pero está muy bien reflejado en la maravillosa película Nightcrawler, en la que un reportero freelance va depurando su técnica para llegar el primero a los accidentes -a veces incluso antes que los servicios de emergencia- y conseguir cada vez mejores imágenes que vender más caras a los medios que más se privan de la moral. O de la moral práctica. Hasta tal punto llega la obsesión del protagonista por hacer cima -y cobrarla-, que termina por inspirar estos mismos accidentes. Insisto: película de obligado visionado y una de las grandes olvidadas de la historia (aunque es de 2014, hay tiempo para que vaya ascendiendo) siempre que se mencionan las mejores sobre periodismo, que normalmente tienen mucho de humo, café y gargantas profundas y muy poco de periodismo.

Es verdad que durante el traumático tiempo que Christian Eriksen estuvo siendo reanimado sobre el césped del Dinamarca-Finlandia las televisiones perdieron muchas oportunidades de oro para denegar esta máxima de la muerte en directo. Un fundido a negro, un cierre de micrófonos, un salto de escaleta. Casi podrían haber hecho lo que hubieran querido, pero la decisión -también en otras cadenas de otros países- fue quedarse a enseñar aficionados destrozados, compañeros pálidos de terror y familiares al borde del shock. La televisión será muchas cosas, pero desde luego no un accidente informativo: está todo, hasta lo emitido en directo, perfectamente reglado y protocolarizado. Negarlo es tomar a la gente por imbécil. Sólo una retransmisión aséptica de la realidad, una narración exacta y rigurosa de lo vivido y lo que ocurre habría justificado esa sobreexposición del dolor por el dolor, y huelga decir que evidentemente eso no pasó. Ni las imágenes ni los comentarios añadían ningún tipo de información a la incertidumbre: al contrario, la alimentaban. Puro morbo, puro panfletismo. Show business.

📷 Imago

Eriksen salió vivo y horas después ya había hablado con compañeros y familiares. Verle desvanecerse y ser asistido durante 12 minutos entre la vida y la muerte nos recordó de golpe todo lo importante. También sirvió para recuperar el viejo hábito del periodismo de enzarzarse por lo necesario. Un debate frívolo y tan anguloso como gangrenado. El año pasado se escribió mucho sobre si necesitábamos ver o no los ataúdes de los muertos abandonados por las instituciones -que no dejaban a sus familias velarlos- para comprender la magnitud de la pandemia, y resulta que Emilio Morenatti ha ganado el Pulitzer por fotografiarlos. Algunas escenas son particularmente duras y lo que es más revelador, inéditas. Se nos privó conscientemente del dolor, cuando en este caso sí eran evidentes muestras de un contexto al que deberíamos volver recurrentemente para solicitar depuración de responsabilidades. En aquella ocasión, qué mala suerte, el periodismo no estaba para servir al ciudadano sino para acompañar al Gobierno en su gran evasión. Eso sí: las redes, infestadas de tonito grave y todo el star system pontificando al unísono en la mayor celebración magufa que recuerda Occidente. Hasta hay un tío que se ha hecho famoso por hacer bromas sobre el coronavirus y a quien espolean frecuentemente todos los periodistas de cámara de la izquierda.

Todo lo que tuvo de amoral la retransmisión de la agonía lo tuvo de predecible la lluvia de lecciones real time en Twitter. El periodismo es la única profesión del mundo que nunca se ejerce a gusto de todos, porque su fundamento de alquiler es una patraña y porque nunca antes la necesidad había estado tan cerca del poder. En otras palabras, y esto es algo sobre lo que se ha teorizado largo y tendido: en la era de la infoxicación y ese largo etcétera de atajos tenemos más fácil que nunca ignorar la verdad y optar por la aventura propia. Reconozco que el voyeurismo de atender a los ruegos de los usuarios sobre el buen periodismo suele ser muy satisfactorio aunque lo deja todo perdido de propuestas no vinculantes, por no hablar del nivel general en el que se ancla el debate, que oscila entre la descalificación y la impostura más gruesa posible sobre esos mínimos éticos a los que en el día a día no nos acercamos ni por accidente como ciudadanos -pero sí, qué mala suerte, como consumidores de información-. Me recuerda a cuando en La Sexta conectaban cada treinta segundos con los exteriores de la clínica Cemtro por si en un golpe de suerte les sorprendía en directo el fallecimiento de Adolfo Suárez. Claro que las sorpresas son menos sorpresa si las buscas deliberada e insaciablemente.

Todo esto es una ensoñación, empezando por la goleada de Italia a una selección tradicionalmente áspera y terminando por lo obvio, que ya a estas alturas debería estar bastante más claro de lo que todas las manifestaciones públicas fingen: que el sensacionalismo es la única forma rentable de periodismo.