Dice Álvaro Morata, que ni es el peor ni el más tonto de los jugadores profesionales de fútbol -y que ha ganado más que la mayoría de ellos- que opinar es fácil y gratis. Ha aprovechado un mal momento para reivindicarse: tras marcar el gol de España en el 1-1 contra Polonia que no certifica nada más que la desescalada de calidad y competitividad de toda una generación de futbolistas a los que, además, no se les puede toser. El de Morata es un perfil curioso, que ha pasado por una trayectoria profesional de cierta exigencia, éxito moderado e infinitos comentarios polarizados irreconciliables. Padre de familia, 28 años -cerca ya de los 29…- e internacional. El ojito derecho, por influencia de pasillo, de una parte no menor de la prensa deportiva española y un jugador muy aprovechable sobre el césped en numerosos contextos estratégicos, más allá de lo que pueda sugerir el estruendo su recurrente dificultad para ver puerta en ocasiones telegrafiadas. Hay delanteros a los que se les caen los goles; a Morata se le caen los memes.

En la previa, Luis Enrique había espoleado al delantero de la selección con un recurso corajudo de líder previsible: «Morata y diez más». Así certificaba no sólo su titularidad, sino su rol en el vestuario. Donde el seleccionador decía Morata y diez más algunos leyeron once menos uno. Así es el fútbol, si el delantero falla -y puede fallar- está tan expuesto a crítica y escarnio como cualquier otro, si no más. Por el peso y lo que representa. Por lo del gran poder y la gran responsabilidad, pero además en este caso, por todas las cuentas pendientes que los seguidores de la selección, si es que existe tal cosa, han heredado de madridistas y atléticos -me consta que también de los aficionados de Chelsea y Juventus- en lo de vituperar el rendimiento de un jugador al que siempre perseguirá la sombra de su padre, conseguidor cercano a los medios, como disparador de oportunidades. Una conspiración que personalmente, por cierto, no comparto.

El problema es otro. El problema es que España se ha presentado a la Euro 2020 sin referentes y en caída libre. Ir a revolucionar un partido de fase de grupos con Sarabia, Fabián y Oyarzábal, eso es España en 2021. Este desvanecimiento tiene infinitos padres. Thiago Alcántara y sus dos últimos años de lesiones e indefinición; lo mismo con Asensio, el retiro precipitado de Isco, la desaparición de la élite de Diego Costa, el positivo de Busquets, el paso a un lado de Piqué, la madurez irreversible de Ramos, la tensión en los músculos de Carvajal, los autogoles de De Gea y Kepa. Luis Enrique convocó un equipo de Europeo sub-21 para jugar contra adultos de vuelta y las consecuencias están camino de realizarse. Además, dolorosamente. Recuerda vagamente a lo que ocurrió con Iñaki Sáez en 2004, y aunque Sáez era «de la casa» -con lo que eso significa-, le dio el ataque de entrenador en el peor momento, quemando con jóvenes y suplentes en sus equipos lo poco que quedaba (Raúl, Valerón, Helguera) de una generación maldita por Corea y Japón.

Nada de lo que hagan Pedri, Ferrán Torres, Dani Olmo, Unai Simón o Diego Llorente llegará ni remotamente a cualquier acción aislada del último jugador de la selección durante el tramo 2008-2012. Va para una década de depreciación del talento y el diagnóstico va mucho más allá de lo meramente futbolístico. «Partidazo de Morata, ¿eh?» repetía una y otra vez Kiko Narváez durante la retransmisión. Morata y diez más. Opinar es fácil y gratis en España. Resulta que la hornada emergente inmediatamente posterior a aquella no se ha consagrado -por muchas razones, entre ellas las funestas decisiones técnicas y administrativas- y lo que viene ya está aquí no sólo no lo mejora sino que es sensiblemente inferior. Lo peor es que como referentes deportivos y sociales replican todo el mal que anega el valor del progreso y la autocrítica: el tsunami snowflake, de jóvenes traumados por la exigencia pero deliberadamente ostentosos y frívolos, está perfectamente representada en el deporte rey o lo que queda de él.

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