Yo no vi jugar a Messi

Leo Messi Barcelona Foto | Imago

Yo no vi jugar a Messi. Vi jugar al mejor jugador que acogieron mis meninges: Zinedine Zidane. Vi jugar a Ronaldo, al que llamo «el bueno» como llamaban las crónicas a Alonso Quijano; vi jugar a Raulito, el chaval de Marconi; vi cómo la zurda de José María Gutiérrez acariciaba el balón con tacto de poeta; vi correr a Özil, que era como Guti, pero sin el carisma torrejonero; vi a jugar a Modric o a Benzema, por citar a unos cuantos magos de los muchos que han ahogado algún grito de admiración de este que les escribe bajo su chistera.

Más allá del Madrid, vi jugar a Verón, cuyas medias bajas contemplé una noche de jueves en Antena 3, cuando los de entonces no éramos los mismos; vi a Giggs en el Bernabéu cuando los aficionados del Real nos enfrentábamos a los ingleses como Fraga el día que le nombraron embajador en Londres, con bombín y maleta de madera; vi a los aficionados de la grada baja del estadio blanco tirar de la cabellera rubia de Oliver Kahn; vi a Henry, a Bebeto, a Rui Costa, a Ibrahimovic, a Valerón, a Del Piero y a otros.

A Messi no lo vi, a Messi lo sufrí. No hay un ápice de admiración en lo que sus jugadas me transmiten, sólo algo parecido a la aversión y al cansancio. Lleva tantos años amargándome la vida que, si soy honesto con esta cabecera que me permite dar opinión, no puedo dedicarle ni un solo elogio, ni una sola alabanza. No recuerdo bien lo que había al otro lado de su aparición, ni acierto a intuir lo que hay a éste, ya sin su figura acaparándolo todo.

Me encantaría decir aquí, en esta tribuna, alguna cursilada del tipo «no hay luz sin oscuridad»; «No hay felicidad sin sufrimiento», que diría Dostoieski; «Él nos hizo mejores»; bla, bla, bla. Nada de eso. Ni la competitividad de Messi le ha venido bien al Madrid, ni Cristiano es su némesis, ni gracias a su figura se engrandecen los recientes triunfos merengues. Messi ha sido a este lado de las trincheras un grano allí donde la espalda pierde su sacro nombre, un palo en las ruedas, una desgracia, un goteo chino, una envidia sarracena, una plaga bíblica.

Messi ha sido a este lado un palo en las ruedas, una desgracia, una plaga bíblica

Precisamente por eso, cuando los que aún están por llegar observen ese gambeteo majestuoso; cuando visualicen sus vídeos enchufándole tres al eterno rival siendo un crío; cuando lo encuentren regateando a medio Getafe, arrancando como el genio del fútbol mundial, ta-ta-ta-ta; cuando se topen con su uno setenta de cuerpo rosarino rematando de cabeza en una final de Champions como dicen los sabios que remataba Carlos Alonso Santillana; cuando lo vean levantar trofeos como quien hace la compra; entonces preguntarán: ¿tú viste jugar a este absoluto genio del balompié?

Decía Valle-Inclán que la vida no es como es sino como se recuerda. Cuando llegue la inevitable pregunta, mi memoria se contraerá con miedo, ansiosa como el perseguido que cruza frontera, temerosa por si vuelve el hombre del saco. Yo no vi jugar a Messi: yo lo sufrí.

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