Yo condeno, tú condenas, él no condena

Reyes Maroto 2021 Navaja

Horas después de saber que no había sido un fascista sino un esquizofrénico quien le había enviado la navaja presuntamente ensangrentada, la ministra Reyes Maroto posaba sonriente -las arrugas de expresión la delataban- ante los medios con una ampliación de la foto al objeto. Nadie esperaba que se llevara las manos a la cabeza como Yolanda Díaz en La Sexta -en una reproducción de mercadillo de los icónicos posados que Alexandria Ocasio-Cortez regaló mirando a través de una valla-, pero que lo hiciera sonriendo restaba gravedad a la denuncia base («todos los demócratas estamos amenazados de muerte») y que implicaría o bien la redefinición de lo que es una amenaza o de lo que es un demócrata.

Parte de la campaña por Madrid ha ido de exigir condenas, una especie de prueba del pañuelo a la que los políticos someten a sus rivales para comprobar hasta dónde son capaces de arrodillarse. Iglesias empezó sugiriendo que encarcelaría a Ayuso y unos días después los suyos celebraban que chavales visiblemente alterados la emprendieran a pedradas con el tercer partido más representado en el Congreso. Luego tuvo la opción de remediarlo y en su lugar, abandonó el debate en la SER porque Rocío Monasterio, candidata de Vox, le recordó el episodio de la lapidación en Vallecas devolviéndole el turno de expiación. Porque de eso se trataba en realidad: de que ella sí había condenado «las violencias» y él, no.

Más allá de su simbolismo virtuoso, cabe somera reflexión sobre qué suma o resta que un actor de vida política condene o no las violencias, en plural, como si hubiera más de una. Y más allá de ello, que sea capaz de categorizarlas, y con ello a sus víctimas. Nunca está de más resaltar que existan entre nosotros personalidades capaces de hacer esa distinción, pero mucho más tétrico es que hayamos dotado de algún sentido eliminatorio al hecho de que «condenar todas las violencias» (que es lo mismo a no condenar ninguna) te valide o no para seguir debatiendo entre iguales. Precisamente porque la violencia no tiene categoría, es una opción política que se expresa por sí misma, con o sin adhesión o marginalidad. Sin adversativas.

Si en lugar de jugar a los pactos y los centros recobráramos el gusto por la claridad de ideas obtendríamos enseguida resultados sorprendentes en cuanto a la condena de las violencias se refiere. Por ejemplo, concluiríamos que el recurso de la violencia es opcional y que sólo la frecuencia con que se recurre a él significa el peso concreto que una opción política puede jugar en el tablero. Y lo que es más importante: hacer la distinción entre violencia y firmeza -todo un desafío en los tiempos que corren- puede abrir la conversación en direcciones insospechadas, más allá de las zonas comunes con bullets, eslóganes y discursos memorizados con signos de puntuación y acotaciones interpretativas sin margen a la réplica ni, por tanto, al entendimiento.

Toda la pantomima guionizada mediáticamente respecto a las amenazas de anónimos, además de revelar taras imperdonables en los procesos de vigilancia y detección de peligros, ha evitado a los candidatos durante unas horas el enfrentarse a su rampante inseguridad argumentativa. Esto es lo único que se esconde tras la espantada de la izquierda de los últimos debates en campaña, y además constituye un principio básico de algo que también podríamos considerar violencia según los cánones actuales, ya que priva al ciudadano de la confrontación de ideas en directo y de las cristalinas conclusiones que se puede extraer de ello, como por ejemplo cuando se usan gráficos manipulados posteriormente desmentidos o matizados. Pero de esta violencia se ha hablado poco y por supuesto, no se ha condenado.

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