Y si no hay víctima, nos la inventamos

richard jewell 2019
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El tonto revuelo en torno a Richard Jewell, la última película de Clint Eastwood, ha sido orquestado con tempestad, alevosía y torpeza concluyente. En la película, Eastwood dirige a un grupo corto pero contundente de personajes que recrean el caso del vigilante de seguridad falsamente acusado de perpetrar un pequeño atentado -en el que dos personas resultaron asesinadas- durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. Antes incluso de que la prensa española pudiera verla y componer su juicio, ya había artículos en algunos medios disparando términos socorridos habituales tales como «machista» o «misógino» contra el director por, únicamente, aplicar una licencia creativa -dramática, según la propia actriz- al personaje interpretado por Olivia Wilde, una periodista que existió realmente y que realmente firmó una fake news de manual en el Atlanta-Journal Constitution. En el conjunto de la película, que es con mucho de lo mejor estrenado en 2019 –entre las diez mejores para la National Board of Review, para empezar-, el detalle escabroso tan amordazado y temido es el siguiente: la periodista (Kathy Scruggs) se acuesta con un agente del FBI (interpretado por Jon Hamm) para conseguir algo de información que, sorpresa, no es veraz, precisa ni está contrastada con una segunda fuente. Mientras esa información a medias filtrada a los medios destroza una familia y un hogar y amenaza la serenidad de un hombre tranquilo y un buen tipo íntegro que aspira a ser policía, la periodista evoca también un viaje introspectivo por la verdad que acaba en el resultado, tan humano, de la vergüenza. Ni Wilde ni tan siquiera Hamm -también ridiculizado y caricaturizado en la película- van a dejar huella en la historia por sus papeles, pero donde el nicho del feminismo huele oportunidad, hay que actuar sin descanso.

Richard Jewell ha sido incluida entre las 10 mejores películas de 2019 del American Film Institute y el National Board of Review; Kathy Bates está nominada a Mejor Actriz de Reparto en los Globos de Oro


Es aberrante cómo algo tan insignificante ha podido desviar la atención durante más de un segundo, media línea o un parpadeo de una película tan limítrofe y bien pensada como Richard Jewell. Los personajes de Wilde y Hamm son así y acaban así por una razón muy simple: ambos son igual de malos, en el sentido más pueril y simple que un adulto sin margen introspectivo pueda comprender. El Atlanta-Journal Constitution, acreedor de varios Pulitzer en varias décadas, fue el primero en lamentar esta edición del personaje de Kathy Scruggs aludiendo, sobre todo, a que ya había fallecido y no podría defenderse. Tanto mejor: quién sabe qué más podría haber contado. Warner respondió a la llamada, como ya ha hecho este año también con el Joker de Todd Phillips, reconociendo -aunque en un tono perversamente agrio- que efectivamente algunos personajes estaban ficcionados. Que es lo que suele pasar en el cine. Como cuando antes del estreno de Jurassic World muchos expertos torcieron el gesto y renegaron del arte, consagrando que los dinosaurios sin plumas eran una estafa. Y eso que en no pocas líneas de guion el ingeniero biológico de las criaturas lo dejaba claro, como si hubiera que convencer a la gente -pero sobre todo a los expertos…- de que sí, en efecto, no hay pruebas de que los dinosaurios de Jurassic World existieran tal cual estaban recreados en la pantalla. ¿Habría sido igual de efectivo un velocirraptor de medio metro emplumado y graznador en lugar del monstruo letal y y perverso que ha perseguido a toda una generación? Probablemente no. Probablemente, si Kathy Scruggs hubiera conseguido la información -falsa y errónea, insisto- sobre Richard Jewell de cualquier otra forma, su personaje (homenajeado como ser humano pensante y sufriente en la misma película, tiene guasa) habría pasado absolutamente desapercibido y por suerte no es el caso. Dejó escrito Rosa Belmonte algo muy significativo al respecto de las pesadas voces acríticas: «prefiero que me llamen buscona o puta a que se recuerde que hundí la vida de una persona». Pues la prioridad de un núcleo determinado es otra ahora. Claro que esto explica la nulidad de escrúpulos en las facciones sobredimensionadas del feminismo posmoderno. Al final, que el acusado y su familia fueran vilipendiados, insultados, perseguidos, humillados y vejados hasta la más cruel y sangrante de sus fronteras no puede competir con que, en una licencia narrativa al uso, una mujer se acueste con un hombre para conseguir algo. Como si no hubiera pasado nunca. Como si no tuviera derecho a hacerlo.

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