Y a ver qué pasa

Unai Simon Spain 2021 Foto: Imago

Reconozco que no me duelen prendas en invadir el consenso que este país ha encontrado en despreciar el anuncio de ¿Estrella Damm? con Mario Casas de protagonista, por cierto vigente Goya al mejor actor español. España da mucha pereza, pero esa impostura que niega al tema central -y su estribillo- el carácter de la imprevisibilidad («y a ver qué pasa») es muy parecido a estar muertos en vida. El verano es el gran «a ver qué pasa» de cada año, que se lo digan a los estudiantes secuestrados en Mallorca por vivir su juventud. Media España pendiente de ti y la intelligentsia obcecada en vituperar su salvaje y erótica pulsión de irresponsabilidad mientras el dedo señala al cargo público. Todos estamos aquí a ver qué pasa. Luis Enrique el primero. Busquets cuando iba a patear el primer penalti ante Suiza, malogrado por supuesto. Unai Simón, el héroe más valleinclanesco de la selección, un crisol de contradicciones, la viva imagen de la insoportable irregularidad, un hombre imperfecto que es el colofón conceptual a la selección más extraña, plana y ambigua que se recuerda. Capaz como la Grecia de 2004, pero no mucho más peligrosa que una Hungría o una Macedonia del Norte inspiradas. Una incertidumbre desapasionada que ha acabado arremolinando a los propios alrededor de un fin, la Euro, que sigue pasando como pasa todo lo que no importa.

España está en semifinales porque se ha resistido al ridículo, una opción que no contemplaba a pesar de su bisoñez. No es cuestión sólo de talento, también de ubicuidad. Y se está fraguando un séquito de malditismo moderado, aislado del comentario social. Nada que ver aún -aunque ya asoman algunos conversos- con aquel salvaje y obsceno ejercicio de chovinismo descascarillado, de orgullo de pueblo, que sucedió a los éxitos de la selección entre 2008 y 2012, cuando los periodistas deportivos empezaron a usar la primera persona del plural, un nosotros mayestático, para incluirse en la esfera de influencia en los éxitos deportivos de personas que los utilizan descaradamente durante su carrera para trasladar sus mensajes a la opinión pública. Fue una época tan vergonzosa que muchos acabamos renegando. Aquello de: no le digas a mi madre que soy periodista deportivo, dile que soy pianista en un burdel, que habría pasado por ocurrencia de no ser porque el burdel es un campo al que no se le pueden poner puertas. Nada que no supiera desde el principio, muy al principio, y desde la primera exclusiva que di, absolutamente borracho, tecleando y corrigiendo a las dos de la mañana desde la habitación de un hotel de Barcelona, después de una cena a la que la prensa acudió invitada por un patrocinador. Sin más, puse la oreja, llamé a mi jefe de mesa, me dijo que adelante y lo clavamos. No había vuelto a escribir ebrio hasta hoy.

Mentiría si dijera que no echo de menos el periodismo deportivo, porque es una plaza en la que puedes trabajar borracho sin que nadie note demasiada diferencia a cuando lo haces perfectamente sobrio y dentro de tus cabales. Pero aquello, como España, ya pasó.

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