Vindicación sincera del unocerismo

atletico de madrid 2019

En fútbol el unocerismo está tan mal o peor considerado que mentir u omitir en política, y de igual forma comporta la estrategia más resolutiva en el corto plazo. Se suele decir que el 1-0 o el 0-1 son resultados suficientes y esto también los convierte, por inversión, en potencialmente insuficientes. De ahí que su preponderancia en el Atlético de Madrid de Simeone, por ejemplo, sirva para explicar un modelo. Inferir de algo tan amable como el resultado una propaganda concretísima suele llevar a error, desconcierto o paroxismo, como a menudo ocurre con el fútbol en sus formas de publicidad mediática. La victoria corta o por la mínima sin encajar gol es el modo predilecto del Atleti ultracompetitivo que conocemos. Desde finales de 2011 -o más bien comienzos de 2012, cuando el primer 1-0-, este resultado ha supuesto un tercio (29,2%) sobre el total de victorias del equipo. Y su importancia se ha mantenido invariable especialmente en las temporadas de conquista de títulos, aunque el segundo porcentaje más bajo corresponda paradójicamente al curso 2013-2014 en el que se conquistó LaLiga. No debe tener nada de especial, puesto que el Atlético se ha especializado en no recibir y en sofisticar su resistencia a cambio de inspiración contada en área contraria. Un reduccionismo injusto a todas luces, claro, para con el arduo trabajo del equipo de Simeone en ocupar campo, estrechar bandas, circular con pases cortos y buscar la espalda a la defensa rival. Demasiado trabajo mecánico como para ceder espacio a la creatividad o la humillación. Como ganar es el fin último y Simeone lo está haciendo mejor que ninguno otro en la historia del club, todas las reticencias deben pasar antes por un purgatorio inespecífico de dolientes o víctimas propicias. Simeone ha logrado que el Atlético parezca capaz de ganar hasta el más inverosímil de los partidos, bajo cualquier circunstancia pero especialmente cuando no domina. Otra discusión será si esto alcanza para terrenos de alto estándar, donde se decide la Champions, por ejemplo: o si el desgaste que propicia en Liga una estrategia de consolidación y tensión defensiva no es más una ventana a los rivales por la permanencia que a quienes optan al título. Por eso la reflexión anterior sobre la insignificancia de la ausencia de brillo. Este año se han intensificado los comentarios acerca de la neutralidad del juego del equipo y no es un asunto baladí habida cuenta del paladar que el colchonero de los últimos ocho años ha ido afinando con conquistas nada menores: también da una medida de lo insensato de su ruidosa masa social, se diría que aún acomplejada por un pasado desmotivador. El pasmo del 1-0 (o el 0-1) redunda en cómo se desprecia, por gris, un resultado que da el mismo acceso a la victoria que cualquiera más amplio. Tal es la obviedad que la intolerancia queda catalogada inmediatamente como estupidez. Como todavía no ha nacido, a pesar del denuedo de hagiógrafos e independentistas, quien defina lo que debería entenderse por fútbol total -el cual casi siempre es más parlamentario que real, porque el fútbol total descubre unas carencias deshonrosas para la competición que la mayor parte de las veces no se traducen en gloria-, Simeone puede seguir apostando su honor al cortoplacismo. Con la salvedad, comentada, de la aparente y exigida necesidad superior a la hora de ejecutar ese último paso que tanto necesita en alta competición europea o en enfrentamientos directos con el que es su némesis deportivo inmediato, el Barcelona de la numerología. De momento, 76 resultados cortos de un total de 261 victorias. Pecata minuta, pero feliz.


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