Viaje triunfal a ninguna parte

Florentino Pérez, con Zidane - Getty Florentino Pérez, con Zidane - Getty

Era el primer año de Gareth Bale y a nadie escapaba que el Real Madrid había acertado de pleno con el sustituto natural de Cristiano en el largo plazo como brazo ejecutor del juego del equipo. El paso del tiempo nos haría ver que nada se puede dar por sentado en deporte y que uno puede ser muy viejo con 29 –la edad de Bale cuando se fue Cristiano– y muy joven con 36 –la edad actual del portugués–, pero los pasos que estaba siguiendo el club blanco en cuanto a confección de plantilla a presente y a futuro eran los que tocaban en la realidad del momento.

En el verano de 2014, tras ganar la Décima, el Madrid consideró que su plantilla ya era lo suficientemente bruta como para poder ir alimentándola de la mejor manera sin pagar un coste excesivo por ello. Se intercambió a James Rodríguez por Di María –compra y venta de precio similar– y se incorporó a Toni Kroos y Martin Ødegaard –que llegaría en invierno con Asensio y Lucas Silva–, los dos tótems que iban a representar la que iba a ser política de club desde entonces para que el nivel del plantel se sostuviera en su pico más alto en los años venideros: oportunidades de mercado y reclutamiento de jóvenes promesas

Para asegurar su porvenir, el Madrid apostó por comprar talento joven y barato –Kovacic sería la excepción por considerarse que sus condiciones ya eran óptimas para dar el salto– sin buscar rendimiento inmediato y dejando su formación en manos de otros equipos –cesiones– o del propio Castilla. Con ello, el Madrid se forjaría una pequeña red de jugadores a los que acudir como primera opción cuando hubiera una necesidad que cubrir, se posicionaba en el mercadosi los ficho yo, no los fichan otros– y añadía una fuente de ingresos con la que seguir haciendo que la rueda gire, por el amplio margen de revalorización de tanto fenómeno en ciernes y la certeza de que no todos llegarían a hacerse hueco en el primer equipo.

Llegó la temporada 2016/17 y la plantilla se había convertido en un monstruo sin precedentes de una manera impredecible. Del Ancelotti que manejaba siete jugadores para los seis puestos por delante de la defensa en su último año en Madrid a la disposición de dos equipos copados de cracks cohabitando en la misma plantilla   habían transcurrido sólo dos campañas. En este tiempo, demasiados jugadores que venían sin grandes expectativas de disfrutar de minutos se sobredimensionaron a unos niveles difíciles de prever. El gran golpe fue que Casemiro se adjudicara contra pronóstico un puesto fijo en el once –todo hacía indicar que su rol principal sería el de recurso para cerrar partidos apretados– y mandara a hacer cola a dos estrellas –Isco y James– que en principio se iban a pelear por un puesto. El perfil único de Lucas Vázquez –muy útil en el Madrid de los centros laterales y la intensidad defensiva–, la valentía de un Morata ya maduro dándose una oportunidad aun sabiendo que asaltar el status de Benzema era una quimera, la predilección de Zidane por Kovacic o la irrupción final de Asensio completaban un pack de ascensos y asomos a la élite que escapaba a las visiones más optimistas del proyecto. Todo el monte era orégano.

Por doloroso que fuera, el Madrid 16-17 debía perder galones para ganar salud interna

Que Cristiano Ronaldo respondiera como ejemplo a seguir en el ahorro de energía como idea colectiva, la capacidad de Zidane para entender lo que necesitaba el grupo en cada momento y el hecho de que el Madrid no encadenara una mala racha reseñable en toda la temporada –esa que hubiera abierto la veda para los berrinches de los disconformes– fue retrasando el estallido de una plantilla tendente a dinamitarse por su propia naturaleza. Que James, Morata, Pepe, Isco o Bale aceptaran un rol secundario era tan improbable como que no saliera por alguna parte tanto veneno retenido en forma de banquillo. Así que, por doloroso que fuera, el Madrid debía perder galones y determinación  para ganar salud interna.

Para ello, dobló la apuesta por los jóvenes y decidió que esa segunda unidad en plantilla la iban a ocupar ellos. El club blanco se saltaba un paso y pasaba de fichar proyectos de buenos jugadores que se curtían cedidos en clubes medianos (Asensio con el Espanyol, Valverde con el Depor, Vallejo con el Eintracht,…) a fichar directamente a los jóvenes que la rompían en dichos clubes medianos, sin dejar de hacer hincapié en el jugador formado en España (Theo Hernández, Ceballos, Odriozola). 

Grada del Santiago Bernabéu - Getty
Grada del Santiago Bernabéu – Getty

Paralelamente a esta política, el Madrid se había sumergido en el mercado brasileño arriesgando fuerte por dar con la joya del futuro. Desde 2017, los menores de edad Vinicius, Rodrygo y Reinier irían firmando a uno por temporada y a precio de jugador consagrado. Las campañas de Mbappé (18) y Dembélé (19) estaban frescas en la memoria, y buscar acelerar procesos formativos de jugadores talentosos parecía ser el camino más corto para hacerse con una estrella en tiempos donde la burbuja se había disparado hasta cambiar esa regla no escrita de que los futbolistas jugaban donde querían. Las inyecciones de dinero de las TV en Inglaterra, el auge de los jeques y la locura del mercado chino pagando sobreprecio por jugadores con más nombre que contenido hicieron que equipos grandes e ingleses pudieran mantener a sus estrellas y se olvidaran de la necesidad de vender. Más que nada porque si se desprendían de ellas, comprar una similar tenía un precio parecido en el escaparate de enfrente. Eso si te la querían vender.

La estrategia del Madrid tenía todo el sentido en un momento en el que se entendía que el puntal de su patrimonio era su plantilla. Un arma que bien gestionada le permitiría seguir estando en primera línea de batalla, compitiendo en un futuro ya presente en el que el músculo financiero lo tendrían otros. Estas inversiones en busca del futuro jugador franquicia de la entidad eran un apéndice que discurría de forma aislada a la idea inminente del proyecto, pero que tenía visos de encontrarse con él en un futuro que sería más o menos cercano dependiendo de las necesidades del equipo y del florecimiento o no de dichas apuestas. 

Mientras, en la vida real, la irrupción de Isco había dado el empujón definitivo al consenso institucional en torno al Madrid del cuarto centrocampista en detrimento de una BBC a la que le fallaba una pata. La capacidad de dominar los partidos a través del balón mostrada en algunas fases de los partidos ante los mejores equipos de Europa justificaba el paso hacia adelante en la planificación hacia un equipo que radicalizara su convicción en un fútbol ofensivo que partiera de la monopolización del balón en pro de consolidar un estilo definido acorde al perfil predominante de sus jugadores. El destrozo al Barcelona en la Supercopa de España puso foto a la instauración de una nueva orden que prometía trasladar de forma permanente al juego esa superioridad que ya traían los resultados.

Cuando sólo quedaba sentarse y disfrutar, resurgió ese mal endémico del club: pereza y soberbia

Cuando sólo quedaba sentarse y disfrutar, resurgió de sus cenizas ese mal endémico del club que Zidane parecía haber extirpado para siempre. Pereza y soberbia hacían aparición para tirar la Liga antes de Navidad y dejar un bochorno en Copa ante el Leganés que pudo tapar la Champions de Kiev a ojos de la directiva o de parte de la afición, pero no a los de Zizou. Hacían las maletas Zidane y Cristiano, pero el verdadero golpe lo habían dado ya antes Marcelo, Isco, Bale y –de manera menos acusada y agudizada por las lesiones, pero igualmente determinante– Carvajal, que no habían avisado a nadie de que sus mejores partidos con esa camiseta los habían disputado ya, a pesar de no alcanzar ninguno los 30. Se podía planificar con el anuncio de las salidas de los dos primeros, pero era mucho más difícil hacerlo sin saber que ninguno de los otros cuatro volvería a ser el mismo.

La dimisión de Zidane, aunque amarga, abría la puerta a dar el paso definitivo. El Madrid, que se había mirado en la escuela española para diseñar el motor de su renovación, contrataba al entrenador idóneo para optimizar un proyecto que de repente parecía cohesionarse. Tomaba el control Julen Lopetegui, el técnico que había presenciado y sido parte de la evolución de estos jugadores, el que más información tenía sobre ellos para poder sacar lo mejor de cada uno. Un técnico que además de entender las necesidades de sacar resultados ya, sólo necesitaría respaldo para compartir con gusto el proyecto de club, dibujando un camino en el juego y respetando los tiempos que demanda la formación o desarrollo de los jóvenes. Por primera vez en la era Florentino –salvando aquella etapa en que Mourinho absorbió funciones de presidente, director deportivo y entrenador– todos los estamentos de la institución parecían ir de la mano.

Sin embargo, el Madrid debía asimilar la realidad cuanto antes y adaptarse a ella. La Champions conquistada dos meses atrás distorsionaba la realidad del momento, pues el Madrid estaba lejos de ser el mejor equipo de Europa. La salida de Cristiano marcaba un punto de inflexión, que obligaba a reformular la plantilla y los objetivos desde el momento en que se aplazaba la incorporación de su recambio como capitalizador del juego del equipo. Con PSG y Chelsea cerrados a negociar por ese delantero de banda capaz de crearse la ocasión y marcarla (Neymar, Mbappé y Hazard), el dilema entre esperar un año a fichar la estrella que demandaba la planificación o gastar ese dinero en un buen ‘9’ bajando el nivel y a expensas de que pudiera encajar con Benzema –Lukaku, que no es el Lukaku de hoy en día, le había costado 85M€ al Inter, por Icardi pedían 110 y sólo Levy y Dios saben lo que hubiera pedido el Tottenham por Harry Kane– se solucionó de la forma más madura. 

El reto para la institución estaba en hacer un ejercicio de humildad y madurez nunca visto en Chamartín. La situación pedía adecuar las expectativas a la realidad, para, sin dejar de ambicionar lo máximo, comprender que aquella temporada era el tránsito hacia algo superior. De hecho, hubiera sido clave hacer campaña para vender esta idea al entorno con el fin de que no se sacaran las guadañas al primer contratiempo. No fichar anudaba confiar en Bale como hombre que marcaría las opciones a ganar títulos, y que saliera cruz en esa moneda al aire ya no podía sorprender a nadie. Pero eso al club no debía preocuparle tanto, porque cuando se echa una moneda al aire ya nada depende de uno mismo. Lo que sí debía obsesionarle es que existiera un plan trazado que fijara unos objetivos ciertos y realizables para ese Año I y que tuviera como meta superior la consolidación de una forma de jugar, la superación de etapas camino al crecimiento de los jóvenes y unos resultados mínimos que por supuesto debían ser distintos a ganar la Champions o copar las nominaciones al Balón de Oro. Y eso sí que no se podía aplazar.

Zinedine Zidane con Luka Modric - Getty
Zinedine Zidane con Luka Modric – Getty

Este manto de humildad que debía arropar al club se debía extender, por último, a los jugadores. Ya no se podía tontear con el compromiso individual, porque ya no estaba Cristiano para sacar adelante los partidos que el núcleo duro del vestuario comprendía que no eran acordes a su grandeza. O se tomaban el fútbol como una profesión, o ya no habría red de seguridad.

El Madrid demostró ante Getafe, Leganés o Roma el equipo que podía ser. Sin embargo ese juego posicional y agresividad en la presión tras pérdida que sólo se explican con trabajo de entrenador, saltó por los aires en Sevilla (3-0) en una primera mitad para el museo de los horrores. Pasividad y desconexiones que derivaron en errores individuales que pondrían la cara colorada cualquiera, ante un equipo que volaba. Y de ahí la cadena de siempre: pasividad que deriva en errores, errores que derivan en dudas, dudas que merman la convicción en lo que estás haciendo –incluida la del técnico–, resultados negativos, dinámica negativa. No era nada nuevo, sólo que antes Cristiano revertía estas dinámicas o impedía que nacieran con goles propios del que juega un partido distinto al de sus compañeros. El Madrid pasa de ser colíder en la jornada 5 con 4 victorias y un empate a despedir a Lopetegui en la jornada 10 tras sacar un punto de 15 y perder 5-1 en el Camp Nou

Reseñar el acto de lealtad de Julen hacia el club cuando, con el equipo ya roto y su puesto de trabajo pendiendo de un hilo, no expuso a Vinicius ni condicionó su etapa formativa –con 18 años, recién llegado de Brasil y faltándole, como ahora, varios puntos de cocción, a este aún había que formarlo antes de desarrollarlo–, cuando lo fácil hubiera sido utilizar su regate y su estado de forma como atajo para ganar y ahorrarse las críticas de la opinión pública, que clamaba por su presencia en el campo. Sólo él había entendido el proyecto.

El comunicado anunciando el cese de Lopetegui explicaba por sí solo que la coherencia del proyecto sólo estaba en la imaginación de los ingenuos

Que coincidiera con el perfil ideal de la aparente planificación sólo había sido casualidad. La elección de Lopetegui era marketing, como siempre. El comunicado del club anunciando el cese  con aquel famoso: «la desproporción entre la calidad de una plantilla con ocho nominados al Balón de Oro y los resultados obtenidos (…)», explicaba por sí solo que esa coherencia que parecía adquirir el proyecto sólo estaba en la imaginación de nosotros, los ingenuos. El club negaba la realidad de su plantilla, actuaba como si nada hubiera sucedido ese verano y en un alarde de arrogancia ponía el listón en un lugar que el Ajax, ya con Solari en el cargo, se encargaría de devolver a su lugar.

Deslumbrado por las Champions, el club había perdido el foco. Temiendo por sí mismo, Florentino rompió el juguete antes de que el juguete le rompiera a él y fichó una bandera que tapara el fracaso institucional. La llegada de Zidane cambiaría el rumbo que pareció adquirir el proyecto en algún momento en cuanto a consolidar un estilo, hacer crecer a los jóvenes de acuerdo a lo que demandara su situación concreta o fichar dando prioridad al jugador formado en España. 

Llegaba Zidane para, en teoría, hacer algo que era nuevo para él: construir. Mantenía la columna vertebral que tantas noches de gloria le había dado, pero ahora debía crear caminos a gol más allá de la calidad individual, los centros al área o el balón parado –no estaban los Cristiano, Morata o James y Bale o Marcelo eran la sombra de su pasado– y elevar el nivel del segundo escalón de la plantilla –que ya no tenía la calidad de antaño– a partir de la inserción de jugadores en un modelo de juego que potenciara sus virtudes y escondiera sus carencias.

Todo era más difícil cuando no se reciclaba nada: dos cursos seguidos a más de 15 puntos del campeón se saldaron con cero víctimas

La manera en que se iba a gestionar la arriesgada apuesta por el talento joven en el que tanto dinero se había invertido quedaba suspendida en el aire. En ese momento de desesperación por calmar al pueblo no era el Madrid precisamente el que estaba en condiciones de exigir, así que si tenía algún plan para desarrollarlo, debía guardarlo en el cajón y someterse a Zidane. Era el precio del escudo protector, o lo comprabas entero o no lo comprabas.

El Madrid se hizo con el galáctico que necesitaba y siguió fichando futbolistas jóvenes (Militao, Mendy, Jovic), pero a un precio que apenas dejaba margen a la revalorización. O sea, estos sí que no se podían quedar por el camino. Si a esto sumamos que a Vinicius se le hacía ficha del primer equipo, que Asensio venía de casi dos años deshinchando su globo de 2017 y que Brahim permanecía en plantilla, quedaba claro que el Madrid se jugaba algo más que títulos esa temporada. La inversión era demasiado potente y ya no se podía permitir el lujo de seguir devaluando jugadores (Ceballos, Odriozola, Theo…) confiando en relanzar sus carreras al curso siguiente acertando con la cesión de turno. La economía no estaba para tirar cohetes –se habían gastado 300 millones de euros, récord histórico del club– y el núcleo duro de la plantilla iba menguando en cantidad, calidad y porvenir. Los jóvenes eran el futuro y el futuro era ya. Sin embargo, todo sería más difícil cuando, por no poder (Bale) o no querer, no se reciclaba nada. Los dos cursos consecutivos quedando a más de 15 puntos del campeón de Liga se saldaban con cero víctimas.

Zidane maximizó opciones para ganar, que es para lo que había llegado. No encontraría su equipo hasta el post-confinamiento, pero ahí tiró de las virtudes intrínsecas de su guardia pretoriana para promover partidos de resultado corto a partir de posesiones conservadoras y compromiso defensivo dejando que la calidad individual y la inercia positiva decantaran la balanza.

El Madrid no ha ofrecido contextos apropiados ni trabajado para ampliar los recursos de sus jugadores

La Liga justificaba la temporada, pero el grupo que debía dar un paso adelante hacia la renovación del plantel se pegaba un año más en stand by. Zidane confirmaba, como no ha dejado de demostrar hasta hoy, que no busca piezas para su engranaje, sino tipos que decidan. Sólo se puede irrumpir positivamente en el equipo desde las condiciones de serie que otorgan utilidad inmediata, como el despliegue físico y radio de acción de Valverde, Mendy, o en su día Casemiro. No hay hoja de ruta para el que llega nuevo, por lo que es imposible lograr esa consistencia en el rendimiento que sólo se consigue desde la asimilación de automatismos colectivos, y se pasa a funcionar a fogonazos intermitentes de calidad individual. Por eso Asensio, Vinicius, Rodrygo o Jovic alternan acciones que nos despiertan esperanza con actuaciones desesperantes. 

Es absurdo hablar de fichajes en este Madrid, donde cualquier jugador que necesite de contexto favorable para rendir al nivel que exige el club blanco va a tender a la mediocridad. Y de los que pasan por encima del contexto hay cuatro, y hasta esos muy poquitos rinden más o menos dependiendo del contexto. El Madrid necesita un marco futbolístico que le haga dejar de proyectar jugadores en la nada –como si jugara al FIFA– para hacerlo en una realidad con unas demandas concretas. 

Para conseguir rendimiento no basta con dar minutos. Ofrecer oportunidades no es poner en la derecha a Asensio y ya está, no es colocar a Jovic en el punto de penalti a ver qué caza o meter a Ødegaard en la mediapunta y decirle ¡baila, bufón! Un jugador no es una demarcación. Dar oportunidades, como decía Marcelo Bielsa, es ponerlos y que no fracasen. Cómo lucir último pase si no me dibujan desmarques, diagonal y tiro si no me limpian espacios, o regate si no me hacen aclarados para uno contra uno. El Madrid no les ha ofrecido contextos apropiados ni ha trabajado para ampliar su catálogo de recursos, eso que ha hecho Simeone precisamente con Marcos Llorente, que ahora pica al espacio como nadie hace en el Madrid. Haciéndolo, claro, desde rutas que se repiten, memorizadas en el campo de entrenamiento. Esto es mejorar jugadores: ampliarles el horizonte de posibilidades. Descubrirles cosas que son capaces de realizar, pero que aún no lo saben. Y esto no tiene que ver con que un jugador sea joven o no. Esto no es formar, formar sería enseñar a centrar a Mendy o a definir a Vinicius. Pero para Zidane un jugador es lo que es y no lo que puede llegar a ser, justo el tope que hace que se repela la política de fichajes del Madrid con la elección del técnico.

La crisis del Covid ha multiplicado la gravedad de la situación. Si no hay dinero, no hay posibilidad de cambiar esa política deportiva, por lo que son esos jóvenes, para bien o para mal, el futuro del club. El Madrid está obligado a darle un sentido deportivo a la gestión de estos años y no puede pasar por otra cosa que no sea la llegada de un técnico que siga la línea del club y sea respaldado de verdad. Aquello de que ‘el estilo del Madrid es ganar’ se da de bruces con la plantilla actual, que ahora sí suplica por un técnico que le dé forma. Ya no se trata sólo de resultados, esos que sin duda hubieran sido mejores si Hazard no se hubiera encontrado con esa suerte de lesiones. Se trata de quedar desnudo en un futuro inminente. Seguir contemplando cómo el reloj de arena de la gloriosa columna vertebral se consume mientras el crecimiento del relevo continúa estancado será poner en juego, si es que no está puesto ya, la permanencia del Madrid en el pelotón de arriba del fútbol europeo.

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