«Un día todos los niños engañados descubrirán la verdad»

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Estos días se estrena en España The Room (La Habitación), película híbrida de terror psicológico y fantástico al más puro estilo The Twilight Zone que se proyectó en nuestro país el pasado año durante el Festival de Sitges. Su director, el francés Christian Volckman, ha rodado una historia tensa e incómoda que pone a Olga Kurylenko y Kevin Janssens frente a uno de los desafíos de su vida: la paternidad. Cómo llegan a ella y qué les deparará la revelación de esta nueva etapa supone la trama central de un título que esconde innumerables sorpresas alrededor de una importante reflexión sobre las convenciones sociales, la comunicación intrafamiliar y la educación:

¿Qué conclusiones extrajiste de la recepción del público en Sitges?

Tuvo muy buena acogida y me hizo especial ilusión la forma en que la gente recibió a Olga, que a diferencia de en Francia, parece muy querida en España. Además el público español tiene una tradición y un gusto especiales por el cine fantástico, sobrenatural y psicológico que favoreció mucho esta recepción.

Otras películas estrenadas en este tiempo han explorado el desafío de la paternidad en términos de terror o fantástico, ¿por qué te atrajo a ti?

Conocí a Lorcan Finnegan (director de Vivarium) y fue interesante porque vimos cada uno la película del otro casi al mismo tiempo. Nos sorprendió la cantidad de cosas que tenían en común, incluso le pregunté que de dónde había sacado esas ideas. Cuando estos debates (paternidad, vida en pareja) están tan de actualidad es difícil resistirse a usarlos. A mí siempre me ha fascinado la capacidad del ser humano y cómo se toma la paternidad: en el reino animal algunas especies los abandonan, o los dejan libres a una edad muy temprana, pero nosotros estamos extremadamente concienciados con el fenómeno de la reproducción. Es fascinante a nivel biológico pensar en cómo cambia el cuerpo de la mujer durante nueve meses, cómo algo dentro de ella se alimenta de lo que come, no hay absolutamente nada comparable a generar una vida a partir del ADN de dos personas. Y luego está el proceso social: dos personas se conocen, se enamoran, y deciden reproducirse como parte de un sentimiento que a menudo cambia radicalmente cuando ese niño llega al mundo, es decir, aparece alguien de quien supuestamente tienes que ocuparte y tu identidad pasa a ser la que correspondería a un padre o una madre, dando por hecho que nadie sabe lo que es ser padre por muchos libros que leas antes y muy preparado que creas estar. Educarlo, alimentarlo, llevarlo por el buen camino… es un argumento inagotable para una película.

The Room habla sobre la incidencia de la presión social sobre la paternidad, su banalización… ¿Cuál es la idea base?

Para mí en concreto fue muy interesante usar la habitación de la misma forma que usas Amazon hoy en día: vas y tienes lo que quieres. Quizá en los próximos años pidas un bebé y te lo traiga un dron. La habitación es una ventana al mundo que deseas, como lo fue la tecnología, o el ordenador, hace unos años, algo que entra en completa contradicción con el concepto de lo difícil que es fabricar algo. Ni siquiera sabemos de dónde vienen las cosas que compramos, en qué condiciones han viajado hacia nuestras casas, en qué condiciones viven quienes las fabrican… Queremos las cosas, las queremos ahora y no nos importa nada más, lo que significa que algo va mal y que este sistema no será sostenible mucho más tiempo en estas condiciones. Eso quería llevar a la película: en esta habitación tienes lo que deseas pero también te va a tocar pagar por ello, quizá no ahora ni mañana, pero lo harás. Y eso cuenta, el precio de la inmediatez, de no preguntarse acerca de lo que cuesta conseguir lo que queremos y de qué consecuencias tiene.

Queda claro que la educación es el gran desafío de la paternidad, ¿cómo abordas ese concepto?

Yo tengo dos hijos y siempre he sentido que es mejor cuanto más autonomía les das para descubrirse a sí mismos. En The Room el problema con estos padres es que tienen que convencer al niño de no salir fuera, crean un tabú y eso dificulta aún más las cosas. Por eso planteo el dilema de si escondemos las cosas a nuestros hijos para protegerles o porque nos avergüenza quiénes somos. Un día todos esos niños engañados descubrirán la verdad y esos miedos explotarán y no podremos controlar en qué energía podrán convertirse. Deben ser capaces de lidiar con la realidad o de lo contrario podríamos estar creando monstruos, que es en definitiva de lo que va la película: si guardas un secreto durante tanto tiempo y decides no afrontarlo, lo más probable es que vuelva a ti y de una forma que no puedas controlar.

La habitación es una metáfora que suma todas las frustraciones de la vida en pareja: llega un momento en el que nada material es suficiente. ¿Es una versión triste o realista de otro drama personal que querías enseñar?

Siempre es un desafío compartir vida con otra persona, sobre todo porque siempre creemos que somos nosotros quienes tenemos razón y la otra persona la que está equivocada. Requiere mucho valor reconocer un error y pedir perdón, en pareja, en el trabajo o incluso con tus propios hijos, es una especie de tara biológica que nos empuja a necesitar tener razón siempre, aspirar a esa perfección. Por eso es importante lidiar con la frustración y evitar levantar muros en la comunicación con el prójimo, como en la película. Es mucho mejor reconocer la imperfección y crecer desde ella.

¿Qué tipo de protagonista buscabas en Olga?

Curiosamente, Olga no era mi primera opción para la protagonista, pero vi lo que hizo en La Terre outragée (Land of oblivion, 2011), en la que representa un papel para nada habitual en ella, más dramático, y fue interesante comprobar cómo encaja en esa especie de fragilidad. Le pasé el guion y me reconoció que casi todas las escenas le daban miedo, así que pensé que sería interesante trabajar con esa emoción. La manera en que encajó la historia de la protagonista y su lucha con la maternidad acabó por convencerme del todo.

The Room es una montaña rusa de giros y sorpresa, ¿los calculaste todos o simplemente te dejaste llevar?

Me encantan las historias retorcidas, porque cada giro te lleva a una dimensión nueva, te hace plantearte la película de cero otra vez. Para mí el cerebro humano es como un laberinto, hay muchas ideas a las que no llegamos pero están ahí, como en un iceberg, ocultas bajo la superficie. Intentamos controlar y entender nuestras vidas lo máximo posible cuando en realidad no podemos controlar ni una mínima parte, muchas cosas ocurren sin que podamos evitarlo y de hecho casi nunca ocurre lo que querríamos. Probablemente todo eso esté oculto en nuestra cabeza y sea nuestro subconsciente el que arruina nuestras vidas creándonos ilusiones o proyecciones de cosas que no están a nuestro alcance. Por eso quería sobre todo que quedara clara la idea de que las cosas no son siempre lo que parecen ni desde luego lo que querríamos que fueran.

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