«El verano, tiempo para las vacaciones anuales, suele ir acompañado de algunas circunstancias desagradables que tienden a instalarse entre nosotros como costumbres inveteradas. Las bermudas y las chancletas entendidos como vestuario de paseo y vida social ya son, con muy pocos quinquenios de servicio, parte esencial de la estética contemporánea y, sin respeto a los puntos cardinales del ocio y de sus diferencias climatológicas, no queda un refugio en España, ni en la montaña ni en la costa, en el que pueda evitarse la contemplación de tan insensata vestimenta que, además de producir frío en las canillas, proporciona trabajo añadido a los servicios traumatológicos de todos los centros hospitalarios de la periferia», escribía Manuel Martín Ferrand en ABC.

Ahora que muchos chapoteáis en la orilla de la playa, deberíais echar un vistazo a Elegancia, de Genevieve Antoine Dariaux, mirando al mar. Léanlo, les encantará. Argumentaba en el capítulo Playa y desnudez: «Una cosa es cierta por lo que a bañadores se refiere: si se reducen aún más que ahora, pronto parecerán las playas grandes colonias de nudistas. Añadiré que la vista de una playa de moda me recuerda a las pinturas del infierno tal como lo imaginaron El Bosco o Peter Breughel. A menos de tener una figura impecable, a menos que la edad no llegue a los veinte años y se tenga la piel tensa y un moreno dorado es preferible llevar un bañador entero, que favorece mucho más la figura y es más elegante que un dos piezas». Después de esto, coincido con Rosa Belmonte: «Que hayamos perdido el pudor no nos impide darnos cuenta de cómo están los cuerpos (los propios incluidos), que va una por la playa vistiendo con la mirada a la gente y echando de menos a la Guardia Civil de patrulla por la arena». La civilización hoy es ir vestidos.

Esta semana volverá a hacer un calor tremendo. De esos que te impiden respirar. La temperatura durante la última ola, a las 00.30 de la madrugada en lugar de ir bajando, ¡qué menos!, trepaba hasta los 34 grados. En esta zona del Levante, que no el Café, pero sí entre palmas y alegrías, me imagino como en esas películas americanas, sentada en el porche con un ponche helado en una mano y en la otra el abanico, sonando de fondo Summertime. Es que si estuviera en Madrid calcaría la escena de Carmen Maura gritándole al basurero que limpiaba la calle, «¡esta noche no lo soporto, riégueme, riégueme…!».

«Puedes quedarte aquí conmigo si quieres, pero tienes que prometerme que no vas a hablar sobre el calor»

Y si estuviera en Florida, homenajearía a William Hurt cuando acertadamente le decía a la Turner, «puedes quedarte aquí conmigo si quieres, pero tienes que prometerme que no vas a hablar sobre el calor». El calor como lugar común. Corre julio y hago planes de viajes y fiestas que luego nunca llevo a cabo. Intento ponerme morena y me sigo torrando sólo por delante.

Sé que es verano porque mi cuerpo me pide caminar pegadita a las fachadas para absorber como una esponja el fresquito que sale de las tiendas por el aire acondicionado que ruge a toda pastilla. Porque veo que pasan turistas. Y estudiantes con la maleta de regreso a sus ciudades. Mi habitación se ilumina poco antes de las seis de la mañana con una luz que parece extraterrestre, ¡cómo es de sobrenatural este sol de julio! Y no falla, entre mis películas La gata sobre el tejado de zinc, y Paul Newman vistiéndose su camisa blanca, y a finales de agosto, De repente el último verano. Este Tennessee Williams no podía negar que venía de las húmedas y asfixiantes brisas de Nueva Orleans.

Hasta el calor se convierte en un personaje protagonista y sin necesidad de casting. Vamos, que lo borda cada año. Comprobado. Está visto que es imposible poner de acuerdo el calendario con el frío ni con el calor de nuestro tiempo. Es verano todavía cuando ya corre la brisa de otoño y una hoja cae sobre tu cabeza a modo de tocado y en primavera nos caen unas tormentas soberbias. Entonces nos llega el desaguisado en la vestimenta y nada más atroz que ver a muchos por la ciudad, ya entrada en temperaturas infernales, vestidos de playa.

Los pies descalzos, las piernas no suficientemente acicaladas, las  indumentarias llevadas sin criterio… todo puede ser maravilloso en el campo al raso

Reitero lo que llevo escribiendo hace años, no os habéis percatado aún de lo que nos favorece el otoño. Sólo hay que atender a ese dicho, cuando a la mujer llega -vestido, objeto- parece nuevo o viejo amigo vuelto a encontrar. Las crónicas de la época siempre han narrado como las mujeres elegantes -las que sostenían la moda cuando todavía no había llegado el prêt à porter- «solían desaparecer misteriosamente, a mediados de verano, durante un breve tiempo. Iban a París de incógnito para probarse los trajes de otoño que lucían acertadamente al primer golpe de tiempo otoñal». Hoy a nadie se le ocurriría interrumpir unas vacaciones por el largo de una falda o un corte al bies, prefieren el absurdo de contratacar al primer frío otoñal con un chal o uno de esos horribles chalecos.

La luz intensa del sol proyecta contra las fachadas de los edificios nuestros tinos y desatinos con la indumentaria. Imposible escapar a la cruel combinación de telas, estampados, brillos… Tal desfile de crocs, pelos desbordándose entre tirantes, olores y uñas rayando el parqué implorando una buena pedicura dejan claro que vivimos tiempos prácticos, tiempos en que desde las maneras hasta los obligaciones parece que sólo existan desde la comodidad… Coincido con muchas maneras actuales, en ocasiones, pero no cuando sé que es totalmente factible exigirnos más y mejor. No les cuesta tanto… «Ser elegante es más caro por lo que exige de renuencia que por lo que pide de entrega», me dice una autoridad. Los pies descalzos, las piernas no suficientemente acicaladas, las  indumentarias llevadas sin criterio… «todo ello puede ser maravilloso en el campo al raso…».

Se derrite el asfalto, arde la calle al sol de poniente, hierve la cola en la panadería y para colmo asoman especímenes, no precisamente interesantes, en chanclas acumulando variedad de sudores in crescendo: sudores fríos, sudores calientes, sudores de tinta, sudores de sangre… Por algo nuestros clásicos aluden en sus obras a los sudores que figuran apoteósicamente como los del alférez Campuzano en El casamiento engañoso, de Cervantes, «intensos cuarenta sudores con sus noches…» y así podríamos seguir con una larga letanía… En definitiva, norma de convivencia principal: no molestar a los demás, y no sólo no ofenderle en sus sentimientos, «sino tampoco en sus sentidos, esos cinco sentidos que todos tenemos…».

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