Sabemos que el odio es una reacción catártica infelizmente contenida por la civilización por todas las veces que hemos oído hablar de él, pero sobre todo por las veces que lo hemos sentido. Lo mismo pasa con la venganza: leit motiv tan indiscreto y publicitado durante los dos años de promoción de The Northman que la convierte en esencia en la protagonista principal de la nueva clase de dirección de Robert Eggers. Esta vez, tras infartar de sobreanálisis con La Bruja (2015) y El Faro (2019), fuera del especial lugar de reunión que es A24, levemente contenido bajo el sello de Universal, con guion a cuatro manos intentando no dejarse detalles de una revisión histórica cuya precisión -o verosimilitud- le obsesionan.

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The Northman recuerda el mito primigenio de Hamlet: aprovechando esta insubordinación de pasiones y castas, despliega un territorio hostil y descubierto por el que el héroe, Alexander Skarsgard, vaga enfocado, entre visiones y pesadillas, con vengar el asesinato de su padre y la presunta indefensión de su madre -personajes que sirven para introducir a Ethan Hawke y Nicole Kidman en el universo Eggers-, reyes islandeses. El solo motor de la referida venganza es suficiente para labrar a un personaje, el del príncipe desposeído de su legítimo reino y golpeado por la tragedia, que se hace hombre saqueando pueblos y desmembrando inocentes, caramelos de dirección y escena que Eggers no desaprovecha.

Sin que la finalidad única de la violencia escape de sus sienes, el príncipe Amleth, oculto bajo otras identidades hasta que regresa a casa a consumar su propósito, deja tras de sí un reguero de sangre proto-shakespeariana dibujado fotograma a fotograma por la mano ya maestra de Jarin Blaschke, también director de fotografía de las dos películas anteriores de Eggers -y nominado al Oscar y los BAFTA por su trabajo en El Faro-. Este es sin duda uno de los puntos de apoyo principales de The Northman: la reconocible y consumada estética de las películas de Eggers, quien también vuelve a su directora de vestuario de referencia -Linda Muir- para certificar el gusto por lo bien hecho.

Toda la epopeya visual está tan calculada que el espacio de lo tosco o banal queda, en todo caso, para contadas líneas de escritura, que es donde se identifican ciertas problemáticas que tardaremos tiempo en descifrar si son o no autoconscientes. Pasa con algunos fragmentos en los que vemos a los guerreros vitaminarse para desatar su furia interior -en algunos casos desarrollando transformaciones casi sobrehumanas- o aliviándose en sueños y proyecciones astrales que los guíen a la batalla. Incluso la resultona curva del personaje de Willem Dafoe, una suerte de bufón cortesano que acaba siendo invocado por un druida independiente, parece calculada para no cerrar ninguna intervención actoral en falso.

Eggers, especialmente al igual que en El Farono renuncia a lo que llamaríamos su estilo: rueda con claroscuros de cine expresionista con Blaschke fotografiando a dos colores en escenas clave -como la impactante revelación del personaje de Nicole Kidman en el penúltimo acto-, sosteniendo la razón dramática de escenas sugeridas para el teatro enmarcadas en el presupuesto de una gran producción. La pulcra coreografía de las batallas y el descarnado salvajismo de algunas muertes confirman que no existe intención alguna de rehuir la épica, al contrario: la épica es un fin en sí mismo. Igual con el misterioso y de nuevo brillante papel de Anya Taylor-Joy, una hechicera un tanto tramposa que tampoco disimula su noble atracción por, en definitiva, un bárbaro. Por eso cuesta decidirse entre si los momentos de The Northman de comedia involuntaria son reales o si estamos ante pruebas decisivas de que Eggers, contra lo que él mismo parece creer, sí tiene techo.

En todo caso, esto no reduce en casi nada el impacto de la película y desde luego saltar a una productora mayor -entiéndase en el contexto histórico- puede incluso reforzarle como autor. Al fin y al cabo, no es que las referencias actuales de tragedias vikingas llevadas al cine sean demasiado extensas y aunque en condiciones normales podríamos sugerir que esta es una película-nicho, la percepción con The Northman es que estamos ante el salto de Eggers al mundo real. Lejos queda la filmografía de venganza de los últimos 20 años, recientemente más ligada al cine de agenda y las cómodas obritas de pancarta y hashtag: sólo porque recupere con brío la ilusión por las grandes aventuras (The Green Knight o The Last Duel, ambas del año pasado, fueron también por ahí) ya merece el beneficio de una duda que, desgraciadamente, la taquilla decidirá blandiendo inclemente su arma más afilada.

Puntuación: 4 de 5.

LO MEJOR : Eggers entra al mal llamado cine comercial sin dejarse demasiado de su autoría -al contrario- por el camino; película contundente, fiera y sangrienta con bastantes más licencias narrativas de las que esperábamos.

LO PEOR : Se le puede achacar cierto histronismo teatral en algunas figuras determinantes, pero como quedó demostrado en El Faro, este va camino de ser uno de los grandes secretos de Eggers como creador.

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