Stabat Mater

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Sale Isabel Díaz Ayuso en la portada de El Mundo del domingo 10 de mayo de 2020. Rechinar de dientes. A diestra y a siniestra. Lo peor es lo de la diestra. Lo más inquietante. Enfrente llevan quince años amolando el filo de la guadaña y sus potenciales corderos sacrificiales comentan las fotos de Ayuso en El Mundo amohinando el ceño, como los sabios doctores de Constantinopla, que pasaban el tiempo decidiendo si los ángeles tenían concha o falo mientras que los jenízaros de Mehmet trepaban por sus murallas. No gustan, las fotos. No es el estilo de la derecha. No, no, derecha no, claro. Vaya desliz. No es el estilo del centro, centro-derecha como concesión extremada a los puntilloso. Aquí no somos populistas, vienen a decir, pero ellos, creo, no han leído a Chantal Delsol. Quizá en cinco o diez años, con suerte, descubramos que el estilo verdadero de la derecha era el de el pacer manso en los verdes prados de una dictablanda socialprogresista

Pero, ¿quién es el adversario, a quién le disputa Ayuso ese marco narrativo que tan poco gusta? El adversario es una gente que echó a la calle a miles de personas, en Madrid, y que instó a rodear la sede del PP en la calle Génova al grito de asesinos cuando doscientos hombres y mujeres libres yacían todavía calientes, en nombre de Alá, en las vías de Atocha. El adversario es gente que radió sin pudor la mentira más gruesa jamás publicada en la prensa española, la de las tres capas de calzoncillos de los yihadistas; es gente que creó una atmósfera atroz en el interludio entre el 11 de marzo y el 14, del año 2004, y varió con ello un resultado electoral que cambió el rumbo de España. 

Quizá en cinco o diez años descubramos que el estilo verdadero de la derecha era el de el pacer manso en los verdes prados de una dictablanda socialprogresista


¡El centro-derecha no es un meme! Pero lo cierto es que el centro-derecha administró la mayoría absoluta más grande desde la restauración democrática como si España fuese un curso de gestión patrimonial de la ESADE, del CEU San Pablo o de cualquiera de esos viveros donde se crían nuestras élites. En Francia tienen enarcas y nosotros tenemos piláracas, todos de esos Colegios del Pilar, factoría de los diádocos de nuestro tiempo. El adversario apeó a Rajoy del poder catapultándose con una frase redactada con alevosía en una sentencia judicial a todas luces susceptible de constituir un delito de prevaricación: desde entonces desfila, impasible el ademán, saltándose todos los stops y cedas el paso puestos por el marco constitucional para aminorar el paso del Ejecutivo en la autopista democrática de España. Ni treinta mil muertos (según las cifras oficiales, conviene subrayarlo) parecen obstáculo capaz de frenar un descenso al Hades de la democracia liberal de un Gobierno ufano de su propia desvergüenza. «Estoy nadando en un mar de sangre, y tan lejos ya de la orilla, me es indiferente bogar adelante o atrás. Es tiempo de obras y no de palabras. Descienda el pensamiento a las manos», dijo Macbeth.

Empiezo a sospechar que el recurso constante a la ‘tercera España’ chavesnogaliana de todos esos ilustrados no alineados no es más que un trampantojo. Molesta Ayuso porque quizá sea demasiado popular, y en España, desde los años 80, un conservadurismo popular, algo proteccionista, rociero, por qué no, alegremente patriota y correoso en la defensa del desamparado, parece imposible. Quizá porque huela demasiado a popular, y ahí es precisamente donde el populismo, el de verdad, no el que venden empaquetado en el mainstream, acude útil a discutirle algo a la élite. Lo que se esconde detrás de ese chavesnogalianismo impostado no es más, me temo, que otro utopismo, tan sesgado y nocivo como los clásicos fascista y comunista, pero más paralizante, en tanto que más impotente. La tercera España va a terminar siendo una flacidez que, masajeada frente al espejo, simula una erección tan útil al bienestar y al futuro de la nación como Toni Roldán. 

La mentira peor de Pedro Sánchez es la que envuelve como un manto de sangre la respuesta institucional de la Administración General a la crisis


Un español cualquiera alberga hoy la sospecha de que un primo o un sobrino de Iceta o de cualquier otro magnate del PSC, está embolsándose millones de euros del erario público por comprar desde su smartphone, en Alibaba, veinte millones de mascarillas sin goma y de test tan falsos como la palabra de honor de Aitor Esteban. Y esa sospecha es legítima. ¿Quién es capaz de aclarársela a ese español cualquiera? ¿El mismo presidente del Gobierno que, ante la evidencia pública de que su tesis doctoral era un fraude, ordenó que La Moncloa mintiese en su nombre a todos los medios de comunicación libres, del país? Lo frustrante es que ese, el affaire doctoral, es el más representativo de todos los embustes de un Julien Sorel cuyo ascenso al poder está escrito, para desgracia suya y nuestra, por un imitador de Stendhal con peluquín que se hace llamar en Twitter The War Room. Ni siquiera es el embuste más grave. 

La mentira peor de Pedro Sánchez Castejón es la que envuelve como un manto de sangre la respuesta institucional de la Administración General del Estado a la crisis del COVID-19. Es una mentira de largo recorrido cuya meta no es improbable que sea el olvido y por consiguiente, la impunidad. El historial de agravios socialista como organización política, para con el conjunto de la nación (que, siempre conviene recordarlo aunque a estas alturas a nadie le importe, es la suma de todos y cada uno de los españoles, los vivos, pero también los muertos) sólo es comparable al de otros tres partidos hoy existentes, todos ellos muletas actuales de su Gobierno: ERC, PNV y Bildu. No obstante, sobre los hechos, en España, suele caer un manto de silencio, como si el vértigo de los sucesos se los tragara; lo cierto es que pasan muchas cosas en el siglo XXI, un siglo que parece ir a cámara superrápida. ¿Se acuerdan del golpe de Estado promovido por la Generalidad de Cataluña en octubre de 2017? Yo tampoco. ¿Quién recuerda la semana trágica del otoño pasado, cuando Barcelona ardió durante una semana, a instigación de la misma Generalidad, cuya razón de ser es el aliento golpista de su gabinete anterior? Por supuesto que no.

/ ESPECIAL CORONAVIRUS

Pero la animadversión que generan las fotos de Ayuso entre sus enemigos de la izquierda es natural puesto que rápidamente la han identificado como un grave peligro: una mujer joven con un don para la fotogenia que sabe disputarles el territorio de los símbolos. Suele pasar que los adversarios advierten antes y con certera precisión de dónde viene el peligro real. La Moncloa ya ha puesto una diana sobre Díaz Ayuso. Eso debería darle alguna pista a nuestros excelsos ilustrados, si fueran capaces de sacar de sus cabezas las Baratarias a-nacionales con las que construyen castillos en el aire. ¡Ay, si la política no fuera esto, sino otra cosa! Pero la política siempre fue esto, es decir, lo mismo: suciedad, fango y oportunidad, como si la condición humana hiciese posible lo sublime, sin la mierda. 

Lo peor, como digo, es lo de los potenciales votantes de Ayuso, o cuando menos los que de algún modo jamás votarían a sus enemigos. Eso de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo no resulta válido para hablar del elector conservador español, y eso que la fama de la atomización y el fratricidio se la ha llevado siempre el zurdo. Que la política es un teatro lo están descubriendo ahora, ellos que son tan listos. Desconocen a lo que parece que candidato viene de cándido, que en latín significaba blanco, puro, inmaculado, como las togas blancas que se ponían aquellos que se postulaban electoralmente a una magistratura. Al ser humano hay que contarle una historia para conquistar su corazón, aunque esa historia sea falsa. ¿Hay alguna, en realidad, que sea verdadera? Napoleón entró en El Cairo proclamándose príncipe de Alá, él que venía en nombre del Directorio. Alejandro se vendió como el campeón de todos los griegos, aunque había demolido Tebas tanto como los cimientos de la libertad de todas las polis. Curiosamente, sólo respetó la casa de Píndaro, igual que Bonaparte eximió de los impuestos a los habitantes de la aldea donde nació Dante. Si algo nos demuestra la Historia es que no importa demasiado tener razón, sino ganársela.

Exdirectora de Salud Pública mostró su desacuerdo con pasar de fase
Foto | elperiodico.com

Las fotos lorquianas de Ayuso son, dicen, populismo. Pero el populismo, por más que se hayan empeñado, no consiste en una solución sencilla a un problema complejo, sino en la representación del ciudadano normal y corriente que queda al pairo de las corrientes de la Historia, sobre todo en momentos como este. Ese ciudadano, que a menudo vive su vida en el lado equivocado de la Historia y por supuesto, lejos de Twitter, se encuentra con que las certezas en torno a las cuales quiso construir su vida se han derribado. Ese ciudadano anónimo y tranquilo es lo más chavesnogaliano que existe: su única aspiración es ganarse el pan en libertad, y prosperar. Es, stricto sensu, antirrevolucionario y conservador, pero no tonto. O no demasiado. Pero no es un ciudadano que suela leer a Pinker. Tampoco a Marx. Ayuso, como también Almeida, en otro rango, al menos le ofrecen a ese ciudadano el alivio de parecerse a ellos, de aproximarse a ellos. Porque la política es una narración y una narración no se sostiene en un dato, sino en una imagen. El desprecio al poder del símbolo se paga caro.

Ayuso no se le acerca a ese ciudadano con una infografía, ni con datos (¡datos, datos!, es la nueva bandera del cientifismo; la ciencia consagrada como tabla de la ley, como si el racismo, en su día, no hubiera sido también avalado por científicos) sino con la interpretación de los símbolos que conoce, en los que todavía confía, si no por devoción sincera, al menos por costumbre: como Almeida en el Palacio de Cibeles mirando al horizonte de plomo (qué alegoría del futuro) con la bandera roja y gualda (antigua, naval, porque se veía desde lejos en el mar, carmesí de Castilla y dorada como Aragón, una bandera pura en su federalismo renacentista, por algo Isabel y Fernando siguen insuperados en su condición de los estadistas más modernos de la Historia de este país), Ayuso, llorando, ¡en una misa!, de negro, reclama el derecho de la gente de a pie de dolerse de sus muertos. La España tercera, que no posible, como subterfugio, cueva de diletantes cuya única propuesta es el vacío. Y el vacío, en la Historia, es rápidamente ocupado por algo, no necesariamente mejor. Casi nunca, de hecho, mejor. 

Ayuso, como también Almeida, ofrecen al ciudadano el alivio de parecerse y aproximarse a ellos


Esa derecha que se las da de ilustrada y racional también desconoce que la motivación que nos impulsa como humanos a hacer, decir, amar y odiar, surge de las tripas, más que de una supuesta habitación esterilizada y ajena a toda influencia exterior a la que podríamos llamar intelecto. Las emociones no nos hacen menos humanos, ni más, sencillamente nos hacen. Esto no es ninguna desviación. Sencillamente, desde que nos erguimos aquella noche en aquella remota sabana de Tanzania, somos eso, y no otra cosa. Es de una soberbia rayana en lo platónico desdeñar nuestra condición animal, como si el raciocinio nos hubiera sido puesto dentro por un dedo todopoderoso y supraterreno.

Las fotos de Díaz Ayuso en El Mundo son muy potentes. Evocan una figura antigua y absolutamente arraigada en nuestro sustrato civilizatorio. La figura de la madre, naturalmente, patriarcalismo probablemente inducido en la mente de los homo erectus en el año de Matusalén por alguna superinteligencia extraterrestre. La Ayuso mariana, que no rajoyana, conecta con el culto más viejo de España, un culto aún vivo incluso por encima del propio hecho religioso. Es la Antígona que quiere enterrar a toda costa a su hermano, pues ese es su deber para con los dioses. En un momento histórico tan aberrante, esto es casi revolucionario.

No podemos pasar por alto que incluso el duelo nacional por las decenas de miles de compatriotas muertos ha tenido que ser arrancado de mala manera a un Gobierno que no ha dudado en lanzar a sus tentáculos en el lumpen para difamar los lazos negros y las banderas a media asta como subversión ultraderechista. Ayuso se viste de negro y se transmuta en Stabat Mater al pie de una cruz inmensa, más grande aún que la del Valle de los Caídos. Tanto más grande que la nomenklatura que dirige la conversación pública, contando y todo con series pagadas por el dinero de todos los españoles, casi todas las radios y los medios privados tan dopados como Armstrong en el Tour, no hayan podido, todavía, ocultarla del todo. 

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