Es jueves y el cuerpo lo sabe. Presidenta de la Comunidad de Madrid y líder de la oposición ultiman sus intervenciones apartando de sus mesas astillas de hueso y restos de batallas previas, disimulando con el papel estraza de enviado de guerra los salpicones de sangre seca de anteriores encuentros. Hace tiempo que los careos asamblearios entre Isabel Díaz Ayuso y Mónica García disparan titulares y material de consumo instantáneo en ráfagas de espectacularidad muy convenientes para el estándar de la comunicación política que dicen moderna. Y la forma en que se enfrentan dice mucho de en qué punto se encuentra el debate público español de la actualidad.

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La realidad es terca: Ayuso, que ganó incontestable la única guerra relevante -la electoral-, ha incorporado al prime time una retahíla de réplicas, giros inverosímiles y contrastes a priori espontáneos con los que consolida una imagen marquetiniana muy trabajada a su alrededor, que ha dado al traste con muchos de los fundamentos tradicionales del Partido Popular en materia de relación con sus votantes y prescriptores. Mónica García ejemplifica la oposición por la oposición: histriónica, atropellada, insignificante en lo ideológico pero salvajemente razonada en lo simbólico, de lenguaje no verbal guiñolesco. Tras las píldoras que filtran los nuevos medios y su urgencia como consumible, se esconde la emergencia de un estilo, más cercano al parlamentarismo shakespiriano que al deseable encuentro de ideas.

La retórica de Ayuso es directa y sencilla, simple si se prefiere. Los resultados en las autonómicas de 2021 bastaron para consagrar una manera de comunicar, obsesión contemporánea y reconocida en la izquierda que parece más alejada que nunca en España de su tradicional caladero de votos. Isabel es una mujer expresiva, vilipendiada e insultada en campaña por ello mismo. Recientemente, reciclando a placer algunos de los motivos estéticos del nuevo feminismo en brazos de esta nueva izquierda, se ha permitido ironizar coquetamente sobre ello, como cuando llamó al silencio a los diputados de la oposición con el ya célebre «¡está hablando una mujer, cállense!».

A menudo, Ayuso da la sensación de estar jugando al baloncesto con enanos, generando un contraste engañoso sobre su propia dimensión

Mónica García saltó a titulares en octubre de 2020, justo en mitad de la dura discusión sobre el estado de alarma impuesto únicamente a la Comunidad de Madrid, aldabonazo al recrudecimiento del tono político desde la capital. En un gesto fuera de su turno, la por entonces diputada de Más Madrid dirigió su índice en inequívoco gesto de disparar durante una intervención del consejero de Hacienda, Javier Fernández-Lasquetty. Mónica lo atribuyó a una artrosis de la que nunca más se supo, pero su altura política quedó definida ese día. Desde entonces, rara ha sido la semana en la que no se ha esforzado por ser noticia más por su teatralidad que por su profundidad. 

No sorprende que un estilo definido y razonablemente original en texto nacional -que es el que recoge en última instancia su trascendencia, como demuestran los estudios sobre liderazgo e intención de voto popular- como el de Ayuso vaya a ser rebatido en la otra orilla por otro comparable, si bien es notable la sensación de desproporción entre las intervenciones de una y otra con frecuencia, sobre todo en lo que respecta a los tristes aunque jugosos ad hominem, como el que acompañará siempre a la privilegiada posición social y económica de García. A menudo, la presidenta da la sensación de estar jugando al baloncesto con personas muy bajitas, generando por añadidura un contraste engañoso sobre su propia dimensión. 

La inferioridad dialéctica y argumentativa de García es importante, y la razón fundamental que hace destacar casi por omisión a la fuerza espontánea de Ayuso. La presidenta lo verbalizaba en la última asamblea, cuando García, en referencia a una alusión la semana anterior, intentó afearle que banalizara el sensible objeto de la salud mental: «A la política se viene llorado de casa». Tampoco el equipo de comunicación de la líder de Más Madrid parece ducho en encajar esta competencia, pues en lugar de contrastarla o ignorarla, le suele dar continuidad, asumiendo que la imagen estereotipada y personalista del partido es la mejor que su candidata puede ofrecer.

La líder popular guardó pólvora evitando sonsacarle en qué estrato de la comprometida causa de la salud mental cabría que su opositora posara en una manifestación durante el Día del Orgullo Loco, aparentemente de acuerdo con esa idea peregrina de que las enfermedades mentales son «construcciones sociales», negando décadas de estudios e investigación al respecto. Esto es algo llamativamente disruptivo en una mujer de ciencia -si por algo ha sido caricaturizada García es por su insistencia en reivindicar su profesión (anestesista), a la que por cierto ha renunciado recientemente-.

El equipo de comunicación de Mónica García parece haber asumido que la imagen estereotipada del partido es lo mejor que su candidata puede ofrecer

Lo más importante del enfrentamiento al que Ayuso y García han malacostumbrado a los suyos, más cercano tantas veces al corral de comedias, es que está consolidando una forma de política alegórica que repudia frontalmente el tecnicismo, donde otros políticos como Iñigo Errejón intentan poner una pica con resultados habitualmente catastróficos. Ese reducir el debate al vaivén de acusaciones entre protagonistas, tan cercano a los ritos egocéntricos de las grandes rivalidades de la cultura pop, va sobre todo en detrimento del elector -y en consecuencia, soporta la práctica totalidad de la agenda mediática sensacionalista-.

Pero si por algo destaca el cara a cara entre estas dos mujeres es por lo que logra ascender respecto al momentum de la gran política que atraviesa este país, donde la única certeza es la división. A través de mensajes de reiterativa agresividad y odio apenas contenido, se traslada al ciudadano la desintegración de las razones democráticas que diríamos puras, validando con ello un mensaje de descomposición de las élites que ya es vox populi. La política está bien, pero ciertamente es más divertido el fango.

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