Socialismo o Ayuso

Díaz Ayuso - Flickr Comunidad de Madrid Díaz Ayuso - Flickr Comunidad de Madrid

Ha pasado un año desde que un candidato al que eligió el 28% de los votantes del 10-N  de 2019 decidió que al coronavirus se le combatía anulando libertades a los ciudadanos, por extensión los primeros y principales sufridores de sus consecuencias directas. Aliado con grupúsculos en decadencia, Sánchez ha perdido absolutamente la perspectiva sobre el gobierno de una nación, más allá de la retórica de los discursos de afección, y en todo este tiempo no hemos aprendido mucho, más allá de clasificar por grupos a los irresponsables y lanzarnos a ellos desde los telediarios. A día de hoy, sigue siendo tristemente revelador del momento histórico que vivimos que una fiesta sea noticia de apertura de un telediario, y no así la gestión política del país, innegablemente nefasta, que acarrea cien mil muertos y seis millones de parados potenciales. Serán las hieles de librar la batalla cultural.

En mitad de la guerra que estamos perdiendo como reducto civilizado -porque 2021 no ha hecho más que empezar, los destrozos están a la vuelta de la esquina y la prueba más transparente de ello es que Pedro Sánchez haya dicho que éste es el año de la recuperación-, Madrid sigue siendo un bastión estratégico de conquista socialista. A la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, la votaron en mayo de 2019 el 22% de los madrileños, pero desde que tomara posesión sí tuvo clara esa perspectiva global de gestión, consistente en gobernar para la totalidad de la región colorismos aparte. Contra el discurso de macarra de saldo del socialcomunismo, Ayuso ha propuesto incansablemente soluciones mixtas que a medio plazo consagraran su puesto en la administración política de Madrid, incluso cuanto esto ha implicado fricciones de agenda con la dirección nacional de su partido, en continuo viaje hacia un centro cuya naturaleza podría acabar engulléndolo.

En este año, muy pocos han podido argumentar sin levantar la voz qué es exactamente lo que les duele de la imperfecta, claro, gestión de Ayuso de la pandemia en Madrid, capital de un país dolorosamente golpeado por el virus que el PSOE dejó entrar y circular libremente hasta que fue demasiado tarde. Aducen las pizzas -una posverdad de catálogo: lo borrará la memoria, pero los menús eran mucho más variados y la realidad que se soslaya es que eran una solución temporal a un problema social inequívoco, el del abandono de menores necesitados-, o la construcción de hospitales de campaña (Ifema) o especializados (Zendal) que han costado dinero a las arcas públicas y cuyos contratos se han atribuido a la carrera por pura necesidad.

En su día, cuando cerró colegios contra la opinión de Sanidad -que intentó boicotear la decisión- ya se habló de competencia desleal. Luego, Madrid tuvo que esperar a que llegara el material prometido por la administración central mientras los muertos empezaban a acumularse en pasillos y salas de espera con la iniciativa privada volcándose en salvar vidas, ya con el Gobierno de la nación colapsando y focalizado en combatir a los bots de Twitter. Ni de la administración de la contratación, mantenimiento y renovación de sanitarios en lo peor de la pandemia se ha escrito nada que no pueda echarse también contra otras comunidades mucho peor dirigidas y administradas, con menor densidad de población -condición clave- y en las que la solución siempre ha sido la que tomaría un niño exigido hasta el extremo: cerrar, arruinar y aislar. Sin importar cuántos caigan por el camino.

La pandemia está dejando muchas cosas olvidables: la peor, el reguero de autómatas de pulsión autoritaria a los que el sol o un abrazo les parece un acto delictivo no lo suficientemente perseguido

Ha pasado todo un año, pero el mantra de primavera («Madrid ha priorizado la economía a la salud») ha calado hondo en los politólogos y sus extensiones. La realidad es que ponderando datos, la capital no ha sido la comunidad más golpeada en las olas administradas por los gobiernos autonómicos y no sólo eso, sino que ha sido la única junto a Andalucía capaz de crear empleo. La pandemia está dejando muchas cosas olvidables, pero sin duda y en mi modesta opinión la peor es ese reguero de autómatas de pulsión autoritaria a los que el sol, la luz, un abrazo o una reunión les sigue pareciendo un acto delictivo no lo suficientemente perseguido. A los madrileños se les ha demonizado a través del filtro emocional que al socialcomunismo le ha interesado aplicar para disolver su responsabilidad en los absolutos sobre muerte y ruina, y de esa casposa y zafia resolución social será difícil volver sin secuelas.

La realidad es que Ayuso se anticipó -por los pelos- a las mociones de censura que se iban a interponer contra ella por enseñar a España que otra gestión es posible, disolviendo las cortes y convocando elecciones para intentar separarse definitivamente del bloque blando de Ciudadanos. Sin alardes. Hablará otra vez el pueblo, por suerte y pese a la alergia inherente que los satélites de destrucción han demostrado abiertamente por unas elecciones democráticas, sin esperar siquiera a su resultado. No hace tanto que en España muchos altos comisionados de la gran política se rasgaban las vestiduras por lo que significaba que un presidente no aceptara los resultados de unas elecciones, pero lo que es relativamente nuevo -al menos en este siglo- es que quede gente contraria directamente a que el pueblo exprese su voz en las urnas. Pero bueno, si Mónica García -candidata de Más Madrid- puede ser sanitaria (anestesióloga) y posicionarse contra salvar vidas -cada vez que ha criticado al Hospital Isabel Zendal-, todo puede ser.

Ayuso conecta una reactividad política muy aparente que además la convierte a ojos del mundo en una mujer libre, muy en contra de ese escaparate de títeres consortes que la política de altos vuelos exige aún a sus representantes femeninas. Podemos es el caso más cristalino de esto, aunque conviene no olvidar los términos en los que voces socialistas se han expresado contra el feminismo independiente. Esa dimensión, la de política fuerte  y bien rodeada que demuestra que el socialismo tiene -felizmente- una alternativa y que al coronavirus también se le combate ofreciendo ciertos alivios mundanos -una caña, un paseo-, es la que ha registrado las expresiones más feroces. Se le achaca, por resumir, haber acertado diseñando una vía propia, algo de corte alucinógeno en el mundo y el momento que vivimos. Debe ser la primera política reprendida y amenazada con mociones de censuras por hacer las cosas bien, o mejor dicho, mejor que quienes pretenden sacarla a coces de su puesto. Si no fuera porque sonaría frívolo, diría que encarna una resistencia a la que España había renunciado. Y hete aquí la afrenta definitiva: lo ha hecho gobernando.