Secretismo y discrecionalidad

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Mientras escribo estas líneas los nombres de los expertos en los comités que asesoran a Pedro Sánchez sobre el desconfinamiento permanecen en el más absoluto secreto. Nadie sabe quiénes son ni a qué dedican su tiempo libre. Tampoco se han publicado los informes y evaluaciones que supuestamente han realizado para dejar al 50% de la población confinada y miles de empresas cerradas, con lo que ello significa de restricción de las libertades fundamentales y de destrucción de riqueza y de puestos de trabajo.

Los apologetas de esta medida por parte del gobierno tratan de racionalizar la falta de transparencia y la posible arbitrariedad de los informes conque de esta manera se evita la presión mediática y popular sobre dichos técnicos. Pero, en realidad, lo que trata el poder político, haciendo como que protege a los funcionarios y especialistas, es mantenerlos en una esfera de influencia política, además de estimular en ellos un síndrome de Estocolmo de agradecimiento perruno por mantener a raya a la jauría de la prensa y las manadas tuiteras. Al fin y al cabo, es el propio gobierno el que demuestra día a día con sus ruedas de prensa el miedo que tiene a la prensa libre y a la opinión publicada en tiempos de Twitter y Facebook, cuando la visión popular no está maniatada por las tribunas periodísticas que se habían autoproclamado como el intelectual orgánico de la democracia tutelada.

El CV y la experiencia de Simón garantizan que no es un incompetente, pero no es obstáculo para sostener que ha cometido errores garrafales


En paralelo, una iniciativa popular quiere instrumentalizar los aplausos de las ocho desde los balcones para homenajear a Fernando Simón por «su currículum envidiable, su experiencia contrastada y su insuperable nivel de compromiso con la sociedad española». El único problema con esta petición online de firmas, que ya registra 70.000 aplausos virtuales, es que en el ámbito científico los aciertos pasados no garantizan éxitos presentes o futuros ni sirven de escudo para la crítica. Gracias a ese encogimiento de hombros ante la falacia de autoridad el infinito prestigio de Einstein no paró en seco el desarrollo de la mecánica cuántica, en la que no creía. Y a pesar de sus dos Premio Nobel Linus Pauling fue vapuleado por la comunidad científica por proponer que megadosis de vitamina C curan el resfriado y hasta el cáncer.  El currículum y la experiencia de Simón garantizan que no es un absoluto incompetente, al revés, pero no es obstáculo para sostener con fundamento que ha cometido una serie de errores garrafales, con sumisión al poder político y una inexistente capacidad de autocrítica y de asunción de responsabilidades.

Lo que late tras estos velos de ignorancia obligatorios es la posibilidad de que la nueva normalidad con la que nos advirtió Sánchez se transforme en una siniestra amenaza, en la que con la excusa de la salud pública, la seguridad existencial y la espada de Damocles del coronavirus, el Estado de Derecho se transforme en un Estado de Vigilancia, con la sociedad transformada en un gigantesco panóptico controlado por el Ejecutivo, que si ya se arroga el derecho de obtener información de las comunicaciones de los ciudadanos (telephony metadata, lo llamaba Obama), pronto lo hará con la información sobre la salud. Siempre, recordémoslo, amparándose en el interés público, la gran excusa de los tiranos ya sean teocráticos o democráticos, todo ello vigilado por máquinas de amor y gracia.

En este contexto de vigilancia, rastreo e incentivos a los ciudadanos para espiar a sus vecinos, la única barrera que nos queda es la desconfianza sistemática en nuestros gobernantes


En este contexto de cámaras de vigilancia por doquier, rastreo de nuestras comunicaciones e incentivos a los ciudadanos para convertirse en espías de sus vecinos, la única barrera que nos queda es la desconfianza sistemática en nuestros gobernantes que defendía Thomas Jefferson:  “El gobierno libre se basa en la desconfianza; (…) cuando se confiere poder político hay que olvidarse de la confianza e impedir que quien lo ostenta actúe dolosamente, sujetándole, al efecto, mediante las cadenas de la Constitución”. Esas cadenas de la Constitución –en forma de normas generales que eviten la arbitrariedad y la discrecionalidad de comités secretos y atajos legales para devaluar nuestros derechos fundamentales– son las que nos jugamos en la nueva normalidad que se pretende instaurar metiéndole el miedo a la población con bulos relacionados con el coronavirus, de modo que hasta aplaudamos que el poder ejecutivo actúe sin que norma ni juez lo moderen.

En el marco de una plaga que asoló Atenas y puso en jaque a los gobiernos tiránicos y democráticos, Platón propuso acabar con la democracia, volver atrás respecto el maléfico invento de la escritura y crear un gobierno de sabios con licencia para mentir, censurar y adoctrinar. Hobbes estuvo de acuerdo siglos más tarde justificando su apuesta totalitaria en las guerras que se vivían en el siglo XVII. Hemos llegado al siglo XXI y los populistas Víktor Orban y Pablo Iglesias han entrado en gobiernos europeos. Al fondo, Putin y Xin Jinping sonríen satisfechos. Malos tiempos para la vieja normalidad, la de la libertad individual, el imperio de la ley, las limitaciones constitucionales, la presunción de inocencia y los derechos fundamentales, que si ya agonizaban con el asalto de género a la judicatura y al sistema educativo ahora pueden recibir el tiro de gracia con mascarillas defectuosas que no nos protegen ni del virus ni de Pedro Sánchez.

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