La imaginación es la principal herramienta para cambiar la realidad asfixiante que nos rodea. Y Ana María Matute era la reina en eso. Buscaba esa realidad paralela sin descanso. A través del amor por la naturaleza, rodeada de bosques, gnomos, ardillas, vestida de melancolía y sin faltar una buena cerveza o un gin tonic. En la trayectoria de Matute vida y literatura van tan de la mano que, en ocasiones, es difícil separarlas. Siempre con una sonrisa, una palabra cómplice. «Habla despacio, con ese tono de voz, como sin tiempo, tan característico, esta dama-niña de pelo blanco, bendecida por el don de la perenne curiosidad», detalló Gontzal Díez. Una apasionada de la vida que repartía optimismo ¡aun nadando siempre contracorriente!

«Hay gente muy ignorante que se me acerca y dice cosas como ¡ay, la Matute, qué adorable y delicada es, qué bonitos son sus libros…” No tienen ni idea, ¡pero si soy una bestia! Si me hubieran leído sabrían que escribo unas cosas tremendas, de una crueldad muy dura»

Un bicho raro y hombreriega

El leit motiv de El libro de Ana María Matute (Blackie Books) es la relación con el pasado. Tendemos a la mitificación de la infancia pero es que, salvo excepciones, lo merece. Matute nos transmite una infancia como unas vacaciones de verano infinitas si estaba rodeada de papel, lápiz, libros y su imaginación. Desde pequeña la habían hecho sentir como un bicho raro. Ser escritora en su época y mujer «imagínate, era el colmo de la desdicha y de la locura». Pero qué tipa tan rara, le decían. Terminó definiéndose «hombreriega» porque se entendía mejor con los hombres. De pequeña tartamudeaba y eso la separó de las niñas que se burlaban de ella. «Mis hermanos me decían, no les hagas caso, tú vente con nosotros. Las chicas de mi edad estaban recortadas, o sea, cortadas por el mismo patrón. Después de la guerra, las chicas no tenían mis ilusiones, mis proyectos, mis esperanzas, mis aficiones…».

Cuando termines este libro estarás más acompañado que cuando lo empezaste

Encontraréis tres partes guiadas por los propios autores de la edición, Jorge De Cascante y Alba G Mora, junto a Juan Pablo Goicoechea Matute, hijo de la escritora y familiares y amigos íntimos. Arranca con un sentido texto de Cascante, «este libro existe para que te hagas amiga infinita de Ana María Matute. Quiero pensar que una vez terminas este libro estás más acompañado que cuando lo empezaste». El grueso continúa con su biografía con personajes que componen un retrato coral y de contexto, como su sobrina Sapo. ¡Cómo no te vas a enamorar de alguien que es feliz rodeada de su familia y entre ellos una sobrina llamada Sapo!: «La tía siempre nos daba dinero para chucherías y nos decía que comprásemos lo que más nos gustase. Una noche nos dijo que íbamos a cocinar pollo a la Kiev. Preparo el pollo en unas cazuelas de barro y nos sirvió unas copas hasta arriba de vino. Tendríamos doce o trece años. Al día siguiente nos despertábamos con una resaca increíble».

«Tendríamos 12 o 13 años. Al día siguiente nos despertábamos con una resaca increíble»

Siguen los episodios de vida entre cuentos, ensayos, extractos de novelas, anécdotas, dibujos, documentos, carnet de universidades americanas y los  pies de foto, que también esconden bolas extra. Si algo nos ha dejado claro Matute es que hay que echarle humor a lo que se te ponga por delante, hasta cuando contaba alguna amargura  no la transmitía con dolor y eso es un esfuerzo generosísimo. Finalmente, los Apéndices completan esta joya.

Ana María Matute, en una calle de Sitges

Abre este libro por cualquier página porque toda la fascinación se desborda. Podrás pensar que ante una vida tan larga y tan llena te encontrarás ante un libro farragoso y es todo lo contrario: contiene un orden y una amenidad que se agradece. Hay humor, literatura, crítica y amor: perdura e invita hasta mucho más allá de ser leído. Y ser capaz de trasladar eso a la escritura ha sido una de las virtudes de Cascante.

«Si estoy viva es porque he sabido reírme de mí»

Que la vida no era fácil, que diría aquel, comenzó Matute pronto a darse a cuenta. Pasó de ser una niña soñadora y lectora voraz  a estar atrapada en un matrimonio desgraciado. Tocó fondo pero siempre le salió una gran fuerza no sabía de dónde. La historia de amor terminó en desencuentro y en dolorosa  ruptura. Ahí entró en acción Cela que la acogió en su casa unos meses. «Cela tenía de secretario a Caballero Bonald, estábamos los dos como dos gatitos recogidos de la calle». Días amargos in crescendo cuando su exmarido le arrebata la custodia de lo que más quería en su vida, su hijo (la ley era así): «Cuando escucho decir que un libro es como un hijo  ¡qué va a ser como un hijo! Qué disparate».

«La vejez te da unos ciertos derechos para entender que quien es imbécil, es imbécil»

Una historia de superación, años después confesaba que ya no le daba miedo nada, «antes me daba miedo todo. Lo que me hace sonreír es contemplarme con la ironía con la que sé hacerlo. Si estoy viva es porque he sabido reírme de mí y pobre de aquel que no sepa hacerlo». Y la vejez que te da una distancia y una serenidad  de las cosas… «y te da unos derechos a decir lo que te da la gana, a no aguantarte delante de los estúpidos. Porque se pasa una la vida aguantando a los imbéciles, a los cretinos, tragándote sapos. La vejez te da unos ciertos derechos para entender, eso sí, con educación, que quien es imbécil es imbécil».

«Esa frase de quien bien te quiere te hará llorar, merde y merde»

Pero estas sombras tuvieron momentos de esplendor. El amor llegó, «con el bueno», como lo llamaba ella. «Tuve la suerte de vivir durante 28 años con el hombre más maravilloso que he conocido, mi segundo marido…; ¡un día hicimos el amor en el lejano Río de las Perlas, ya puedes imaginarte!». Julio murió el día del 65 cumpleaños de Ana María, dejándole «una ausencia imponente por compañera», escribe en Paraíso inhabitado. Siempre te contaba cuando hablabas con ella que la vida le había pegado unos bofetones muy grandes. Estaba con los que sufrían, con los que lloran. Nunca con  los que hacen llorar y hacen sufrir: «esa frase de quien bien te quiere te hará llorar, merde y merde. Quien bien te quiere procurará que no llores». Todo está en Diario negro de la depresión, esos veinte años sin escribir. Después de esta oscuridad salió el sol con su obra maestra, Olvidado rey Gudú. Su legado como persona y como escritora. 

Su vida como su obra casi ha sido una pequeña obra de ingeniería. Detrás de cada frase, de cada libro, hay un trabajo muy pulido, tanto como las casitas que coleccionaba y que construía con sus manos: «me encantan las casitas de muñecas. Yo hago casitas de madera. Mi secreta vocación es la de carpintero. He hecho muebles. Una vez, incluso, un altillo en mi casa de Sitges y nadie se mató». Y sabia como era, añadía, «no creo que sea más importante ser escritor que ser carpintero. Todo es hermoso, útil y bello».

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