Relic (2020) Infrecuente y bello horror determinista

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Mientras su largometraje debut, Hereditary, generaba toneladas de textos interpretativos hijos de innumerables artículos de complejidad y densidad proporcionales, Ari Aster explicó una y otra vez que el único secreto de su película era, como de hecho sugería su título, que todo estaba perfectamente predestinado desde el primer minuto de cinta. Nada de lo que pensaran, desearan o intentaran sus protagonistas cambiaría el final de una familia marcada por la tragedia. Tal idea representa una simpleza tan vívida que casi conmueve, teniendo en cuenta que Hereditary está considerada una de las mejores -si no la mejor- película de terror en muchos años y que su explosión en el espacio del debate amargó todavía más el de por sí aburrido y descorazonador etiquetado del género según sus pretensiones intelectuales.

De esta misma fuente bebe una de las revelaciones del terror en 2020, aclamada en Sundance y cabeza de cartel del malogrado SXSW -suspendido a causa del coronavirus-, como se han empeñado en señalar la práctica totalidad de reseñas desde que Natalie Erika James enseñara al mundo Relic, cuyo claim, everything decays, amarra una previsión igual de constante. Como la directora y parte de la película comparten nacionalidad australiana con la también clásica Babadook -de nuevo opera prima de una mujer, en este caso Jennifer Kent-, el salpicado de referencias era aval suficiente como para señalar la película entre las imprescindibles del año y, por tanto, del carrusel de festivales de género. Como no podía ser de otra manera, incluido Sitges, que no tardará en oficializar su incorporación al programa de su 53ª edición.

Valoración

Puntuación: 4.5 de 5.

Relic es, ante todo, una continuación primorosa a las ideas que tanto gustaron de Babadook y Hereditary, y como la primera, prolonga un cortometraje de apenas diez minutos de duración de la directora, titulado Creswick, fechado en 2016. Al igual que ocurrió con David F Sandberg y su Lights Out o Mamá de Andy Muschietti, Natalie Erika James no ha desaprovechado la oportunidad de desarrollar una idea de corto en un largo (hora y media de duración) cuyo tramo final es sencillamente apoteósico que eleva un nudo en clave slow burn que desnuda y expone los nervios del espectador a, de nuevo, lo inevitable. Este es su leit motiv, pero pesan más el preciosismo fotográfico y los juegos de luces según la película se adentra en el terreno del terror puro desdibujando el drama esbozado al comienzo.

Emily Mortimer y su hija (Bella Heathcote) acuden a socorrer a la matriarca desaparecida (Robyn Nevin), una mujer que cabalga la demencia responsabilizando de sus alucinaciones a una presencia oscura que según ella invade la casa a placer. Esto es, tenemos a tres generaciones de mujeres escribiendo sus nombres con distinto trazo en el macabro árbol genealógico de una estirpe decadente abocada a la enfermedad. Según avanza la película va quedando claro que la demencia no es tal y que la presencia no es sino la propia casa, un espacio apuntalado con traumas familiares, cuyas palpitaciones y repliegues en el desenlace levantan una bellísima y sentimental metáfora -como Hereditary, aunque en otro tono- sobre el determinismo, la línea de sucesión y la claustrofóbica certeza de la decrepitud, desgracia natural ante la que no cabe más que la aceptación como último estado de luto. 

La forma en que se relacionan madre, hija y abuela -con roles intercambiados recurrentemente-, con la tensión como nexo y el cariño (más bien condescendencia) siempre supeditado a los momentos de mayor vulnerabilidad, esgrime pistas irrechazables -como por ejemplo, que la hija se dirija a su madre por su nombre de pila o que la abuela confunda a ambas- sobre la travesía vitriólica de los hogares desestructurados. Esto no es sino el vehículo a la comprensión que madre e hija acaban adquiriendo sobre el estado de la vejez, del tempus fugit y del peso de las páginas que pasan, más rápido de lo que desearíamos, en los libros de familia. Más en la línea de Babadook por este revés desacomplejado y ácido de lo imperfecto o inacabado, Relic despierta al final como una película de terror desgarradoramente bella cuyo remate, queda dicho ya, sirve un potente contraste a quien durante la película esperaba sustos vacíos mientras contenía la respiración por un simple drama doméstico.

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