Cuando Guardiola se retorcía en lamentos tras las ocasiones desperdiciadas por Grealish ya lo sabía. El resto no nos lo podíamos creer porque en ese lapso de quince minutos posteriores al gol de Mahrez en los que el Madrid estuvo en la lona no había señales deportivas de que pudiera pasar, pero también lo sabíamos. El Madrid nos había convencido a todos.

El Manchester City ha sido el mejor equipo de Europa en largas fases de las últimas cinco temporadas. Sin embargo, trasladar esta realidad a la de levantar la Champions es una tortura para los clubes que, por gasto realizado –Manchester City, PSG o Chelsea en su día– o estatus –instituciones cuya dimensión demanda más Copas de Europa en su palmarés y el punto álgido de sus proyectos les apremia: diversos momentos de las eras del Arsenal de Wenger, la Juventus de Conte y Allegri o el Atlético de Simeone– se autoimponen la obligación de ganarla por primera vez o después de muchos años sin hacerlo. Equipos todos que marcaron época en sus respectivas ligas (la Premier invicta del Arsenal, los récords históricos de puntuación del Chelsea de Mourinho o el City de Pep, los 102 puntos de la Juve de Conte, la Liga que Simeone le quitó a Messi y Cristiano…), pero que tienen su particular cuaderno de desgracias en el calvario a coronarse como rey del continente. 

Mientras las ligas nacionales son partidas de póker de 38 manos donde una mecánica de juego de calidad puede ir corrigiendo en gran medida los altibajos que generan los factores de dinámicas y azar hasta crearte un promedio real de lo que eres, las eliminatorias de Champions son partidas a una mano donde cada carta destapada (gol a favor, en contra, una expulsión, una lesión…) abre una ventana a nuevos mini partidos, que serán unos u otros dependiendo del impacto emocional que estos tengan no sobre un jugador concreto como en el póker, sino sobre once personas distintas que intervienen decisivamente por ellas mismas. Mientras para un equipo puntero la Liga ofrece un clima aséptico que facilita la expresión del talento del que sabe que las consecuencias de un error no serán irreversibles, la Champions te exige tu mejor rendimiento en escenarios de estrés desconocidos y con los mejores rivales enfrente.

Cuando tienes una comunidad –que suele ser de periodistas, más que de hinchas del propio club– apuntándote con la palabra fracaso en la nuca mientras te recuerda que toda tu obra no vale nada si no ganas ese partido concreto, esta ansiedad se vuelve insoportable. Esta neurosis paralizante, que durante quince años ha tenido en la Argentina de Messi su representación máxima, la hemos visto poseer esta campaña a PSG y Manchester City precisamente en el Bernabéu, donde se ha consolidado una mística de derrotismo para los rivales en Champions que apuntilla cada eliminatoria que llega viva al tramo final. 

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¿De dónde viene esta magia transformadora que repentinamente espolea a unos y atenaza a otros en el momento cumbre? Dice el teorema de Thomas que un grupo puede tener la capacidad de convertir en reales situaciones que no lo son, simplemente por el hecho de suponerlas como tales y comportarse como si lo fueran. Es decir, cuando damos por hecho que alguien o algo son de una determinada manera, nos comportamos de acuerdo con eso y, aunque estemos equivocados, nuestra actitud acaba convirtiendo en real la situación. 

Como institución deportiva, el Real Madrid tiene una condición singular: lleva siendo el club con más Copas de Europa tanto tiempo como tiempo lleva vigente el palmarés de dicho torneo. Desde tiempos inmemoriales, el madridismo inició una fantasía sustentada en que ganar no sólo es su orgullo, sino su destino, sin importar las razones que haya para ello. Cada remontada, cada gol en los últimos minutos iba dando forma a una ficción que reforzada por aforismos transmitidos de padres a hijos (el miedo escénico del Bernabéu, el «90 minuti en el Bernabéu son molto longi», el estilo del Madrid es ganar…) se acabó clavando en los más profundo del cerebro reptiliano del mundo del fútbol.

Aunque ahora parezca remoto, el Real Madrid también pasó por ese trauma que arrastran ahora sus rivales

Esta leyenda acaba funcionando como elemento ardiente que no se consume porque cada cierto tiempo el Madrid aviva la llama hasta incendiarlo todo y dejar una nueva huella en la mente de todos. Las remontadas de la Liga de Capello en 2007 coronadas con el Tamudazo o todo lo que desencadenó el gol de Ramos en Lisboa –esa sensación de que el Madrid marcaría cuando lo necesitara hiciera méritos o  no iba a durar cuatro años desde ese momento– y ahora el gol de Benzema tras el error de Donnarumma son puntos que se conectan con el pasado retroalimentándose hasta crear una línea del tiempo homogénea que hace que parezca que eso fue así siempre.

No existe una realidad objetiva que la sustente, nadie la aceptaría como lógica en frío, pero llegado el momento, cuando el speaker canta el tiempo de descuento por la megafonía y el Bernabéu ruge, la fantasía creada cala en todos. En los jugadores, en los rivales, en la hinchada, en los medios de comunicación y en los enemigos eternos que lo quieren ver caer y resignados a su suerte te dicen que ya sabían lo que iba a pasar. En los que en definitiva siguen haciendo crecer una bola de nieve que, llegado el momento de resolver, funciona como profecía autocumplida de doble impacto que hace creer a ambos equipos que el destino está ya escrito y que dios está de su parte, poniendo al rival en una posición de vulnerabilidad y otorgando al Madrid su papel de David presto a derribar a Goliat.

Zinedine Zidane con Luka Modric - Getty
Zinedine Zidane con Luka Modric – Getty

Sin embargo, aunque ahora parezca remoto, el Real Madrid también pasó por ese trauma que arrastran ahora sus rivales y llevaba el mismo escudo en la camiseta. Cuando Florentino regresó al Madrid en 2009, los blancos llevaban cinco años sin pasar de octavos en Champions. En su primera temporada, el proyecto no distó mucho de el del PSG actual: desembolso histórico para poner la plantilla a la altura de las mejores y contratación de uno de los técnicos de moda –Pellegrini fue el Pochettino de entonces– al que no atenderían sus peticiones –recordemos que suplicó que no vendieran a Robben y Sneijder–. El obligado a ganar entonces era el Madrid, cuya exigencia no vendría sólo de la inversión realizada, sino de convivir con un enemigo en plena expansión que había ganado dos Champions en cuatro años y amenazaba con desplegar una tiranía de años. 

Sentenciado Pellegrini, por primera y única vez en su mandato, Florentino entregó el proyecto a un entrenador. Mourinho, al que como hoy a Guardiola le exigían la Champions, se encontró un equipo que con Cristiano, Kaká, Xabi, Ramos, Casillas o Benzema venía de caer en octavos de Champions contra el Olympique de Lyon, prolongando a seis los años sin ganar una eliminatoria en Europa y con el fallo a puerta vacía de Higuaín personificando la ansiedad propia del estado de necesidad de aquel equipo. ¿Cómo era posible esto si eran el Madrid, era la Champions y era el Bernabéu? ¿Qué proceso se dio para que hoy el Madrid sea otra vez el Madrid?

El Madrid de Mourinho llevó al límite a un rival histórico, pero llegó la ruleta rusa de la Champions y el revólver se atascó

Mourinho construyó un equipo moderno, fundado en el sometimiento de todos –jugadores en el campo y dirección deportiva en la parcela de fichajes– a una idea colectiva, algo contracultural en el Madrid. Pasó de fichajes galácticos a piezas necesarias para el fútbol que quería desarrollar su equipo, eliminó privilegios a jugadores que habían hecho suyo el club, puso límites a la prensa y, en un vestuario de tradición bohemia convirtió la condición de futbolista en un oficio diario que obligaba a ganar siempre. Como el Manchester City de hoy, el Madrid compitió cada título con uñas y dientes y llevó al límite a un rival histórico, pero llegó la ruleta rusa de la Champions y el revolver se atascó, como suele atascársele a los necesitados.

Futbolistas que más tarde harían suya la competición se construirían como seres infalibles curtiendo su piel a golpe de errores: en 2011, Pepe pecaba de impulsivo –si es justa o no la expulsión lo dejamos para los que saben, pero está claro que arriesga sin necesidad– y rompía un plan de partido que estaba saliendo perfecto; en la tanda de penaltis ante el Bayern en 2012, Cristiano Ronaldo fallaba el segundo penalti decisivo de su carrera –Cech le había parado el tercero de la tanda en la final de 2008– y Ramos mandaba otro a las nubes; y en 2013, el Madrid se quedaba a un gol de una remontada ante el BVB que por supuesto se hubiera consumado de darse en 2022.

Mourinho no ganó la Champions con el Madrid, como no la ha ganado todavía Guardiola con el City, sus enemigos lo tacharon de fracasado como lo hacen ahora los de Guardiola, pero ambos pusieron a sus equipos en disposición de. Pasada la guerra, quedaron los jugadores. Con sus cicatrices y unos hábitos renovados que –aunque volverían a su tendencia natural de la mano de un padre permisivo como Ancelotti– habían dejado huella en muchos de los que luego forjarían el Madrid del lustro glorioso. La bala salió con el gol de Ramos en Lisboa. Como le había pasado al Barcelona de Rijkaard en 2006 (Arsenal) o le pasaría al Liverpool en 2019 (Tottenham), el Madrid tuvo la fortuna de encontrarse en la final con un equipo inexperto en estas lides y virgen de palmarés para redimirse tras más de una década sin levantar el título. 

De igual forma que el City ha creado una inteligencia colectiva, el Madrid ha desarrollado una personalidad colectiva arrolladora

De igual forma que el Manchester City ha creado una inteligencia colectiva de niveles históricos susceptible de saltar por los aires en momentos de histeria, desde aquel gol liberador de Sergio Ramos el Madrid ha desarrollado una personalidad colectiva arrolladora que está por encima de todo lo que sucede en el campo. Donde en el resto de equipos hay once temperamentos distintos, inestables e hipersensibles a los acontecimientos, en el Madrid sólo hay uno. Cada futbolista que ha atravesado la puerta del vestuario se ha impregnado de lo que ha visto, contagiándose de un descaro y una convicción en sí mismos que en este fin de campaña ha tenido a Camavinga haciendo suyo el equipo cuando la bola debía quemar o a Rodrygo creyéndose el papel de salvador, pero que en un pasado cercano tuvo a Lucas Vázquez haciendo malabares en el trayecto a tirar el penalti más importante de su vida o a Asensio acumulando más fotos de las que presumir de las que le corresponderían por nivel medio mostrado estos años.

Estar en un entorno ganador es hacerse ganador, porque de forma natural se van interiorizando los comportamientos necesarios para ganar. Cuando ese entorno tiene unos referentes que consideramos valiosos, nos acabamos fundiendo en esa determinada forma de pensar, sentir y actuar, empapándonos del ejemplo sin darnos cuenta. Zidane fue la persona más importante en este camino. Desde un liderazgo unificador, el francés rescató todo aquello que Mourinho había dicho que debía ser el Madrid para ponerlo encima de la mesa, ensalzando la Liga como vara de medir la realidad del club, remarcando la palabra intensidad no como un eslogan sino como la única forma de entender el deporte, e incluso abandonando la institución recién ganada la Champions cuando el equipo renunció a ser lo que él creía que debía ser.

Todos los equipos necesitan ese gol de Ramos, ese gol de Cesc a Italia, que quita el tapón de la responsabilidad y te deja disfrutar del fútbol como lo que es, un juego. Por eso la Champions, que sólo los quiere valientes de corazón, mira ahora a los blancos con otra cara. Y pasará el subidón –no se puede tener 18 años toda la vida–, vendrán la calma y las derrotas, pero el Madrid seguirá guardando algo que nadie más tiene. La llama seguirá ardiendo aunque nadie la escuche, esperando volver a brotar. Cuando llegue ese día, miraremos atrás y la primavera de 2022 será gasolina que vuelva a prender la mentira más cierta del fútbol. La que lleva años decidiendo partidos como el mejor delantero centro.

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