Quintana Paz: «Los historiadores se divertirán mucho analizando esta época»

Selinute: the ruined Greek city Foto: Alex Berger

Miguel Ángel Quintana Paz es uno de los más audaces, brillantes y anticonformistas intelectuales españoles, en un panorama cultural dominado desde hace décadas por la intelligentsia progresista ligada al PSOE. Nuevo director del Instituto Superior de Sociología, Economía y Política (ISSEP) de Madrid, Quintana Paz acepta aquí entrar en coloquio sobre algunos de los temas más candentes de nuestro tiempo con el periodista Giulio Meotti, de Il Foglio, en esta entrevista originariamente publicada en italiano:

P: De España a América se reescribe la realidad: se borra la importancia del sexo biológico, incluso el término ‘madre’ (Ley Trans). ¿De qué tipo de revolución se trata? ¿La ‘sociedad líquida’ de Bauman? Existe un interesante debate político-intelectual sobre esta cuestión, ¿no es cierto?

R: En efecto, se trata de una discusión con dos bandos muy definidos que tratan de explicar cómo hemos llegado hasta donde hemos llegado. Según la primera de las dos posturas de tal debate, liderada por autores como Jordan Peterson, estaríamos presenciando una revolución típica del marxismo cultural. Del mismo modo en que Marx buscaba emancipar a los oprimidos en términos económicos por el capitalismo decimonónico (el proletariado, en suma), hoy podríamos observar un esfuerzo similar por emancipar a los oprimidos; pero ahora la causa de la opresión se habría trasladado y ya no resultaría principalmente económica. De hecho, cualquier grupo que se presente como oprimido en cualquier sentido, incluso si se halla lejano de todo componente económico, reclamaría nuestra atención. Y es así como llegamos a la paradoja de que Ana Patricia Botín, heredera del Banco Santander y una de las 200 personas más ricas del mundo, se exhiba en entrevistas como una pobre oprimida por el sistema… por el simple hecho de ser mujer, siguiendo el discurso feminista hoy hegemónico (y generosamente subvencionado por el banco que ella preside).

Todo esto, naturalmente, ofrece un incentivo potentísimo para presentarse ante la opinión pública siempre como oprimido o víctima en cualquier sentido imaginable, como ya comprendió uno de los grandes expertos de nuestro tiempo sobre lo victimario, René Girard. Y así se explica la situación actual, en que algunos dicen sentirse tremendamente oprimidos si afirmamos cosas que solo hace unos años parecerían tautológicas, como que solo las mujeres pueden ser madres. Es el esplendor de lo que en español llamamos los ofendiditos, a partir del texto que un servidor publicó hace cuatro años

¿Y cuál sería la segunda posición del citado debate sobre el origen de la revolución que hoy presenciamos?

Y bien, según el segundo bando en liza, lo que estamos viviendo no sería tanto resultado de cierto marxismo (cultural o no), sino la consecuencia lógica del liberalismo, que hoy llegaría a su exacerbación. Al fin y al cabo, los liberales siempre se han sentido un tanto incómodos ante las relaciones humanas que no son “consensuadas”, a las que no precede un acuerdo libre entre los participantes, un “contrato”. Y, obviamente, la relación madre-hijo, las relaciones familiares en general, como tantas otras (de vecindad, nacionales, etc.) no suelen ser relaciones que hayamos “elegido” ante muchas otras opciones disponibles (solo los muy ricos pueden elegir de veras vivir donde desean, por ejemplo).

«Los liberales siempre se han sentido un tanto incómodos ante las relaciones humanas no consensuadas, a las que no precede un acuerdo libre»

Este es el motivo por el que el actual desprecio ante las relaciones naturales podría tener, según esta posición, una raíz liberal: dado que uno no elige a su madre, o el sexo con el que nace, es en cierta medida lógico que el ser madre o la biología sexual pierdan importancia; que se vean, incluso, como opresivos.

Particularmente, no siento la necesidad de elegir en este apasionante debate entre uno u otro bando (entre los que culpan al marxismo o al liberalismo). De hecho, no hay motivos de peso para rechazar la hipótesis de que estemos viviendo la confluencia de dos movimientos antaño enfrentados, pero que hoy concurren en una dirección similar. Esto también explicaría por qué Ana Patricia Botín no tiene reparos en aliarse con personas de vidas muy diferentes a la suya, como profesoras de universidad progres o activistas de ultraizquierda. (Y estas tampoco tienen reparos en aliarse a ella, claro, subvención mediante).

La “cultura” (a diferencia de “las culturas”) parece hoy en día una palabra caduca, al igual que civilización, tradición, identidad… ¿Por qué tantos tabúes? ¿Por qué tanta necesidad de desmantelar todo? ¿Es el triunfo del “pensamiento débil” teorizado hace unos años por filósofos italianos?

Como antiguo discípulo de uno de ellos, Gianni Vattimo, debo reconocer que conozco un tanto esta filosofía del “pensamiento débil”. Pero mira por dónde un autor como él (inventor, junto a Pier Aldo Rovatti, de esa expresión) pasó, poco después, a convertirse en representante de la denominada “filosofía hermenéutica”; es decir, una filosofía que valoraba sobremanera los textos del pasado, la tradición, la capacidad de mantener la relación con nuestras raíces culturales, de interpretarlas… Y tenía sentido: si no somos capaces de llegar a la Verdad con mayúscula, aprendamos al menos unas cuantas pequeñas verdades heredadas del pasado. Se cuenta la anécdota (como decís en italiano, se non è vero, è ben trovato) de que Hans-Georg Gadamer, fundador de la citada filosofía hermenéutica, respondió a un estudiante que le había preguntado por un libro de reciente publicación: “Pero ¿acaso tengo yo pinta de haber leído algo publicado en los últimos mil años?”.


El nuevo director académico de ISSEP Madrid, el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz

En suma, lo que quiero decir es que el “pensamiento débil” podría (y de hecho pudo) desembocar, como en el caso del Vattimo de los años 80-90, en un aprecio de nuestra cultura, de la herencia occidental, del mensaje transmitido por nuestros antepasados a través de los siglos. Cierto, no se trataría de una verdad fuerte ni evidente, como aquellas en los que creían ellos. Pero sí sería el único tipo de verdad al cual nos podríamos sentir ligados, como ligados estamos a la cultura en que nació y se desarrolló. Sin embargo, todo este sentido de amable aprecio, sin fanatismos, por nuestra tradición occidental se ha visto atacado por un proyecto de sustitución radical de nuestra civilización.

Así, el cristianismo no se ve ya como loable fuente de nuestros valores, aunque luego estos se secularicen (como todavía Jürgen Habermas, por ejemplo, sabe verlo), sino como una religión opresiva que hay que sustituir por la fe woke (o la islámica, en términos de población inmigrante). La idea griega de razón no se ve ya, con todos los matices que se desee, como valor clave de nuestra vida en sociedad, sino que se ambiciona sustituirla por el relativismo o, incluso, el nihilismo. Y también la noción romana de Derecho, de la ley que está por encima de los hombres, quiere sustituirse con el populismo, los juicios mediáticos y el empeño en “reparar” a cualquier grupo “oprimido”, todo ello antepuesto a la presunción de inocencia o al derecho a disponer de una buena defensa.

En conclusión, si se desprecia hoy nuestra civilización milenaria y sus tradiciones es, simplemente, porque estamos ante el proyecto de sustituirla por una nueva civilización woke, con sus nuevas tradiciones (Día de la Tierra, de la Mujer, de las Crías de Nutria…) y sus nuevos mandamientos (ecológicos, de tolerancia, de diversidad…)

La Iglesia no parece tener ya la fuerza de antaño; habla, pero pocos la escuchan. Pequeñas minorías. ¿Es así?

A mi parecer, la Iglesia católica está viviendo toda este combate entre dos modelos de civilización de modo traumático, puesto que también en su interior se libra esta batalla.  Así, hay muchos católicos, incluso en las más altas jerarquías, convencidos de que este nuevo modelo de civilización es compatible con el cristianismo. Y que bastaría con hacer de este algo más “ecológico”, más “diverso”, más “tolerante”, para que fuera admitido a la misma mesa que Ana Patricia Botín, las feministas radicales o Greenpeace… aunque fuera con alguna peculiaridad propia, claro, como celebrar misas los domingos (¡pero no misas tradicionales!) o llevar al cuello un crucifijo de madera (¡nunca de plata!).

Dos ejemplos españoles de este tentativo de un cristianismo “compatible” con los tiempos: el cardenal de Madrid, Carlos Osoro, se adhirió hace años a las celebraciones del 8 de marzo, pese a que en su manifiesto se defendía el aborto, y pese a que está claro que todas las demás manifestantes considerarían su cargo cardenalicio como patriarcal y opresivo, dado que está cerrado a cal y canto a cualquier mujer. Pero en Barcelona no es que las cosas estén mucho mejor: su cardenal, Juan José Omella, utiliza Twitter para recomendarnos cosas como que no usemos bolsas de plástico; quizá pronto nos recomendará aplicarnos protección solar o no ingerir demasiados hidratos de carbono…

«Casi dos mil años de pensamiento cristiano son un baluarte magnífico desde el cual combatir el relativismo, el nihilismo y el feísmo»

En el otro lado, sin embargo, hay que reconocer que son muchos los católicos que han comprendido con lucidez qué es lo que está en juego hoy en día. El último documento publicado por la Conferencia Episcopal Española, Fieles al envío misionero, es buen ejemplo de esta clarividencia. Este tipo de católicos saben bien no solo que el nuevo modelo de civilización es hostil a su mensaje cristiano, sino que la Iglesia es una de las pocas estructuras fuertes desde las cuales podemos dar la batalla contra este proyecto de sustitución de nuestra civilización grecorromana y judeocristiana. Casi dos mil años de pensamiento cristiano en pro de la Verdad, el Bien y lo Bello son un baluarte magnífico desde el cual combatir el relativismo, el nihilismo y el feísmo que nos asedian.

¿Crees que Europa tiene futuro, le queda alguna carta que jugar, o bien, como tantos defienden, se parece ya a lo que fue en su día el Imperio austro-húngaro?

Mi filósofo favorito, Ludwig Wittgenstein, abandonó toda su prometedora carrera en Cambridge para combatir como voluntario en la Primera Guerra Mundial y, así, defender el ya decadente Imperio austro-húngaro en primera línea de fuego (aunque, como universitario y millonario, podría haber elegido cualquier puesto de oficina en la retaguardia). ¿Por qué? ¿Por un sentido patriótico especialmente intenso? ¿Por lo que en italiano llamáis spirito di giovinezza? No, nos habría respondido, sino simplemente porque era su deber.

Creo que esta debe ser también nuestra respuesta cuando nos preguntamos si tiene aún sentido combatir tantos poderes que van en nuestra contra (organizaciones supranacionales, altas finanzas, Hollywood, Universidad, la mayoría del periodismo, de las iglesias…). La pregunta no es si se les puede vencer, sino si debemos intentar vencerlos.

El panorama ideológico es monocromático. Cuesta encontrar pluralismo auténtico en la cultura, la política, la sociedad… ¿Es la victoria del conformismo?

Es curioso que en un mundo que ha asumido casi como dogma fomentar la diversidad, en cambio la diversidad de pensamiento se aprecie cada vez menos. Es una de las características más visibles de la nueva civilización que viene. Se asume que todo aquello que se considere “intolerante” (¿por parte de quién?) no se debe tolerar… con lo que llegamos al mismo punto de todos los autoritarismo del pasado, que también reprimían todo aquello que considerasen “malo”. “Intolerante” es simplemente la nueva palabra para etiquetar todo aquello que se ansía castigar y prohibir.

¿Cómo crees que evolucionará la sociedad occidental en los próximos años? Hay quien considera que algunas distopías empiezan a materializarse…

Como afirma un viejo chiste danés, no me gusta hacer predicciones, sobre todo acerca del futuro. Pero lo que está claro es que los tiempos de una cierta paz cultural, en los que la política consistía en la discusión entre democristianos y socialdemócratas acerca de cuántos puntos del PIB dedicar a la educación y cuántos al gasto sanitario, han terminado. Hoy muchos consensos de antaño se han roto. También la confianza en nuestras élites se ha roto. No sé si para nosotros, pero para los historiadores de dentro de un siglo analizar esta época resultará ciertamente divertido.

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