Quemar el paraíso

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Cuando Guardiola se fue del Barcelona, Messi tenía 24 años. Ya no es que fuera el mejor jugador del planeta, sino que, en una mesa redonda con los mejores futbolistas de siempre, ya hubiera tenido muchas cosas que decir. Ser dueño de su futuro le autorizaba a contemplar su porvenir como un lienzo en blanco en el que seguir pintando una carrera de ciencia ficción, cuya plasmación en la realidad parecía depender únicamente de que, como dijo Pep, no se aburriera. Esa posibilidad de mirar a su futuro como si fuera su pasado, recreando en su cabeza el Informe Robinson que le tendrá como protagonista en unos años y que ya sabemos que no será perfecto –el programa perfecto se emitirá desde el cielo–, le permitía elegir a dedo entre el abanico de maneras de ser recordado como personaje único. 

Como cada uno forja su leyenda como quiere, Messi decidió fundirse en uno con el Barcelona, proyectando una novela idílica en la que no sólo tendría la admiración del espectador neutral, sino el sentimiento afectivo de una comunidad concreta, la culé, colmada de orgullo por la fidelidad del argentino, acogido como en su casa desde niño. Como Alex Ferguson o Michael Jordan, Leo Messi buscó el mérito de mantener un único club en la cima desde el día a día durante toda su carrera. El orgullo de poder mirar con distancia la historia de esa institución e identificar de un plumazo cuáles fueron sus años allí. 

Permaneciendo en Barcelona, Messi continúa hipotecando no sólo su palmarés sino su ilusión por jugar a fútbol Clic para tuitear

Si Leo eligió esta senda y no la de intentar ser rey en distintos lugares fue porque esta relación de cariño con el Barcelona era compatible con la posibilidad de desarrollarse allí como lo que quería ser, gracias a que Guardiola le había dejado el mejor paisaje posible. Una idea de juego que le beneficiaba, unos compañeros virtuosos que sentían esa idea y que lo potenciaban para poder exhibir todo su talento y, sobre todo, una forma de competir en la que ganar no era una ambición, sino una profesión.

Compañeros con todos los fundamentos técnico-tácticos individuales y colectivos llevados al máximo exponente, que pensaban el fútbol igual. Que Iniesta, Xavi, Pedro o Alves entendieran cuándo tirarle una pared o una paralela, cuándo devolvérsela de primeras y cuándo de segundas o cuándo limpiarle un espacio para que el propio Messi lo explotara, ya era intrínseco en ese grupo, más allá del técnico que estuviera al frente. En la ecuación entraba que podían llegar entrenadores menos buenos, decisiones erróneas, decepciones, altibajos, pero ese grupo de jugadores era suelo firme y fértil sobre el que continuar el recorrido que demandaba su historia. 

Durante 15 años, Messi no iba a necesitar salir de Barcelona para reinar con diferentes equipos, solo que iba a hacerlo bajo el mismo escudo. Distintos socios, distintas demarcaciones, insertado en distintos dibujos y a las órdenes de distintos entrenadores, sus temporadas propias de un Balón de Oro, una tras otra, eran el denominador común. Una continua modificación del entorno sobre la que adaptarse y sobre la que adaptar a sus compañeros, que reafirmaban a Messi en la idea que mamó en el Barcelona desde pequeño. Esa que Simeone sintetizó en una frase que debería permanecer expuesta en cada vestuario: «El orden potencia las individualidades». También las del mejor jugador de siempre. 

Por eso Messi, resignado ante la falta de proyecto creíble y con las cicatrices de Roma y Liverpool todavía abiertas, pidió la vuelta de Neymar el pasado verano. Porque el brasileño permitía simplificar un proyecto, atajar en el camino por conseguir alguna Champions más que hiciera justicia a su carrera. 

El Barcelona es preso de una especie de pesimismo arraigado (ganar no es suficiente) que lo limita emocionalmente


Desde la marcha del brasileño en 2017, con una gestión de club que conducía al desgaste de un grupo que pedía a gritos cambios estructurales, ese equilibrio entre el deseo de Messi de permanecer en el Barcelona y las posibilidades del equipo de ser verdadero aspirante a ganar la Champions sólo lo pudo sostener la sensación de que la inercia ganadora de las generaciones históricas de futbolistas siempre guarda una bala en la recámara en forma de Champions, cuando ya no es el mejor equipo de Europa. Lo hizo el Milan en 2007 –campeón de Europa en una temporada que acaba 4º en Serie A con 61 puntos–, el Chelsea en 2012 –6º con 64–, o el Madrid en 2018 –3º con 76–, pero el Barcelona jamás aprendió a ganar si no siente que lo merece

En cualquier club aséptico, un grupo de veteranos hartos de ganar como el formado por Messi, Suárez, Iniesta, Piqué, Busquets o Jordi Alba, se lleva una o dos Champions de las dos que tenía encaminadas con el 4-1 y 3-0 ante Roma y Liverpool. Pero el Barcelona no. El Barcelona es preso de una especie de pesimismo arraigado, fundado en ese romanticismo extremo institucionalizado que sobrevuela y cala en el entorno en forma de ganar no es suficiente. Un sello que distingue al club, que le otorga identidad, que marca el camino de cómo hacer las cosas, pero que, mal entendido, lo limita emocionalmente en competición.

En la vida, todos acabamos convirtiéndonos en aquello que nos aplauden. Al Madrid le han dicho tantas veces que gana por el escudo que goza cuando vence sin merecerlo y el hincha se vanagloria de ello. En cambio, el reconocimiento distintivo del Barcelona y orgullo de su incondicional, fruto de su idea de fútbol celestial y elitista –difícil de interpretar para el que no se educó en esa casa–, no ha venido de sus victorias, sino de cómo las ha conseguido, convirtiéndolo en un ganador con pedigrí, argumento de peso del que presumir.

Esto hace que mientras para el Madrid el techo es ganar, el Barcelona se ha creado un techo artificial, que es ganar haciendo las cosas bien. Y cuando se piensa que ganar no lo es todo, es más difícil ganar. Cuando las cosas no vienen bien dadas en un partido gordo y el equipo está siendo superado, mientras para el Madrid la posibilidad de vencer supone un subidón de adrenalina, el Barcelona pelea triste, frustrado ante su incapacidad de colmar sus desbordadas expectativas. Mientras el Madrid siente que la victoria le pertenece por ley natural, el Barcelona compite como el eterno insatisfecho, que sólo puede ser él mismo si se mira en el espejo de la excelencia.

Hastiado de pedir auxilio, Messi buscó en Manchester un destino donde hablaran su misma lengua


Esto no tiene que ver con jugar mejor que el rival –el Barcelona eliminó al Chelsea en 2009 disparando una vez en todo el partido de vuelta, pero lo que habían creado durante el año les hacía sentir que la victoria les correspondía–  ni con echarle huevos, sino con una actitud optimista o pesimista, avasalladora o triste de afrontar la competición cuando no todo es tan perfecto como habíamos deseado. Se pueden coger ejemplos de los últimos cursos. Tras haber ganado 3-0 en la ida, el Madrid se puso 2-0 abajo ante el Atlético en las semis de Champions de 2017 y la respuesta fue un dominio aplastante que abortó cualquier intento de remontada rival. La misma reacción que ante el 0-3 de la Juventus que empataba la eliminatoria de cuartos de 2018.  En cambio, para el Barcelona, los goles de Dzeko y Origi antes del minuto 10 fueron la crónica de una muerte anunciada.

Así, mientras el Madrid sacaría victorias de lo más profundo de los escombros, el Barcelona sólo puede extraerlas de lo divino. Si el Madrid es más propenso a ganar que el Barcelona es porque mientras el cielo sólo acepta estancias esporádicas, el fango siempre está presente para ejercer de cuadrilátero. No es extraño pues el contraste entre que al Madrid le hayamos visto agotar ciclos ganando Champions –el último año de Lorenzo Sanz, previo a la llegada de Florentino, o el último de Cristiano Ronaldo– y que las cinco Copas de Europa del Barcelona se correspondan seguramente con los cinco mejores equipos de su historia. 

Esta mentalidad de club es algo que ni Messi ha podido cambiar, y quizá fuera el último factor que le podría haber salvado en este trienio, en el que los viejos compañeros que fueron educados para entenderle ya no le podían seguir el paso y los nuevos que deberían seguírselo no lo supieron entender. No por incompetentes, sino porque nadie les explicó ese idioma que ni los propios directivos se esmeraron en aprender, porque su prioridad fue quemar el paraíso que Guardiola había creado para él.

Mientras al resto de genios los medimos por sus hazañas, a Messi lo mediremos por los días puntuales que no las hizo


Hastiado de pedir auxilio, Messi buscó en Manchester un destino donde hablaran su misma lengua. Un lugar donde comprenden aquella máxima del maestro Paco Seirul-lo de que no ganan los jugadores ni los entrenadores, sino los equipos. Que si Jordan era un tirano con sus compañeros era porque sabía que no podía ganar solo. Ni él, ni Maradona, ni Messi ni Cristiano. Nadie ganó solo.

Pero las historias de Pep y Messi comparten algo más importante que todos los éxitos que puedan acumular en lo que les queda de carrera, que es conservar inmaculado su vínculo con la afición culé. No sólo por amor, sino por el bien del mito. Disponer de una hinchada detrás que te idolatre supone tener una comunidad de gente que prolongará tu leyenda como héroe, mantendrá viva la llama de lo que hiciste en vida, relativizará tus errores o sacará la cara por ti cuando los de siempre vengan a reescribir la historia para manchar la imagen de uno en beneficio de intereses propios. Lo que tiene Maradona en Nápoles o Di Stéfano en Madrid. Eso que no tendrán nunca el que no supo echar raíces o el que escupió sobre ellas. Ni uno podía ir a juicio contra el Barcelona ni el otro podía dar pie a que se retorciera la realidad diciendo que había sacado a Messi del Barcelona.

Permaneciendo en Barcelona, Messi continúa hipotecando no sólo su palmarés sino su ilusión por jugar a fútbol, ese estímulo imprescindible para poder sacar lo mejor de lo que le queda dentro en sus últimos años. No debe ser fácil para él darse cuenta en el final de su carrera que su palmarés –no así sus estadísticas individuales–, por amplio que sea, quedará lejos de poder explicar quién fue. Es parte de la grandeza de un tipo que sostuvo la excelencia en el tiempo al punto de normalizarla, recordándonos aquello de Aldous Huxley, de que el hábito convierte los placeres suntuosos en necesidades cotidianas. Una carrera que es imposible asimilar de golpe, como imposible es conocer Roma en un día. Esa será la penitencia de habernos hecho perder la perspectiva de lo divino al resto de mortales: Que mientras al resto de genios los medimos por sus hazañas, a Messi lo mediremos por los días puntuales que no las hizo.

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