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Xavi Hernandez en Qatar Xavi Hernandez en Qatar

A un año justo de que el fútbol mundial hinque la rodilla ante Qatar, Xavi Hernández ha reactivado el engranaje político en Barcelona con un regreso recitado y telegrafiado, que además del viscoso runrún mediático, amenaza con prolongar la desidia informativa respecto a los puentes que en la última década ha tendido el club español con ese emirato artificial que ha pagado el Mundial de 2022 a golpe de talonario [sobre Qatar 2022].

Hace nada un periodista se quejaba amargamente, frente a un micrófono en el horario de máxima audiencia de la única emisora especializada en deportes de la frecuencia modulada: «Entonces, ¿qué quieren? ¿Que no cubramos el Mundial?». Respondía así a una tibia y pusilánime advertencia del director del programa sobre las cifras de obreros fallecidos en las obras del Mundial que había desvelado la prensa inglesa semanas atrás. No, hombre. Nadie exige al periodismo que no cubra Qatar 2022. Está el periodismo -y más el deportivo, que directamente ha dejado de existir- como para pedirle nada. Esa guerra ya pasó.

Independientemente de lo que dicen que parece el nuevo Barcelona de Xavi (recuerdo como si fuera ayer los gritos de «Laporta, dimisión» semanas antes de que el equipo se jugara entrar a la fase final de la Champions 2008-2009 con el Wisla de Cracovia), lo único que podemos arrogarnos como aficionados al deporte es un poco de perspectiva, altura de miras o compromiso para con la civilización objetivada, algo fuera de los fastos coloridos que la rotunda tiranía del dinero imprime a los nuevos valores de la competición. Pero hasta eso está desapareciendo.

La dejación de funciones en la prensa de este país respecto a Qatar 2022 dice más de la libertad de prensa que cualquier libelo revolucionario

Ha pasado convenientemente de puntillas la reconocida actividad paralela entre Barcelona y Al Sadd a propósito de la reincorporación de Xavi a El Relato, como en su día pasó con el patrocinio de Qatar Foundation que, de nuevo desde Inglaterra, vincularon al proceso de elección del primer país árabe en la Historia en organizar un Mundial. La omnipotente dejación de funciones en la prensa de este país al respecto da más pistas sobre la libertad de ídem que cualquier libelo revolucionario a las puertas de un piquete flamígero. Más aún: ha quedado obsoleta la vocación de servicio público del periodismo, y tan solo sugerirla o recordarla emplaza despectivamente a otros tiempos, no necesariamente mejores. No es nostalgia: es la crónica en tiempo real de un cataclismo generacional.

El fútbol no es ajeno a esto. Ver a España celebrando la clasificación para este Mundial con un gol de Morata a última hora en una victoria por la mínima contra Suecia fue una pista definitiva. Una instantánea al momento que vive nuestro mundo, un vistazo a la mediocridad que podría aspirar al World Press Photo de 2021 junto al resto de desatinos en marcha que con generosa gracia están diseñando la precariedad que viene. Ya no es sólo que dejar de potenciar el talento se haya hecho -casi literalmente- ley: es que hemos normalizado el alzamiento y promoción de lo banal. Esto tan vacuo de que las revoluciones empiezan por uno mismo empieza a tener sentido en el momento en que el neolenguaje sustituye la pobreza por decrecimiento o la muerte por accidentes incluso deseables, opciones dignas.

Han muerto obreros construyendo estadios para un Mundial en un país en el que aún ser homosexual -más bien hacerlo ver en público- está penado, pero la cosa no es esa sino cualquier otra distracción. Por ejemplo, el Barcelona de Xavi, que viene de allí y que un día llegó a decir que el sistema qatarí funciona mejor que el español. Suficiente. Los clubes -sus dueños, más bien- menudean con los derechos humanos, se sonríen, participan del vodevil y se supone que no importa porque el espectáculo está por encima de cualquier debate, incluido el de la integridad que de manera testimonial se dice que acompaña a la cultura de masas. Si al menos dieran espectáculo, bueno. Pero es que de la noche a la mañana hemos pasado por depositar en juveniles y suplentes la exigencia de la élite del fútbol, cada vez más devaluada víctima de los aneurismas rozagantes en el progresismo. Pura propaganda. Un año para Qatar y así estamos, haciendo cálculos: pero no con los fallecidos, sino con los países clasificados.