Profesionales del sermón y el aburrimiento

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La desnaturalización de los premios Oscar es ya un hecho tangible no sólo en números de audiencia -obsesión primera de la Academia este año, como demuestran los toques y recortes que hasta última hora pretendían sobre la ceremonia-, sino también en titulares. Como es tendencia en los principales festivales de cine (en Sundance hasta sacan tablas y porcentajes de cuántas minorías están representadas en sus shortlists), el peso de la relevancia recae sobre el nuevo mundo que se alza a partir desde las cenizas de dos movimientos de impetuosa estructura y complicado rebate libre: el #OscarsSoWhite de la temporada 2015-2016 y el #MeToo que colea desde las primeras acusaciones por abuso sexual contra Harvey Weinstein a finales de 2017. O lo que es igual: la imposición de las cuotas más allá del cine, paradoja precisamente de lo desequilibrado. Un asunto no menor cuando, como es el caso, arrecia un año de producción limitada y «voluble» (como lo han definido en Variety) en el que una superproducción como Black Panther rompe la barrera de las nominaciones (siete) a una película de superhéroes -o lo que sean-, colándose además en varias de las categorías principales -¡y ganando algunas de ellas!-. Como el debate público medra secuestrado por poderes a sueldo que no admiten discusión, cualquier duda acerca de cualquier película puede llevar impresa una etiqueta de moralina en monodosis. Esto es, ninguna de las películas presentadas al escenario esquiva como mínimo alguna teoría de la conspiración. Lo desarrollé aquí. Y este quizá sea un problema fuera de la dinámica de la Academia o del propio corazón de los que siguen considerados, veremos hasta cuándo, los premios más relevantes del cine. ¿Cuánta responsabilidad se le puede atribuir al espectador, no digamos ya al profesional, sobre el vicio del maniqueísmo?

La dictadura de la correción política vicia el debate sobre si 2018 ha sido o no un año tan flojo en el cine como se dice


Escribía Desirée de Fez unas líneas al respecto durante el galvánico Festival de Sitges que la polarización en la crítica, y por extensión en el foro digital, sondea a una profundidad irrecuperable. En concreto usó el adjetivo «absurdo». Como quiera que la calidad neta de una película es objetivamente complicada de medir, su vulnerabilidad frente a la opinión no cualificada está más desnuda ahora que nunca. Green Book es una más que digna candidata a Mejor Película, más allá de los apelativos y las antipatías particulares pero, ¿es la mejor película de 2018? En realidad, sólo ha ganado un premio que la califica así. Al menos hasta febrero de 2020. En 2018, además de las taquilleras y las inclusivas y las nostálgicas, se hicieron grandes películas fuera del espectro mediático y de los mass media que, claro está, ni siquiera han entrado en la recta final de unos premios que ahora necesitan contentar cuotas y share. Algunas son muy obvias: Beautiful Boy, Eighth Grade, Hereditary, Burning. Roma, «celebrada por todas las razones equivocadas» según el filósofo Slavoj Zizek, asaltó la carrera mediante el debate de los nuevos tiempos y el progresismo, el cambio y la nanotecnología. Es además un prodigio visual, que ha sido reconocido como tal. Todo lo que lleva implícito es carne de revisionismo y no mucho más original o esmerado que lo dispuesto, por decir una barbaridad, en el The House that Jack Built de Lars von Trier. Sumidos como estamos en ese vórtice narcisista, es de esperar que no alcancemos a entender que el hecho de que nuestros gustos no estén necesariamente alineados -ni tampoco reñidos: son un espejo de doble reflejo- con los de los académicos no hace de 2018 un año malo, flojo ni para olvidar. Si hay alguna culpa que depurar, o alguna conclusión que sacar, acerca de por qué esta impresión ha ido tan lejos, esta estará sin duda más cercana a la nueva dictadura de la corrección política y sus morbosos lobbies que de la imponente oferta. Alguno que ha atendido a las trompetas de Jericó tiene tatuado un lema: Netflix ha llegado para quedarse. Otros siguen anclados en el hashtag. Hasta que se los lleve la corriente, claro: una profecía que, por otro lado, no se cumple nunca.

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