Pandemia antiliberal

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La crisis planetaria derivada de la expansión de una pandemia vírica está haciendo emerger otra epidemia, esta vez ideológica, contra la democracia liberal, los mercados abiertos y ese sentimiento de benevolencia universal que constituye la base moral de una sociedad comercial. El insulto favorito de Steve Bannon, el ideólogo xenófobo de la alt-right estadounidense, es globalista, opuesto a la que él considera la categoría política correcta con la que se adorna a sí mismo: nacionalista. Globalismo es, para Bannon, sinónimo de liberalismo, la consideración política de que en el ámbito internacional es el mundo entero el que debe ser considerado esfera de influencia económica, cultural y social. «Soy humano y nada humano me es ajeno», la sentencia de Terencio, podría ser el lema de este liberalismo cosmopolita e ilustrado ahora en peligro ante la avanzadilla de los conservadores nostálgicos del antiguo régimen y los socialistas que añoran los tiempos en los que el capitalismo era un sistema discutido y discutible.

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Al contrario que el liberalismo, el nacionalismo es mucho más estrecho de miras. El primer ministro conservador de Hungría, Viktor Orbán anunció en su toma de investidura el año pasado que «la era de la democracia liberal ha terminado porque no podía ya ofrecer la libertad, garantizar la seguridad y mantener vivo el cristianismo». Orbán, que ha conseguido poderes absolutos de emergencia sin límite de tiempo, representa cómo un país puede pasar de una dictadura comunista a una autocracia conservadora sin disfrutar apenas por un breve intervalo liberal. Evidenciando, además, cuál es una alternativa muy probable en todos los países si triunfa la pandemia antiliberal tras la crisis vírica: reforzamiento de los poderes ejecutivos, debilitamiento de los contrapoderes institucionales, sobreponderación del valor de la seguridad e infravaloración de la libertad, que se venderá como un lujo de exquisitos irresponsables.

Orbán representa cómo un país puede pasar de dictadura comunista a autocracia conservadora sin apenas un breve intervalo liberal


Por parte de la izquierda posmomarxista y sandía, en referencia a cómo envuelve en ropajes ecologistas los tópicos ataques de la izquierda contra las sociedades liberales, el filósofo esloveno Zizek espera que el coronavirus nos traiga el coronamarxismo mientras que el inglés John Gray se abraza con Bannon anhelando que «los Gobiernos actuarán para poner freno al mercado mundial», en lo que viene a ser una parodia intelectual del pacto entre Stalin y Hitler.

Si triunfa la pinza de los nacionalistas conservadores y estatistas socialistas, se impondrá la retórica de los controles en la fronteras a través de aranceles a la importación (para supuestamente proteger las necesidades nacionales) que se harán cada vez más altos contra el comercio internacional, a la vez que se boicotean las instituciones de gobierno supranacionales. La xenofobia se incrementará bajo el fantasma de que existe un juego de suma cero entre las distintas partes del mundo, de modo que si China e India, Taiwán y Corea del Sur, son cada vez más prósperas es porque están detrayendo riqueza de Europa y Estados Unidos. La vieja tesis de la ideología tercermundista de Gunder Frank, según la cual el desarrollo y el subdesarrollo son las dos vertientes de un mismo proceso, se volverá a poner sobre el tapete, sólo que se aplicará ahora a los países europeos, que empiezan a sentirse en el papel de víctimas frente a la emergencia económica de los países asiáticos, convertidos ahora en los protagonistas de unos nuevos Protocolos de los Sabios de Sión, en versión confuciana en lugar de judía, por parte de los habituales conspiranoicos.

Los enemigos de la libertad van a usar la pandema para reforzar las tendencias antiliberales


¿Cuál es la solución? El liberalismo tiene que reinventarse para sobrevivir en un mundo dominado por el miedo y la paranoia, un terreno favorable a los populistas de izquierda y derecha que procurarán aumentar el desconcierto y la desconfianza usando metáforas bélicas sobre enemigos y guerra para despertar el viejo mantra de que «la violencia es la partera de la historia». El liberalismo tiene que repensar la democracia de modo que se solucione sus dos puntos flacos: por un lado, la divergencia entre el corto plazo y el largo plazo, por la que dejan sin resolverse los problemas más graves porque el horizonte temporal de los políticos es de cuatro o cinco años; por otro, el predominio de los grupos de interés, que imponen sus privilegios al conjunto de la ciudadanía a través de su fuerza a la hora de hacer lobby o por la fuerza de unos votos estratégicamente usados.

La antiglobalización es el cemento que une a elementos de la izquierda y la derecha, de Zizek a Bannon pasando por Gray. Los enemigos de la libertad van a usar la crisis de la pandemia para reforzar las tendencias antiliberales que ya estaban imponiendo en el mundo a través de la formación geoestratégica de imperios como el chino, la emergencia de los nacionalismos tras el desmoronamiento de los países en la esfera soviética y la transmutación de la izquierda obrerista hacia las políticas de la identidad. Sería la consolidación en el siglo XXI del triunfo de Hobbes sobre John Locke, de Jean Paul Sartre sobre Raymond Aron, en esta batalla que mantienen los filósofos del autoritarismo contra los de la libertad desde el principio de la Modernidad por el alma de Occidente antes. Y del mundo ahora.


Photo by engin akyurt on Unsplash

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