Cine de terror y bullying consuman una simbiosis de una naturaleza probabilísima que en el universo Stephen King -al que inevitablemente pertenece su hijo, Joe Hill, autor del relato que inspira The Black Phone– generan de forma automática verdaderos clásicos de pesadilla real. Todo empezó con la casi malograda Carrie, la verdadera piedra filosofal de esta relación, aunque estéticamente se tiene a IT por el referente fundacional de lo que podríamos conocer por la enciclopedia contra el abuso de King.

En The Black Phone, instantáneamente una de las mejores películas de terror de 2022 proyectadas hasta la fecha -con X de Ti West a la zaga y The Northman de Robert Eggers ya a una distancia importante- el bullying setentero representado en pantalla es pura factoría King: áspero, violento y real. El acoso visceral y físico de la era analógica, sin cortapisas subjetivos. Niños que te persiguen y acorralan a la salida del colegio cada día. No lo graban ni lo suben a ningún sitio, pero despojarle de ese exhibicionismo atípico no lo hace menos salvaje. Casi al contrario: en la era de la violencia snuff rutinaria, el bullying parece un problemilla de agenda más.

Sin embargo, Scott Derrickson también fue acosado de niño y ha sabido plasmar este terror orgánico en una película en la que el psicópata secuestrador de adolescentes es casi el resultado somatizado de un estado de violencia social. De hecho, ni siquiera necesita artificios para dar miedo y la escena en la que ejerce mayor impacto sobre el espectador está roncando en la cocina. Lo que pasa mientras sí es indeseable por verosímil: las llamadas de atención al superviviente de víctimas previas que transmiten el testimonio de la perversión de un Ethan Hawke sobrado en el papel de desequilibrado creepy que oye voces y ve cosas mientras decide qué hacer con sus niños secuestrados.

Derrickson se lo pasa en grande trastornando al espectador entre insinuaciones off-screen y recursos de impacto instantáneo

Con todo y eso, la garantía narrativa en The Black Phone no es el obvio recurso del relato social anacrónico sobre territorialidad, indefensión y silencio -con su dosis participativa de violencia intrafamiliar-. El terror más puro está envuelto en un humor negrísimo con el que Derrickson se lo pasa en grande trastornando al espectador entre insinuaciones off-screen y recursos de impacto instantáneo, como en cada timbrazo del teléfono negro en la celda donde el protagonista espera su fatídico e inevitable final.

Pero The Black Phone es bastante más que un aparente y bien trabajado thriller de terror adolescente, en primer lugar porque se toma bastante en serio a todos los represaliados por esta suerte de Pennywise de saldo: el tono sórdido de la película evoca ese sabor a sangre de la tensión, la arritmia del perseguido. Imbuye al espectador en la funesta atmósfera de insensibilidad del relato de Joe Hill y arroja una sombra de tremendismo callado que se respira en las escuelas, los barrios y las plazas a cada vuelta de la esquina, esa que se ceba con el débil y empuja a la reacción adulta, te somete a la fuerza de la inabarcable violencia del hombre sin fe.

Además, esconde en una cuidada relación de tropos del terror canónico de King una fuerza superior, constante, de apuesta por la constancia del sufrimiento. Que sus protagonistas sean chavales de popularidad irregular ayuda, claro, a empatizar: que el fin último de sus desgraciados días sea a manos de un secuestrador torpe, obsceno y chirriante (coleccionista involuntario de clichés de un obseso sexual) mientras el miedo crece en los lugares comunes es una prueba de la efectividad con que estas historias, bien contadas, zarandean los nervios de quienes se sienten a salvo en los márgenes de lo inverosímil.

Hosting SSD

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.