Mourinho tras el terremoto

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Aquel día el Atlético de Madrid se clasificaría para la final de la Champions, pero el encuentro de vuelta de la semifinal entre el Bayern de Guardiola y el equipo de Simeone en 2016 iba a ser la representación del fin de una excepción que Mourinho y el propio Simeone habían perfeccionado y de la que iban a ser, al menos hasta la fecha, últimos valedores: la defensa en campo propio, el repliegue en bloque bajo, no como resignación ante la superioridad del rival, sino como seña de identidad para dominar el fútbol de élite. Por supuesto, la historia del Leicester de Ranieri en Inglaterra la dejamos aparte porque las circunstancias que se dieron demandarían otro artículo.  Tanto el Chelsea de las dos primeras temporadas de la segunda etapa del portugués en el banquillo londinense como el Atlético del Cholo eran los dos únicos equipos de Europa que gozaban defendiendo en su área, sin importar rival ni escenario y transmitiendo la sensación de que hacerles una ocasión era más que un milagro. Que el cero en su marcador era la nota común, que no necesitaban posesión para dominar los partidos y que a los detalles ganaban ellos –una conducción de Hazard, que Diego Costa, primero con Simeone y luego con Mourinho, transformara en acción de gol un balón llovido del cielo rodeado de varios contrarios, el balón parado, etc.– porque los detalles del rival eran triturados por esa estructura de hormigón que habían levantado. Podían plantear una presión asfixiante de inicio, pero si ese plan no salía o si un gol a favor, el cansancio, una expulsión o el simple contexto de partido aconsejaba abandonar esa presión, ambos equipos tenían en esa defensa cerrada un seguro de resultado.

Durante los últimos años, ambos entrenadores han convivido en un fútbol que avanza desbocado hacia lo que el Barcelona de Guardiola buscó llevar a la excelencia: la salida de balón propia y la presión a la salida de balón del contrario. Paralelamente, Jürgen Klopp influyó en el perfeccionamiento de esta presión, aunque quizá el matiz entre ambos fuera entonces que éste buscaba este pressing como arma demoledora para generar ocasiones (robar y finalizar con rápidos movimientos y pocos toques) y el español en Barcelona como fuente de control de los partidos (tras robo, si no podía transitar con seguridad, corría menos riesgos y pasaba a elaborar más la jugada). En este contexto, aquel Bayern –que no tenía jugadores del nivel técnico de aquel Barcelona– haciendo saltar por los aires la defensa en área propia del Atlético, creando ocasiones en cascada y aplastando a la mejor defensa de este siglo, representaba el hecho de que Guardiola se había llevado el fútbol definitivamente hacia donde él quería. Aunque Oblak impidiera que esto se correspondiera con el equipo que pasara a la final.

Todas las demarcaciones son más técnicas que antes de Guardiola. Todas.


El problema de que un estilo o un modelo de juego deje de ser tendencia no es que ese estilo no se pueda aplicar en ese momento –no tiene sentido hablar de táctica sin hablar de jugadores y al final son ellos los que hacen buenas o malas las ideas de los técnicos–, sino que el perfil de jugador que requiere ese estilo tiende a extinguirse para consolidar otro distinto. La presión a la salida de balón que se impone en el fútbol actual demanda mayor agresividad y coordinación sin balón que deriva en grandes atletas, que acotan espacio y tiempo para la toma de decisiones del poseedor de balón, que deriva a su vez en jugadores cada vez más técnicos. Jamás hubo porteros tan habilidosos con los pies, jamás los laterales influyeron tanto en ataque como ahora, jamás se exigió tanta fluidez con balón a los centrales, jamás en un mediocentro se puso tan por encima el no perderla sobre el recuperarla, jamás se contó tanto con el nueve para crear juego y jamás a un extremo se le pidió como ahora jugar tanto por dentro. Todas las demarcaciones son más técnicas que antes de Guardiola. Todas. Y no hablamos de casos aislados de una generación, sino de una tónica general que ya no es excepción sino norma. Sufrida, estudiada y asimilada la era del Barcelona de Guardiola, la respuesta contra la técnica ha sido presión y más técnica. Por eso es curioso seguir escuchando a muchos nostálgicos, amantes del fútbol asociativo, prolongar aquello del «nos robaron el juego» y «ya no se juega como antes», en lugar de celebrar de celebrar su triunfo.

Mourinho en 2013/14 con una plantilla limitadísima ganó los cuatro partidos a los dos primeros de la Premier e hizo semifinales de Champions jugando a replegar, imponiendo ritmos lentos a equipos de mayor calidad que buscaban lo contrario, aplastando las ideas de los Pellegrini, Rodgers o Wenger, y siendo más determinante que cualquier jugador de aquella Liga. Con el mismo bloque más Diego Costa y Cesc Fábregas al año siguiente ganó la Premier sin oposición. Él era el factor que hacía que el Chelsea estuviera por encima de lo que le correspondía por nivel. Cuando Mourinho aterrizó en Manchester el equipo había perdido todo prestigio y tener dinero no era suficiente para poder fichar lo que quisiese –haber quedado 7º en Inglaterra, no jugar Champions y una plantilla en la que el único top-20 en su demarcación quizá fuera De Gea espantaba de primeras a cualquier estrella mundial–, pero el portugués siempre se había movido bien en la austeridad. Los jugadores se hacían grandes dentro de sus estructuras en la que el todo era mucho más que la suma de las partes.

Mourinho era el factor que hacía que el Chelsea estuviera por encima de lo que le correspondía


Sin embargo, desde el primer momento sus fichajes fueron encaminados hacia una idea que no supo hacer funcionar con continuidad y que iba en contra del orden que ya se empezaba a establecer en ese momento: el que habían sembrado Guardiola y Klopp. Mourinho quería altura, fuerza y velocidad. Ataques poco elaborados, rápidos y verticales, algo que facilita no perder el balón en zonas de riesgo pero que lo hace todo muy previsible para el rival. Para que simplificar tanto el juego de ataque salga rentable se necesita de una estructura defensiva tan poderosa que te haga adueñarte del azar o una no tan excelsa pero que cuente además con atacantes autosuficientes o de gran calidad y muy complementarios. Mourinho –que más allá de si lo pidió o no, no tuvo ningún defensa de primer nivel en ninguna de sus tres temporadas– no logró lo primero y no supo activar lo segundo, un Alexis Sánchez cuyo decepcionante rendimiento en estos últimos doce meses es un misterio que sumar a la desaparición de un excepcional Mkhytarian en los primeros dos meses de la pasada temporada o el poco protagonismo de Ander Herrera en su segunda campaña tras haber sido pieza clave en la primera.

De su Manchester United quedará ese esbozo de lo que pudo ser que fue el otoño de 2017 y algunos planteamientos tácticos geniales ante Chelsea, Liverpool o el Ajax en la final de la Europa League, pero la esencia de los equipos de Mourinho siempre se relacionó con un plan ganador para el día a día y eso, para el fútbol que pretendía, cada vez más necesita de un extra de esa convicción que otorga una dinámica de resultados positiva –aquel Leicester puede explicar bien esto– para prolongarse en el tiempo. Mourinho fue la vanguardia del fútbol y es sin duda uno de los mejores entrenadores de la historia. Pero del meneo que le dio Guardiola al juego establecido hace diez años y que ha cristalizado en los últimos dos o tres no ha sobrevivido ningún entrenador que hubiera triunfado antes de 2008. La juventud es hoy un valor más importante que la experiencia, porque la generación actual archiva ideas en limpio de este nuevo fútbol. No es esclava de las certezas que arrastra, incluso inconscientemente, el que un día ganó de una manera que el fútbol ya dejó atrás, y que seguramente algún día regresará, porque en esta espiral de problemas y soluciones que es el fútbol, todo acaba volviendo.

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