Libertad de rejilla

mascarillas 2021

Ha pasado más de un mes desde el decreto mediante el que el Gobierno eliminó la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores. Antes de aquel 26 de junio parecía que España se dirigía únicamente hacia dos escenarios posibles: o el caos o el júbilo social. Sobre lo primero tuvimos muchos mensajes alarmistas: se había hecho demasiado rápido, la gente no había aprendido nada, cómo se iba a controlar que la mascarilla siguiera usándose en interiores. Sobre lo segundo tuvimos un mensaje que ilustraba a la perfección no sólo el júbilo social que parecía inminente, sino también el júbilo profesional que unía a una parte de la prensa con el Gobierno: «Aplausos en la redacción tras escuchar a Sánchez anunciar que el sábado 26 mascarillas fuera en exteriores», escribió en Twitter una de las presentadoras de informativos de La Sexta.

Un mes después, como hemos podido comprobar durante el viaje de Sánchez por Estados Unidos, los aplausos en la redacción siguen donde estaban; también las mascarillas. Los agoreros, que en su mayor parte son los continuadores del es sólo una gripe por los mismos platós y redacciones, volvieron a equivocarse. Pero con ellos nos equivocamos también todos los que pensábamos que la mayoría de la gente comenzaría a actuar con responsabilidad, racionalidad y sentido común tras la eliminación de la obligatoriedad.

Los datos sobre fallecimientos y hospitalizaciones graves están en niveles muy bajos; los datos sobre vacunados están en porcentajes muy altos, y hay evidencia de que el contagio en exteriores es muy poco probable. A pesar de todo eso, la gran mayoría de los españoles -es cierto que más en unas zonas que en otras- sigue sin quitarse la mascarilla cuando sale a la calle. El espectáculo al que asiste diariamente alguien que entienda la situación sanitaria actual puede causar extrañeza e incluso desazón, pero al fin y al cabo son decisiones individuales. Y en los miedos de cada uno no debemos entrar.

Un adulto tiene todo el derecho a dar un paseo con mascarilla, aunque sea absurdo: sería más absurdo que quienes no las llevamos saliéramos a quitarlas

Aunque en realidad no es tan simple. Es verdad que un adulto tiene todo el derecho a salir a dar un paseo por el monte con mascarilla, aunque sea absurdo, y que sería aún más absurdo que quienes no la llevamos saliéramos a la calle y nos pusiéramos a quitar mascarillas como un Ismael abandonado a su melancolía. Pero ese adulto ha estado escuchando todos los días de julio que la situación está descontrolada, que los contagios no paran de aumentar y que urgen medidas drásticas para frenar el avance del virus. En lugar de cumplir con su función, que no consiste en dar datos sino en contextualizar la información, la mayoría de los medios decidieron alimentar la sensación de que nos dirigíamos de nuevo hacia el apocalipsis. Y como la obligatoriedad de la mascarilla en exteriores era la única restricción que se había eliminado, a los pocos días del decreto comenzaron a pedir su reinstauración. El virus no había desaparecido -algo que ya se sabía que no iba a pasar-, y había que encontrar una causa que se pudiera colocar en una frase.

Sabemos que es muy improbable que se produzcan contagios al aire libre y la mayoría de los españoles aún la sigue llevando. ¿Cómo era posible entonces que la vuelta a la obligatoriedad de la mascarilla en la calle fuera a reducir los contagios? El periodismo consiste también en cuestionar sus propias afirmaciones, pero de nuevo eligió ser correa de transmisión. En este caso no del Gobierno, sino de la irracionalidad. Y en algunos casos se eligió ser algo aún peor. El 22 de julio los informativos de Telecinco mencionaron una medida imaginativa que al parecer se estaba planteando el Gobierno vasco: un toque de queda sólo para jóvenes. No ilegal, imposible, inconstitucional: imaginativa. Dos días después, lo imaginario cruzó el charco y llegó a las redacciones. Urkullu salió a explicar las nuevas restricciones que había adoptado su Gobierno, y los titulares de la mayoría de los medios explicaron que Urkullu había vuelto a hacer obligatorio el uso de la mascarilla en exteriores.

De la pandemia no salimos mejores pero sí hemos aprendido algunas cosas: por ejemplo, cómo se comporta el periodismo en época de crisis

Cualquier persona informada sospecharía que un presidente autonómico no podía hacer eso, y cualquier persona alfabetizada sabría leer un comunicado institucional. El presidente vasco no había reinstaurado la obligatoriedad de la mascarilla; se había limitado a recordar que seguía siendo obligatoria cuando no se podía garantizar una distancia de seguridad. Era el decreto del Gobierno central el que ponía esas condiciones, no el autonómico. Dio igual. El Gobierno vasco eligió las palabras que le permitían disfrazar de decisión ejecutiva algo que era un mero recordatorio y los medios de comunicación actuaron como era previsible.

Después El Correo publicaba una entrevista a Rodrigo Gartzia, director de la Ertzaintza. Cuando la periodista le preguntaba si la policía podía evitar que un ciudadano estuviera reunido en la calle de madrugada sin el toque de queda, el imaginativo director respondía lo siguiente: «Evidentemente, es más fácil actuar si se puede restringir la movilidad nocturna e incluso determinar el confinamiento perimetral, tanto local como autonómico. Igual lo que no se puede es prohibir, pero sí determinar que no se ha de estar en ese horario en esos espacios». Sabemos qué es lo que tendría que haber preguntado la periodista a continuación. ¿Cuál es el continuo que va de prohibir estar a determinar que no se ha de estar? ¿Qué diferencia esencial hay entre lo uno y lo otro? ¿No se trata de una deformación de las palabras para que una policía autonómica pueda extralimitarse en sus funciones?

Sabemos, sin necesidad de leerlo, que no lo hizo. Porque de la pandemia no salimos mejores, pero sí hemos aprendido algunas cosas. Hemos aprendido cómo se comporta el periodismo en una época de crisis, y hemos aprendido que una parte importante de los ciudadanos es capaz no ya de entregar su libertad, sino de exigir que se la arrebaten. Cualquier ciudadano puede usar la mascarilla cuando sale a pasear. Pero eso no es suficiente. Tienen que obligarnos a llevarla. Aunque no sea necesario, y aunque después elijamos la mascarilla de rejilla, que es doblemente inútil. 

No saldremos mejores, pero sí más conscientes. Y el espectáculo no es agradable.