La tortuga

la tortuga

Otra de esas cosas que uno aprende con el tiempo -pero a destiempo- es que para asegurarse la compañía humana bajo el mismo techo, es imprescindible que ambos convivientes estén de acuerdo en lo esencial: cómo tender la ropa. Todo lo demás es accesorio, pertenece a la esfera de lo negociable. El orden, la suciedad, la entrega, los ritos: conflictos escalables que se ensanchan con la experiencia, que una vez adjetivados se incorporan a la rutina de lo extraordinario, el señuelo de lo que admiramos en el otro. La cuestión tan manida de la alteridad pseudorromántica, etcétera. Con la colada y el a priori transparente acto de tender la ropa, pasa algo. En su latencia, organización y razón energética chocan algunos de los preceptos más importantes de la socialización: jerarquías, colores, humedad. Se trata de un método silenciado de alineación quasi mágica. No compartir liturgia lavandera es abocar la existencia a la soledad rotunda, al menos siempre de facto. Su naturaleza traza una finísima línea roja.

Rumiaba esto organizando la ropa en montones de textiles ya pulcros cuando un leve chapoteo a mis espaldas quebró el sepulcral silencio de la mañana, desafiando el postulado. Las tortugas son una mascota mediocre según los estándares posmodernos, nadie puede autopercibirse papá o mamá de una tortuga. Y sin embargo, son un fósil viviente, un reclamo más antiguo que el hombre, una representación totémica del pasado. No en vano su raigambre reptiliana se mantiene inalterable y apenas es domesticable, más que a través del hambre y la atención, para recordarnos que la soledad rotunda no existe. Existen la incertidumbre y su abono, que es la intrascendencia: pero reconocer la soledad equivale, en un esquema de paradojas, a reconocer la compañía. La tortuga se retuerce entre las piedras sugiriendo vida más allá del pensamiento circular picabiano, desclasificando algunas de estas ideas para ordenarlas en prejuicios. Su inteligencia es única y llana, porque lo abarca todo.

Pero hay más. Cuando zozobran los acuerdos implícitos de convivencia y espacios compartidos -sea en el régimen que sea-, hay que volver a las bases. Esto es, a la tortuga. Hay que esforzarse en encontrar algo en esos ojos inexpresivos, estimar la evolución. El ser humano ahora es incrédulo y ha sido domado por las consignas contemporáneas del apartheid mental -la autoridad de los débiles-, pero el arte de la guerra siempre ha sugerido anticipación. Seguro otros animales de compañía operan a sabiendas de esto, de su temporalidad e hiperbólica pertenencia a las esferas de sus dueños, apaciguando en consecuencia su inteligencia biológica. La tortuga observando el tendedero es un destello del universo finito, como un extrañísimo puente a todo eso que abunda fuera de la razón de los pisos de alquiler.

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