La primera vez

Guardiola Manchester City 2021 Guardiola durante un partido (Foto: Imago)

Cuando Guardiola sintió que había acabado su obra en Barcelona, debió decidir entre seguir dando cuerda y vueltas de tuerca a un equipo que ya tenía vida propia e ir recogiendo un reguero de títulos a su nombre producto de lo sembrado, o seguir sintiéndose entrenador en el concepto más puro de la palabra. Construir, formar o convencer eran verbos cada vez más difíciles de conjugar en un equipo construido y acabado, compuesto por jugadores no ya formados y convencidos, sino perfeccionados y adoctrinados.        

Que la ambición de Guardiola iba más allá de inflar su palmarés o de definirse a sí mismo desde el número de Champions conquistadas, quedaba claro desde el momento en que renunciaba conscientemente a seguir dirigiendo a un Messi que aún no había cumplido los 25 y a un núcleo duro (Piqué, Busquets, Xavi, Iniesta, Alves) de una calidad que ya sabía que no volvería a encontrar jamás, ni en otro lugar ni en otro tiempo. Esa pasión por el volver a empezar, por aventurarse con otros equipos donde no encontraría un bloque de jugadores formados desde el fútbol que él propone –esa labor que en Barcelona le había hecho la Masía– o por rediseñar cerebros de futbolistas que lo habían ganado todo –Henry dijo que con Guardiola había vuelto a aprender a jugar a fútbol con 30 años–, iba de la mano de esa aspiración evangelizadora de tirar abajo culturas futbolísticas nacionales para, a golpe de victorias –es la única forma–, instaurar un nuevo orden por el que el país pasaría a mirarse en su fútbol para progresar como potencia futbolística.

Esta renuncia valiente a cambio de ser quién quería ser llevaba anudado el derecho vitalicio a elegir su destino. El anhelo de ver al equipo propio reflejado en aquel Barcelona era el techo de las ilusiones de cualquier presidente del planeta, dispuestos todos a entregarle tiempo –eso que en fútbol se traduce como permiso para perder– y todos los recursos que estuvieran en su mano. Este premio a su obra en Barcelona, privilegio soñado del gremio de entrenadores, era lo que iba a permitirle acometer ese reto de desafiar otras culturas. Él mismo se iba a graduar la escala de dificultad. Su desafío cumbre necesitaba un paso previo. Guardiola encaraba su estancia en Alemania con un equipo que partía desde una posición de superioridad respecto al resto, aunque entre la firma de su contrato con el Bayern en enero de 2013 y la conclusión de dicha temporada  se iba a encontrar de forma sobrevenida con un triplete histórico que le extirpaba todo margen de mejora, ese factor que hace que competir sea una ilusión y no sólo una obligación. Un regalo envenenado que ya había probado Rafa Benítez tres años antes en Milán, cuando Mourinho le dejó en el Olimpo a un Inter que, ya no aspiraría a tocar la gloria, sino a no decepcionar. Antes de empezar, Pep ya sabía que su Bayern no jugaría como su Barcelona y no ganaría más que el anterior Bayern. El trabajo de Guardiola con su plantilla no iba a consistir sólo en intentar amortiguar el lógico bajón que surge cuando has colmado tus expectativas de éxito, sino en intentar persuadir a tipos consagrados que lo habían ganado todo jugando de una manera, de que debían hacerlo de otra.

El trabajo de Guardiola en Múnich no iba a consistir sólo en amortiguar el bajón de cuando has colmado tus expectativas, sino en persuadir a tipos consagrados de que debían jugar de otra manera

El motor de la ilusión sólo podía mantenerlo encendido el aprendizaje, el ir más allá. Guardiola y su plantilla se retroalimentarían en un camino que, aparte de prolongar la tiranía del Bayern en Alemania a golpe de records o de las tres derrotas en semifinales de Champions –cada una con su historia particular–, dejaba a su fin un contenido que trascendía a los números y al que pondrían voz sus propios beneficiarios. Su influencia en la hornada de entrenadores alemanes, enriqueciendo las ideas fundadoras de Ragnick y Klopp que hoy tiran del carro en Europa, se puede leer a cada entrevista con los Tuchel, Nagelsmann o Flick. La transformación de jugadores de todas las generaciones alumbrando posibilidades remotas en su juego que nadie les había mostrado antes (Lahm, Alaba, Boateng, Kimmich…), la elevación a partido de estudio y videoteca de cada duelo con el BVB –primero con Klopp y luego con Tuchel– y la plasmación de su obra a ojos de Europa en la remontada ante el Oporto (6-1) o en el avasallamiento ante el Atlético de Simeone al que tan difícil era hacerle una ocasión –aunque Oblak decidiera que serían los colchoneros los que jugarían la final– completaban un trienio que colaboraría en que el fútbol siguiera avanzando globalmente en la dirección que marcaba Guardiola –presión alta contra salida de balón– y que se iba a agudizar en el siguiente lustro con su toma de la Premier y su histórico cara a cara con Jürgen Klopp.

En marzo de 2016, tres meses antes de que Guardiola aterrizara en Manchester, Quique Sánchez Flores y Unai Emery concedían en poco menos de 48 horas un par de entrevistas exponiendo su opinión sobre la imposibilidad de domar el fútbol inglés y de las causas de la crisis galopante de sus equipos en Europa. El entonces técnico del Watford se resignaba: «La dinámica del juego es muy salvaje. Esa es una de las cosas que intentamos controlar pero es complicado, por una razón puramente cultural. Yo nunca he creído en el fútbol de autor, pero buscamos darle pausas al juego. Conseguirlo ya es otra cosa. En la última jornada se marcaron diez goles en los últimos cinco minutos. El fútbol inglés es salvaje desde una cuestión casi étnica, cultural, por la necesidad de que el equipo llegue al área y los partidos se descontrolen sin saber cómo». El entonces entrenador del Sevilla se refería a la forma de competir: «El fútbol en Inglaterra sigue siendo más un juego que un oficio. El equipo de casa, gane o pierda, se va aplaudido. En España te vas con la cabeza gacha y pensando cuándo recuperar lo perdido. Los españoles jugamos contra ingleses y competimos y sabes que pasar una eliminatoria o no lo es todo. Los ingleses no: los eliminan y dicen que la Europa League no es importante, caen en Champions y dicen que Madrid y Barcelona es que son mejores… Y viven con eso. Este año jugamos en fase de grupos contra el Manchester City y el runrún de ellos era: ‘Es que si nos toca Madrid o Barcelona nos van a eliminar’. Vienen ya con el complejillo ese… ¡Y son el Manchester City! Y están cambiando, pero todavía la idiosincrasia del fútbol inglés es juego, espectáculo, el Boxing Day, ganar o perder, todo es perfecto».

Guardiola llegaba a un lugar aislado de la civilización futbolística, cuya cultura negaba la necesidad de progresar en nombre del disfrute: Clic para tuitear

Guardiola llegaba a la Galia. Un lugar aislado de la civilización futbolística, cuya cultura negaba la necesidad de progresar en nombre del disfrute. El resultado era un fútbol de escuela primaria donde el súmmum táctico era el duelo individual y una mentalidad autocomplaciente cara al exterior, sostenida en el mantra de que la Premier –o incluso la FA Cup– era la competición más importante, no desde el prisma de ser un torneo que premia el trabajo de toda una temporada, sino como exaltación de la identidad nacional futbolística. Bandera como justificación al estancamiento, como si crecer y ponerse a la altura de los favoritos a la Champions no te fuera a acercar a conquistar los títulos nacionales.

El desafío de implantar un fútbol de control a partir de la tenencia del balón en un lugar donde se rendía culto al tackle, al juego directo y al córner, y de instaurar una cultura de la exigencia donde reinaba el conformismo necesitaba de un plan a largo plazo que fuera respaldado por un equipo de trabajo de calidad -dueño de club y dirección deportiva- que pensara en la misma sintonía que Guardiola, que no le cambiara compromisos y potestades si se daban resultados negativos a corto plazo e incluso que no renegara del proyecto si –como así sucedería en su primer curso– la realidad ponía negro sobre blanco haciendo ver lo mastodóntico de ese sueño y lo complicado de hacerlo realizable, si es que era realizable. Pep sabía que, por bueno que sea, su rendimiento como entrenador sólo podía ser óptimo en un contexto a su medida. Pasa con los jugadores, pasa con los entrenadores y pasa con los directores deportivos. En un club, todos los estamentos son dependientes entre sí, lo que hace que se quepa en unos sitios y no en otros. Que le pregunten a Monchi por su estancia en la Roma. Cuando un cometido es colectivo, hasta el mejor en lo suyo puede reducirse a la nada si los que están por encima o los que están por debajo reman en distintas direcciones.

Guardiola no se la jugó y recurrió a lo que era una certeza: Txiki Begiristain y Ferrán Soriano. El Manchester City le ofrecía poder trabajar rodeado de los que quería y potencial económico para fichar, aceptando que los mejores jugadores no estarían al alcance –blindados en Barcelona, Madrid, Bayern y PSG– y que el dinero que las televisiones inyectaban a la Premier pondría a sus rivales en disposición de competirle cada fichaje. Sin embargo, esa estructura y ese poder como institución tenía dos vacíos por llenar en la identidad futbolística y en el arraigo a la victoria –no tenía una época de dominio en la historia del fútbol inglés y su palmarés europeo se reducía a una Recopa en 1970–, lo que ampliaba la experiencia de Pep a la persecución de un paralelismo cruyffista que hiciera de su figura en el Manchester City lo que es y será Johan en Barcelona: un histórico punto de inflexión en un club que le haría eterno, sin importar que luego vinieran otros que ganaran más. Guardiola, que ya se había pasado el fútbol como si de un videojuego se tratara, que había conquistado todos los títulos posibles, quería ganar ahora un club.

La obra de Guardiola en Manchester se define desde la exaltación de lo colectivo, que ha tenido su cima en la presente temporada

Así empezaba el viaje. En 1868 tras la unificación de Italia, Massimo d’Azeglio escribía: «Hemos creado Italia, ahora tenemos que crear italianos». Y ese proceso es el que ha seguido Guardiola, que cinco años después no sólo ha llenado de fieles su casa, sino que el grueso de los equipos ingleses ha bebido en mayor o menor medida de sus ideas. Ver hoy un partido de Premier previo a 2017 entre dos equipos de mitad de tabla seguramente sea la mejor forma de entender el impacto del técnico catalán en el fútbol inglés.

El ataque de los equipos de Guardiola ha ido perdiendo dones individuales a cada paso dado en su carrera, algo que le ha ido elevando el listón. En Barcelona tenía en Messi un tipo capaz de generar y ejecutar la ocasión al que proporcionarle un marco idóneo para que se exhibiera. En Munich, ese generador desde el regate era Robben o Douglas Costa y el martillo pilón del gol, Lewandowski. En Manchester, Guardiola ha colmado su ego como entrenador llegándose a despojar de todas las ventajas individuales para quedar él mismo como imagen absoluta de su obra. El dinamitador no iba a ser un regateador compulsivo, sino Kevin De Bruyne. Un completo mediapunta al que Pep fue dando forma de futbolista total, convirtiéndolo en interior de base de la jugada capaz de incidir a la vez cerca del área, donde luce como pasador. Su figura no ha dejado de evolucionar. El goleador se podría decir que en la primera mitad de la etapa fue Agüero, pero su récord de 21 goles en Premier con Pep en un equipo que rebasaba los 100 tantos está lejos de ser diferencial, y a su declive marcado por las lesiones no le sucedió relevo.

Guardiola cumplirá siete años en Manchester: una generación entera no ha visto otro fútbol, y ese hincha ya no querrá otra cosa

La obra de Guardiola en Manchester se define desde la exaltación de lo colectivo, que ha tenido su cima en la presente temporada. El colectivo había sido la respuesta a la poca fiabilidad de Agüero, víctima de las lesiones; lo había sido en 2018 a los problemas en los ligamentos de la rodilla izquierda de De Bruyne, cuando a Guardiola le tocó rediseñar el equipo de los 100 puntos para, sin su mejor jugador, ganar otra Premier de 98 puntos y completar un histórico póker de títulos nacionales; y lo ha sido este año cuando, con Agüero ya en la lona y sin David Silva como mago capaz de hacer cosas distintas, una nueva lesión de De Bruyne puso la pizarra de Guardiola como factor diferencial en el que volcar las posibilidades del equipo. Los jugadores, dominadores todos de las técnicas maestras –control, pase, conducción– eran fieles reproductores de la creatividad de su técnico. Sus responsabilidades partían de cumplir el plan para, a partir de los desajustes generados en el rival desde la pizarra, tomar la decisión adecuada en cada momento. A ningún jugador se le exigía decidir por sí mismo.

Todo estaba en el guión. Plan, lectura de juego y ejecución técnica. La complicidad entre jugadores estaba estructurada en torno a medios tácticos ofensivos (pared, paralela, puerta atrás, desdoblamientos, tercer hombre…) pulidos a partir de cambios de ritmo y de dirección, fintas y timing en la ejecución. Mecanismos que entendían todos, capaces de interpretar distintas demarcaciones, compensar espacios constantemente y asumir que roles como el de romper al espacio o marcar goles –el pichichi del equipo es un interior de posesión en origen como Gundogan– eran también trabajo a repartir. El despliegue de este ataque coral, que permitía al equipo estar siempre bien posicionado tras la pérdida, influiría en unos números defensivos abrumadores, apuntalados por el agigantamiento de la figura de Rúben Dias y el desempeño colectivo sin balón, sin importar donde se situase el bloque defensivo. Lo resaltaba el propio técnico: «No tenemos un jugador específico para ganar partidos, tenemos que hacerlo juntos, lo específico de todo eso fue el compromiso de los jugadores».

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Cuando Guardiola cumpla su contrato, habrán sido siete temporadas en Manchester. Una generación entera de hinchas citizens no habrá visto otro fútbol que no sea el que busca empotrar al rival en su área para rajarlo de manera artesana a golpe de pase y desmarque una y otra vez. Y ese hincha ya no querrá otra cosa. Ese hincha no habrá visto otra manera de entender la competición que no sea atacando las temporadas como un todo, sin priorizar unas competiciones sobre otras y con el único objetivo de llegar al último mes del curso con el máximo de partidos gordos posibles en la agenda. Y ese hincha no querrá otra cosa. El Manchester City ya tiene una era de dominio nacional. Tras una década sin que ningún equipo fuera capaz de revalidar el título de la Premier, ellos mantienen una racha abierta de tres títulos en cuatro años. Guardiola ha cumplido cada ítem para ser Cruyff en Manchester. Le queda la Champions, algo capital para cerrar su obra y no porque el propio Pep la considere vara para medirse como entrenador. Ganarla supondría fijar esta etapa en la memoria con la emoción de la primera vez de una comunidad. Vincular ese sentimiento inigualable –el que vivió el Barça en 1992 o la Selección en 2010– con ese estilo de juego y con la figura de Pep cerraría el círculo.

Guardiola entendió desde el principio que vendrán otros a superar su palmarés –es ley de vida en el deporte–, por lo que al qué y al cómo había que darle al menos la misma importancia que al cuánto. Entendió, porque se había visto reflejado en su mentor, que la única garantía de inmortalidad no es ganar, sino trascender. Que la persona pase y su obra quede. Johan nos lo recuerda cada día.

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