La maldición de Bly Manor (2020) Flanagan legendario

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Sí, Mike Flanagan lo ha vuelto a hacer. Tras alinear a toda la crítica y los entusiastas más difíciles con su versión del Hill House de Shirley Jackson, ha empleado algunas de las fuerzas literarias de Henry James, Otra vuelta de tuerca (1889) al frente, para diseñar de nuevo el fenómeno televisivo del año con La maldición de Bly Manor, que Netflix estrena este viernes 9 de octubre. Esta adaptación también desafía al espectador con multiversiones encadenadas de infinitas historias con las que sus personajes, que parecen caídos al azar sobre el tablero de la casa encantada de Bly, prolongan un pasado maldito. Pero ahí acaban las coincidencias con Hill House.

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Quien conozca el clásico de Jack Clayton The Innocents (1961), traducido al castellano como Suspense, notará enseguida, empezando por la propia banda sonora -todas las versiones del O Willow Waly son preciosas, redondean cada escena y conforman una atmósfera sublime-, que el núcleo de Bly Manor discurrirá por el argumento oficial de la novela. Sin embargo, y tal como el propio Flanagan advirtió en entrevistas promocionales, hay más de la obra de James. Por ejemplo, en cómo se divide el choque cultural europeo-estadounidense con el viaje de la au pair Victoria Pedretti al idílico retiro donde espera purgar su culpa, leit motiv de Retrato de una dama (1881) -y el entusiasmo a su llegada de los niños que tutelará, cegados por su belleza-; y de forma coral y en común con The wings of a dove (1902), en cómo una única fuerza condiciona y dirige los destinos de todos bajo su influencia.

La maldición de Bly Manor narra la historia de una joven estadounidense, Dani Clayton (Victoria Pedretti) que cruza el charco para hacerse cargo de los sobrinos de un ocupadísimo Henry Thomas cuyo socio, Oliver Jackson-Cohen -el rostro del moderno Peter Quint- suele dejarse caer por una mansión familiar golpeada por la tragedia para comprobar que todo vaya bien. Los sobrinos, Flora y Miles, dibujan el vertiginoso y accidentado valle de la infancia traumada con perfiles que, aun distantes, son perfectamente complementarios. Flora sueña -despierta-, sonríe, cautiva con una alegría sonora y melindrosa, pero es una niña cuya lealtad no entiende de mundos. Y Miles, en un perfil invariable desde la obra de James en todas las adaptaciones posteriores, es un adolescente áspero, displicente e incómodo; un receptáculo idóneo para el mal y la perversión, algo definitivo en Bly.

En la mansión trabajan dos mujeres cuyo pasado y presente marcan continuamente el pulso de la casa: Hannah, a quien da vida una inconmensurable T’Nia Miller, y la jardinera Jamie (Amelia Eve). No es casualidad que ambos sean quizá dos de los personajes más icónicos en Bly, algo que sí resulta toda una novedad respecto a adaptaciones de James porque Hannah, que es el cicerone moral de Dani en sus primeros pasos en la mansión, no cumple exactamente el mismo papel que el original; y el de Jamie, a posteriori clave, es directamente un personaje creado desde cero por Flanagan.

Esto nos lleva a recordar por qué La maldición de Bly Manor es algo tan especial desde el inicio: porque pese a ser una historia de miedo perfectamente reconocible, todos los retoques y actualizaciones están dirigidos únicamente a enriquecer, ampliar y hacer de la historia central algo único, inmenso y poliédrico que no se resuelve literalmente hasta los últimos minutos del último capítulo. Toda esta riqueza de personajes y el complejísimo desarrollo que se les ha escrito permiten que La maldición de Bly Manor no pierda un solo segundo de interés, pues aunque cada paso parezca lejano o independiente de otro, todos vienen de -o van a- un lugar común.

De todas las expuestas, ninguna diferencia entre Bly Manor y Hill House es tan crucial como el tono general de la serie. Si Hill House contaba una historia de terror recreándose en cada recurso -fantasmas escondidos, jump scares-, Bly Manor se detiene en la oscuridad interior de sus personajes, abriéndola e invadiendo con ella cada rincón del visionado. Dicho de otro modo, Hill House está más cerca de Oculus o Hush que de Doctor Sueño, que en este caso estaría más alineada con la manera de Flanagan de trabajar cada relato individual en un entorno único de tristeza y abandono.

Todos los viajes de sus protagonistas ocultan detalles que finalmente se revelan con la corrupción final de la mansión, algo para lo que también es imprescindible entender la zozobra moral y humana de los convivientes de Bly. En absoluto es casual que los mejores episodios de Bly sean los que más cerca están de levantar una lágrima, mientras que los más aplaudidos y referenciados de Hill House, virguerías técnicas que son historia de la televisión -como el capítulo del funeral-, impactaran a través del terror más o menos clásico.

A la hora de despegar como proyecto original, Bly Manor suelta la mano de la novela referencia de Henry James y consagra otro concepto de fundamento: el dualismo platónico. Todos los protagonistas de la serie se ven en un espejo, que resulta ser otro personaje. Cada cual obtiene réplica a sus deseos, miedos, represiones o ambiciones en otras personas a las que abrazan como si las contemplaran desde arriba, en proyección astral. Esto es muy útil para entender por qué en Bly cada frase significa algo, cada mirada y barrido de cámara cuenta un detalle nuevo sobre qué está pasando fuera de plano, qué espera en el próximo episodio o cómo puede acabar todo.

La obra final rezuma grandeza porque no renuncia en ningún momento a la ambición desmesurada de algo reposado, bello, sin artificio: crudo cuando toca, duro casi siempre y constantemente influenciado por la infinita batalla entre los que se quedan y los que se van, sus motivaciones y el recuerdo de sus actos. Técnicamente perfecta y significativamente sensible, Bly Manor funde, en palabras del mismo Flanagan, el tan especial romance gótico con la perversa mirada al pasado que no se va, que se clava a los pies de uno y lo sigue allá donde pretenda rehacerse. No da tanto miedo como Hill House, pero su categoría humana la localiza fácil entre los fenómenos de los últimos años y vuelve a renovar el estándar del género. Con razón su reparto contesta al unísono sí participarían en una tercera temporada: «Sí, sin dudarlo».

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