Ni encadenar años como líder mundial de trasplantes y donaciones ni la altísima aceptación -mejor que Finlandia, Francia o Noruega- del matrimonio homosexual dan de España una medida de progreso como el poder permitirse dar voz a diputados del corte de Gabriel Rufián. O más bien, que estos sobrevivan, en el más amplio sentido de la expresión, a su elocuente imbecilidad. Tipo de formas hoscas indignas de su lugar y de inteligencia milimetrada, a veces casi imperceptible, es la estridencia, el rostro y por supuesto el estómago del independentismo catalán en el Congreso; como el carbono-14 de la ola amarilla, un retrato vivo que desborda todo el supremacismo y la entera falta de escrúpulos de su razón ideológica. Durante sus años de actividad política televisiva -va para tres- se ha destacado orgulloso como machista selectivo, mentiroso de manual, absentista o vago consustancial, manipulador agrio e infatigable y componente más redondo de lo que en España más se aproxima a las admiradas, por ubicuas, fake news extranjeras. Todo esto a razón de quince veces el sueldo mínimo interprofesional mensual: el chollo de la democracia española y su caballerosa y sana tolerancia a sus cabos pretendidamente sueltos. Rufián ejemplifica además lo que en la propaganda bien podría indicarse una historia de superación personal: de atender en una tienda de ropa a pagarse los vicios y probablemente algo más con el dinero de los contribuyentes del país del que espera desvincularse algún día (cuando pase esta fiebre exótica o el independentismo pase a necesitar cobrarse sangre: aquí los más bravos son siempre los primeros en abrirse paso en dirección contraria a la acción). El paso de ERC hacia el acantilado con su nueva propuesta de vejaciones públicas, tras meses sembrando espacios y medios sociales de separatismo falaz, encumbra al diputado Rufián como estrella a sacrificar de su espectáculo. Claro que él aún no lo sabe: no habla a los ciudadanos, sino a sus followers. Percibe el Congreso como un gigantesco tablón de réplicas que imagina ingeniosas, pero que denotan sobre todo un innoble nivel de preparación, y también humano. Comparece, en definitiva, aclamado por hordas que se ha ganado erigiéndose en la vergüenza del país, su quiste de supuración menos aseada: tiene el aplauso de los suyos y el sueldo de los otros, así que está construyéndose una vida perfecta. Escribía Rosa Belmonte esta semana sobre «el neopuritanismo tontorrón de la cuarta hostia (la que se merecen algunos)»; para llegar a merecerse una cuarta hay que haber recibido al menos tres y Rufián está todavía por encajar la primera, porque curiosamente no hay muchos en España que hablen alto y claro sobre lo que le supone a un país desarrollado haber hecho espacio a tal infraser en su cámara de representación. Bueno: Arcadi lo intentó y se le echaron al cuello cincuenta compañeros. Pérez-Reverte ha sido menos taimado en su análisis: «¿Alguien creyó que sentar a cierta gentuza en el Congreso iba a salirnos gratis? Entre todos los hemos creado y los hemos votado, así que ahora toca disfrutarlos». Meses temiendo un absceso genuinamente populista con representación en nuestro país y resulta que, como el dinosaurio, ya estaba ahí. Hasta que a alguien se le ocurra que no.

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