La foto de su vida: Messi cabizbajo

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Durante el 2-8 contra el Bayern, Leo Messi volvió a ser el Leo Messi de las derrotas. Apático, indolente, silencioso, cabizbajo. Cuando apunta con la testa al suelo ya sabe el culé que no queda nada por lo que luchar. Es su gesto no deportivo más característico: rendirse. Pocos futbolistas en la era de la infoxicación y sobre todo considerados entre los mejores del mundo se permiten esa objetividad gestual. Cuando la vida se tuerce, Messi frunce el ceño, se mesa el pelo, arruga la boca, pierde la mirada en el cielo unos segundos, masca el aire, y vuelve a depositarse en el pasto. No le aprieta más ni menos el brazalete en el brazo: no es un futbolista de grandes artificios populistas ni tampoco necesita arengas de bazar para simular lo que no es. Su liderazgo es su fútbol, y sin fútbol no hay liderazgo.

La forma que tiene Messi de consagrar responsabilidades es altamente interesante, porque ningún otro futbolista sabe apuntar hacia el verdadero germen de los problemas como suele hacer él. Desde el silencio y la inexpresividad, también con ese poso solvente de lo ganado. Hizo 33 años en junio y probablemente se retire sin ganar un Mundial ni una Copa América. Los pocos detractores que pueda tener su carrera se lo recordarán siempre y no les faltará un ápice de razón. El presunto mejor de todos los tiempos debería haber dado un poco más al fútbol desde 2015 aparte de un par de pókers al Éibar, un slalom contra el Athletic y un par de fotos icónicas contra el Real Madrid de las cuatro Champions en cinco temporadas.

messi 2019

Messi tiene algo más, aparte de los cientos de goles, cientos de asistencias y casi tres decenas de títulos oficiales con su club (a veces alguno recuerda que también ganó algo con las inferiores de Argentina, un tic nervioso muy propicio que es erótica no censurada del accusatio manifesta): la bula del campeón. Del todocampeón. Y la elasticidad del crack. Ha sido imprescindible en todo lo que ha ganado, pero eso significa que también ha sido imprescindible en todo lo que no. Incluyendo, claro, el 2-8. Y el 4-0 de Anfield. Y el 3-0 en Roma. Y el 3-0 en Turín. Cinco años de fracaso en fracaso sin dar la cara en eliminatorias del torneo más exigente a nivel de clubes que se recuerda, una Champions que nadie gana sin dejarse la mitad de los órganos vitales por el camino y quizá también un tanto de credibilidad. Que le pregunten si no al City de los 1.000 millones de Guardiola.

Precisamente es la propensión a la caída sonora lo que va marcando la última etapa como profesional de Messi. Los cantos de retirada prematura: el Inter, el no a la albiceleste, la vuelta, los líos con CONMEBOL. El titánico pulso a las directivas con constantes aumentos que lastran la salud económica de un club que este año se encomendaba a tres canteranos para parecer otra cosa. Llegará Xavi y tendrá en su mano ejecutar la orden que Guardiola en 2009: limpiar el vestuario de rémoras, no futbolísticas sino conductuales. El Barcelona no necesita futbolistas ni modelo, necesita modernizar su credo: y cada día que pasa, resta un día para el adiós definitivo del mejor jugador de su historia. Veremos si le toca a él o si se salva.

Como ha quedado demostrado, Messi no gana cuando quiere ni los partidos duran lo que quiere Messi salvo contra el Levante o el Espanyol. Siempre ha corrido en su contra la hipérbole de los hipersomnes que lo acosan: lo más grande que han visto nuestros ojos. Hay que poner algo de esto en duda, porque del futbolista que iba a dominar la Historia al final va a quedar el recuerdo de la prevalencia local (indiscutible) y sobre todo esas imágenes tan descriptivas del que agachaba la cabeza. De los ganadores se escribe mucho también en las derrotas. Sería injusto y casi obsceno no atribuirle, mínimo, la misma cuota en las tristezas que en las alegrías. Indigno de alguien de su nivel. Salvo que, claro, alguno quiera hacer trampas y seguir con la letanía: es que el equipo no acompaña. Ah, pero… ¿no ganaba cuando quería?

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