Le dijo Butragueño a Sostres en la cubierta trasera del ABC que las noches inexplicables del Bernabéu ocurren «porque ya han sucedido antes muchas veces». Contra el City volvió a suceder pues ya lo contó Guardiola en la rueda de prensa inmediatamente posterior: «estaba escrito». Sucedió como en un sueño y es verdad que la vida del madridista, sueño es. Corrió la saeta flotando suspendida en la imaginación de mil millones de madridistas que creyeron como sólo creen los niños, por eso la remontada absurda, disparatada, tan irracional que sólo pudo ser real (¿qué guionista de cine o de televisión sería capaz de imaginarse algo como eso?), la culminó un niño. Un niño brasileño, Rodrygo Goes, que nació siete meses después de que el Madrid jugase su última final en París. Un niño-milagro. Un niño-Dios.

Solamente un niño es capaz de seguir creyendo posible levantar una eliminatoria que en el minuto 89 pesaba un quintal. El Madrid levantó el techo del mundo, que se caía sobre su cabeza. Lo levantó con la sonrisa pura e inmaculada, con la fe no contaminada de los niños, quienes creen en todo porque habitan un mundo de ilusiones, espejos, cuentos y superhéroes. El Madrid fue un niño que acabó el partido asomado a la cornisa del Universo, asombrándose de estar mirando tan de cerca las estrellas, pues la vista de lo infinito es lo único que serenaba a los espíritus inmensos. El Madrid está lleno de espíritus inmensos porque está lleno de niños. El primero, su entrenador, Carlo Ancelotti, que vive cada día de esta segunda oportunidad como en un eterno día de los Reyes Magos. Todos esos niños que él dirige son sus amigos. Todos esos niños lo han vuelto a llevar a la final de la Copa de Europa.

Un niño cree sin límites. La realidad, para él, no los tiene. La frontera entre lo posible y lo fantástico es muy porosa porque aún no han sido manchados por la suciedad de la existencia. La vida no pesa sino que tiene alas, para comprobarlo sólo hay que observar a Vinicius: en el descuento, golpeaba la puerta de la Historia con la devoción con que de pequeño yo dejaba tres copitas de anís en el salón, junto al árbol, la noche del 5 de enero. La vida de un niño es puro deseo y pura pasión. Ama y odia fervorosamente, sin dejarse nada.

Así remontó el Madrid, poniendo la médula de su ser a los pies del altar del amor. Amó la vida como la ama Vinicius. Vinicius aleteaba ingrávido en esos últimos instantes, poseído por el eco viejísimo de divinidades que están en la tierra y en el cielo y en la arena de los desiertos y en los árboles y en los animales que nos rodean y en cada brizna de materia de todo lo que existe en el mundo; aleteó alegre y disparatado, vehemente como un enamorado, por entre las costillas de un dragón inglés al que otro niño había dejado aturdido de un punterazo imprevisto, fugaz, de otro niño mulato que de pronto se subió a los hombros de un gigante y remató el centro de todos los centros, la madre de los centros todos que en el mundo han sido. El centro primigenio.

El Madrid está lleno de espíritus inmensos porque está lleno de niños: el primero, su entrenador, Carlo Ancelotti, que vive cada día de esta segunda oportunidad como en un eterno día de los Reyes Magos

Los niños han llevado al Madrid a un último baile extraordinario. Lo que imaginó un niño grande en 2009, Florentino Eduardo Pérez Rodríguez, fue caminar tras las huellas de los dioses que modelaron la luz en la edad heroica. Trece veranos después, un niño de Lyon y otro de Zadar van a completar el número mágico de cinco finales de la Copa de Europa jugadas, algo que cuando uno lo pensaba, cuando éramos niños y estábamos en los albores del raciocinio y mirábamos los libros que nos contaban las hazañas antiguas como los campesinos medievales escuchaban a los juglares cantando las gestas de los grandes caballeros, parecía tan inalcanzable como Marte.

Los niños, ante el City, derrotaron a la muerte. Atravesaron la oscuridad del pasillo y descubrieron que al otro lado lo que hay es una hoja en blanco donde ellos pueden escribir lo que les de la gana. Sólo un niño puede creer ilimitadamente. En su corazón se preserva un fuego primitivo que casi nunca alcanza el mundo de los adultos, plagado de imposibles, de límites, de reglas. El Madrid jugó los últimos diez minutos del tiempo reglamentario como un puñado de chavales apurando el recreo hasta el último suspiro. El City, que había disputado 89 minutos de juego adulto, formal, responsable, serio, muy serio, de juego meditado, reflexionado y sobre todo, mecanizado; de juego duro y sin concesiones, de juego moderno, prácticamente científico: 89 minutos que volaron por los aires con dos relámpagos jupiterinos, dos rayos que incendiaron Troya.

Esa es la importancia de cultivar el mito, de repetirse a uno mismo quién es, todos los días

El fútbol-hombre del City fue una baraja de cartas desbaratada por los manotazos de pasión del grupo de niños vestido de blanco que no jugaron a nada que no se haya jugado siempre en los patios de los colegios: pelotazos al corazón del área, arrollar al contrario sin miramientos, saltar con muelles en los gemelos y la táctica más vieja del mundo, la primera, el método ancestral, apertura a las bandas y centros al punto de penalty. La anarquía demolió el algoritmo, destruyó la estadística, esa puta tan embustera que sin embargo es otra de las diosas estúpidas del estúpido mundo moderno. El Madrid, en el minuto 89, sólo podía encomendarse al caos. Sólo tenía el caos. Fue caos. Fue vida.

En uno de esos centros perfectos de Carvajal, Rodrygo se enganchó de la lámpara del Bernabéu y se sostuvo en el aire tanto tiempo que parecía Lebron James mateando. Era absurdo meter ese gol. Asensio había rozado con el flequillo la pelota, parecía un despeje. Al final del túnel esperaba el metro setenta y cuatro de Rodrygo, apenas una pluma levantándose sobre unas torres azules ciegas, sordas y mudas. El metro setenta y cuatro de talento, gol y fe de un niño brasileño que parece alemán, que nació con el don de la sonrisa y con el convencimiento de que el mundo estaba loco.

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En el 89 sólo los niños podían imaginar una remontada. La realidad era un bloque de hormigón plantado en medio del césped del Bernabéu como la roca de la Kaaba en el centro de La Meca. No había asidero, no había resquicio, ni rendija, ni ningún lugar por donde meterle mano al partido, a la eliminatoria y a la vida entera. Estaba todo perdido pero los niños seguían creyendo con esa fe virginal y alegre que tanto se parece al galope frenético de un caballo salvaje por una infinita pradera.

Se fueron Modric, Kroos, Casemiro pero su lugar lo ocupó Camavinga, otro niño, otro niño de la guerra también como Modric, que fue uno y trino a la vez, hipóstasis, encarnación de un misterio: fue Seedorf, fue Redondo, fue Zidane, fue Makelele, Ramos y Casemiro. En el pase templado y sublime hacia el escorzo de Benzema, en el 1-1, fue Kroos, y Beckham, y Modric. Lideró como si llevara siendo el jefe desde el origen del tiempo. Sólo tiene 19 años pero su esfinge está pintada con los pigmentos originales, invocando la protección para su tribu, a la que él mismo guió por las llanuras africanas como un San Cristóbal de ébano.

Su partido fue histórico, memorable, como lo fue el de todo el Madrid. El caparazón de la tortuga, el CMK de las 4 Copas de Europa en 5 años, quedó junto a un árbol, al final del camino, igual que un escudo de madera revestido de bronce de un hoplita: el Madrid de Ancelotti se libró de él para correr los últimos cien metros de la pista hacia la gloria desnudo, ungido su cuerpo joven con los óleos sacramentales de los muchachos que honraban a Zeus dando la vuelta olímpica en Delfos para conquistar algo más importante que el triunfo.

El City colapsó porque la leyenda se hizo carne

Camavinga, Valverde, Ceballos, Rodrygo, Vinicius, Militao: todos ellos sostuvieron el esqueleto del gigante sobre el alambre de espino tendido bajo la bóveda de crucería de la catedral gótica del abismo. Fueron sus pies y sus manos, los pies y las manos de un demente incapaz de asumir la derrota, imposibilitado genéticamente para abdicar de su trono o de la lucha. Prendieron fuego al Bernabéu y el Bernabéu acabó respirando llamas por todas esas grandiosas agallas que Florentino le está construyendo por los costados, por la cubierta y por las esquinas. Agallas de hormigón y de acero que no sujetan a la bestia primitiva en que se convierte el Madrid en las noches así, sino que la suspenden sobre el suelo y la elevan hacia las alturas como los cánticos de los feligreses que ocupan la totalidad del espacio en las bóvedas de los templos. Hacia Dios.

Toda la mística y todo ese repetir lo de los 90 minuti y el molto longo no son otra cosa que una salmodia que los madridistas repetimos como si fuésemos judíos rezando en el Muro de las Lamentaciones de Jerusalén. Pero no es baladí ni una tontería, tiene un efecto bastante tangible que se manifestó en cuanto Rodrygo se travistió de Raúl y cazó un punterazo inverosímil para meter el empate a uno. De pronto ese hombrón serio y respetable que era el City, dueño y dominador de la situación desde el cabezazo de De Bruyne en el 4-3 del Ettihad, se desplomó como si le hubieran pasado por la nariz un pañuelo impregnado en formol. El City colapsó porque la leyenda se hizo carne.

Todo lo que habían oído contar del Madrid en el Bernabéu, las remontadas, la mística, el minuto 93, Juanito, lo inexplicable, se volvió muy real. Tan real que lo sintieron en la piel como un sudor frío. Una batahola de voces y de gritos empezaron a retumbar dentro de los cráneos de los ingleses, las voces de los muertos, las voces del miedo. Esa es la importancia de cultivar el mito, de repetirse a uno mismo quién es, todos los días. La importancia de no olvidarlo, de no olvidarse. De repente estaban rodeados de fantasmas. Las imágenes del pasado abrieron la puerta del tiempo y se derramaron como la cera líquida de las velas que los fieles pusieron delante. Ennegrecidas por el humo de generaciones enteras de gente que fue a rezar ante ellas, tornaron a la vida y revelaron el rostro de Dios.

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