Con la pérdida del marchamo estival se pierde, acaso de manera anecdótica, el intercambio en las carreteras de familias deconstruidas que desafían lo material. Padres y madres separados coincidiendo fuera de sus términos en busca de sus hijos, la mayoría de ellos enredados en circunstancias similares y bajo condiciones generalmente hostiles. La España de las quincenas y las custodias compartidas respira como un monstruo dormido tras cada foto pública, cada línea en la correspondencia entre abogados, cada pesadilla candente: y sin embargo es una realidad estadística aplastante, que aguarda paciente a la vuelta de la esquina. Un desafío a la tradición, el concepto primero de hogar y refugio que durante siglos ha dado el hombre al significante familiar.

A contrarreloj y con nervios reflejos a los de las grandes ocasiones de sus vidas, los menores compartidos echan las cuentas que saben lidiando como pueden contra la anomalía: hoy con mamá, hoy con papá, columpios por duplicado, atenciones disipadas, abuelos que sí, asistentas que no, playas, piscinas, urbanizaciones. Unos amigos de aquí, otros de allá, rutinas diferentes y pervertidas por antojos, extrañas con frecuencia, superpuestas en vidas parceladas, plagadas de etiquetas, observadas de reojo, resistentes a una condescendencia sorprendentemente natural. «¿Y la niña? Con su padre». «¿Y los niños? Con su madre». El 15, o el 30 a las ocho de la tarde vamos a por él. A por ella. O vienen. Y las entregas o recogidas, consagrando la semántica anteriormente esbozada de mensajería comercial: caras largas, pies a rastras, telefonillos trizando el tímpano como campanas de Pávlov surcando los anillos del infierno de Dante a horcajadas, cebando despedidas frías, tristes, y mucha, mucha soledad.

Los menores vienen y van por tierra, mar y aire como lo que la administración ha decidido, en el mejor de los casos, que sean: instrumentos de tortura en casos flagrantes de vendetta, archivos de causas inverosímiles y cuitas de juzgado, que bien pasarían por batallas de barro entre prepúberes de no ser porque quienes tiran y aflojan de los niños desorientados del país son sus propios padres. En otras palabras, quienes a priori deberían mirar más y mejor por ellos. Dejar reposar en la Justicia la responsabilidad de su crecimiento ordenado y de su madurez impuesta, o impostada, porque dos adultos no han sabido o han querido entenderse: un fracaso, otro, de cierto aceleracionismo garantista que no puede, o no debería, mirar por lo que necesita un menor para crecer sano y feliz.

Esto es algo que en demasiadas ocasiones está lejos de esa letanía perversa que hemos admitido como lema generacional: «un padre siempre será un padre y una madre siempre será una madre». Con los asteriscos que queramos ponerle, que no serán pocos, pues de igual forma que un maltratador condenado no se puede suponer un buen padre, lo mismo pasará con una madre que ha mentido, ultrajado, despreciado o instrumentalizado una ley concretísima para hacer valer su sexo -no su género- frente al otro sin dar muchas más explicaciones, con acusaciones archivadas por falta de pruebas, falsedades testimoniales y un largo etcétera de trucajes contemporáneos auspiciados, cuando no celebrados, por el establishment.

En lo que respecta a la relación neta entre los progenitores, es decir, demandantes y demandados, el drama se pronuncia igual aunque se escriba diferente, como en el apóstrofe literario al misterioso personaje de John Coffey en La Milla Verde, que representa ese desdoblamiento entre el apocalipsis personal y la ilusión circulante de un mundo mejor. Con suerte alguno de ellos atisba una luz, se asoma al marco de la caverna y los enfría el descubrimiento de algo distinto, entiéndase por mejor, más allá: pero es igualmente frecuente la dolorosísima sensación de derrota o humillación, pesan como nunca las preguntas sobre el futuro -y el pasado- y muchas veces no ha lugar a consuelo alguno.

En esta cada vez menos extraña España de las quincenas, una extensión de ese proceso lentísimo pero firme de destrucción de las certezas antiguas que surca Occidente, las víctimas parecen los hombres y mujeres que se desencajaron a destiempo: pero lo son, sobre todo, sus legados en cuyas manos confiamos un futuro inmediato en el que pareciera que la resistencia, el diálogo y el entendimiento pertenezcan más al anecdotario que a la convicción. Y pese a todo el dibujo negrísimo que nos empeñamos en desfigurar sobre lo que se desmorona, puede crecer y crece una tonta ilusión a futuro: la del renacimiento, la oportunidad ganada y el derecho a réplica. Claro que para alcanzar este nirvana de autodescubrimiento, a veces el peaje pueda resultar hosco e indeseable, como por otro lado, ocurre concienzudamente de camino a todo lo que realmente merece la pena. De todo se sale.


📷 Foto de Guillaume de Germain en Unsplash

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