La derecha ilustrada

Urkullu celebra la victoria en las elecciones vascas (RTVE)

La que tal vez sea la última gaceta identitaria que queda en España, el Deia, terminó 2020 como terminó el siglo. No el XX, sino el XIX. Publicaron un especial para celebrar los 125 años del PNV, partido alma del pueblo vasco. Lo de alma no es una exageración, pero sí una licencia. En realidad, según se explica en uno de los artículos que incluyen en el especial, el alma del pueblo vasco no es tanto el PNV como la lengua vasca, el euskera. Podría ser también una licencia, una metáfora para acompañar la gestión y sobriedad que caracteriza a los nacionalistas vascos moderados; pero en fin, el título del texto es El euskera, aliento vital de un pueblo ancestral, y el autor del texto afirma sin aparente ánimo irónico que el nomenclátor araniano insufla alma a los vascos.

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El artículo se puede leer todavía en la web de Deia, así que voy a dejar de citarlo. No me resisto, eso sí, a dejar el pequeño párrafo destacado que abre la pieza: «El euskera es parte del código genético del PNV. Conforma y caracteriza al país vasco como tal, a la vez que lo distingue respecto de los demás. Es el euskera el fuelle que vivifica nuestro país. Mientras el país vasco siga hablando euskera, seguirá siendo lo que ha sido y lo que es hoy». Con todo esto se entiende mejor la deuda que el nacionalismo vasco moderado tiene con su gran fundador: no sólo salvó el euskera sino que, haciéndolo, salvó sus almas.

Es interesante señalar que quien escribe el texto no es un amigo de Sabino Arana ni un señor de 103 años que vive hoy en algún monte de difícil acceso. Es Gotzon Lobera, miembro de Euskaltzaindia -la Academia de la Lengua Vasca- y Director de Normalización Lingüística de las Administraciones Públicas en la primera legislatura de Urkullu. Había dicho que no iba a citar más frases del texto, pero dejo una última: «Cuando Sabino Arana toma consciencia de que sin saber euskera su vasquidad no es completa, toma la decisión de aprenderlo y de favorecer su aprendizaje».

Cuando uno escribe sobre el PNV sin comprar el envoltorio ilustrado con el que pretenden presentarlo desde otras cabeceras amigas -el periódico y el pescado-, es fácil que alguien salga con una respuesta aprendida: estás analizando el PNV de Arana, no el de hoy. E incluso si se escribe sobre el Arana de ayer hay que aplicar el contexto; el de hoy. El que da más importancia a las circunstancias que a la persona y a lo que dice y hace. Pero la última frase citada no es de Arana, ni del siglo XIX. Ese «toma consciencia de que sin saber euskera su vasquidad no es completa» lo escribe un señor que ha sido responsable de Normalización Lingüística de las Administraciones Públicas del País Vasco. «Este nomenclátor, a su vez, ayudó a otorgar una característica especial a la identidad vasca; se trata de mucho más que una cuestión estética: insufla alma y remueve conciencias» está escrito en el siglo XXI, hace sólo unas semanas, del mismo modo que «El euskera es parte del código genético del PNV» está escrito no en un boletín del partido, sino en un periódico.

Cuando los comentaristas de sensibilidades territoriales insisten en que la derecha española debería comportarse como la derecha vasca parecen olvidar que la derecha española ya pasó por eso. Unos cuarenta años duró la cosa

Hay más. En El partido que insistió con la paz, Miriam Vázquez insiste en hacer del aniversario una hagiografía colectiva -al fin y al cabo la cosa va de almas-, y para presentar al PNV como el gran pacificador no duda en escribir esto: «La primera etapa de la democracia estuvo marcada por una fuerte polarización entre la violencia de ETA, y la ejercida por los GAL y grupos de extrema derecha. El conflicto se percibía como una dinámica con dos bandos enfrentados, el Estado español y ETA». En Arana y el despertar de una nación, Miriam Vázquez abre su reportaje griffithiano con estas palabras: «El fundador del PNV, Sabino Arana (1865, Abando-1903, Sukarrieta), fue pionero a la hora de despertar la conciencia de ser vasco y no español en un momento de profundos cambios y riesgo para la identidad, como la abolición foral y el flujo migratorio de trabajadores».

Vasquidades incompletas, la lengua insufla alma, religión manoseada, el periódico alabando al partido y a su fundador; cuando los comentaristas de sensibilidades territoriales insisten en que la derecha española debería comportarse como la derecha vasca parecen olvidar que la derecha española ya pasó por eso. Unos cuarenta años duró la cosa. El español incompleto o malo, el empacho de metafísica, la religión al servicio del movimiento y la prensa que manoseaba y se dejaba manosear.

Curiosamente son los otros, malos vascos o catalanes, españolazos, los que esos comentaristas señalan hoy como hijos del franquismo. No los que continúan escribiendo Pueblo y hablan de lenguas que insuflan alma, de nacionales incompletos o de colonos, sino quienes entienden que lo de menos en alguien que piensa así es si es de izquierdas o derechas, si su gran idea es Cataluña, País Vasco o España. Lo triste es que bien por la insistencia de los comentaristas, bien por la alergia a las certezas, no pocos de estos últimos terminan por creerse esa caricatura. Y de ahí a la deconstrucción y a la auto-normalización hay un paso.