La bala de plata contra las custodias compartidas

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Durante las vacaciones de verano de 2020, C.V.G. tuvo un presentimiento. Todos los intentos previos de su expareja por alejarle de sus hijos habían fracasado, viendo archivadas una detrás de otra cada denuncia interpuesta por presuntos malos tratos. Pero como todos los hombres con hijos menores en procesos de separación, sabía que todavía estaba expuesto a lo que se conoce en el argot de los falsos maltratadores -porque desgraciadamente es un recurso habitual- como ‘la bala de plata’: la denuncia por falsos abusos sexuales a sus propios hijos.

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Una semana antes de terminar su custodia quincenal de agosto con sus hijos, C.V.G. tuvo que llevarlos al cuartel de la Guardia Civil en Valdemoro. Fue él quien había interpuesto en julio un 158 -solicitud de medidas cautelares de protección- contra su expareja por presunto ejercicio inadecuado de su potestad de guardia y custodia, que ella revirtió contra él, posicionándose como víctima y aludiendo una retahíla de lesiones como potenciales pruebas de abusos sexuales.

Para muchos fuera del ámbito, probablemente el padre pecaba de exceso de celo cuando pidió que un facultativo valorara a los niños, algo a lo que el agente se negó, como viene recogido en el expediente de su puño y letra. «Esa precaución fue en gran parte lo que me salvó». Tal y como temía, C.V.G. recibió enseguida la notificación por una nueva investigación por presuntos malos tratos. Pero esta vez, acompañada de un informe médico que recogía la observación de hematomas, rojeces y heridas en su hija mayor, P. (de 10 años en la actualidad), todas marcas propias, según valoraciones posteriores, de la actividad normal de una niña de su edad e incompatibles con los supuestos abusos sexuales denunciados.

La bala de plata se activa por revanchismo; es una huída hacia delante, un salto al vacío: el canto del cisne de la falsa víctima para intentar salvar desesperadamente su relato

La suspensión del régimen de visitas, sin embargo, fue inmediata. Tres años después, y pese al informe de la fiscal que deja claro que no existen dudas respecto a su inocencia, C.V.G. sólo ha visto a sus hijos media hora, el verano de 2022 y durante la cita con el equipo psicosocial que determinó la buena relación de los menores respecto de su padre. Su hijo menor, A., tiene en la actualidad 4 años: es decir, C.V.G. se ha perdido, por una atroz maniobra de su expareja, amparada por el denso y exasperante ritmo de los juzgados, aproximadamente entre el 80 y el 85% de la vida de su hijo. Y así sigue hasta hoy.

La ‘bala de plata’ tiene una raíz común. Aunque frecuentemente se activa por puro revanchismo, desde asociaciones que asisten a hombres acusados en falso advierten que es cada vez más habitual, sobre todo en casos en los que las medidas finales de custodia se reparten entre los dos progenitores. Dicho de otro modo: suelen ser las temidas custodias compartidas las que activan ese recurso, y siempre con procedimientos penales previos archivados anteriormente. Una de las fuentes consultadas lo explica por la vía rápida: es una huída hacia delante, un salto al vacío. En prácticamente todos los casos, el canto del cisne de la falsa víctima para intentar salvar desesperadamente su relato ante los conocidos que todavía la crean.

Como una denuncia así implica la suspensión inmediata del régimen de visitas, la falsa denunciante también gana tiempo para empezar a trabajar en la alienación de los pequeños. Los expertos ya dan incluso consejos a los padres para que puedan anticiparse, en la medida de lo posible, a que los niños puedan dar versiones confusas o adulteradas, que accidentalmente refuten la versión de la progenitora, en los supuestos en los que se les requiera una declaración. Te indican desde lo aparentemente más obvio (no dormir desnudos con ellos, por ejemplo) hasta evitar situaciones normalizadas en la convivencia diaria, como aplicarles crema o ayudarles a bañarse o cambiarse de ropa, algo especialmente delicado cuando se trata de niños que no se valen por sí mismos.

C.V.G., que asegura llevar gastados cerca de 15.000 euros en defenderse en los juzgados -recordemos que las víctimas de violencia de género tienen derecho a asistencia jurídica gratuita, esto es, subvencionada- está muy lejos de ser un caso único. En la actualidad es vocal y delegado provincial de una de estas asociaciones, ANAVID, y su lucha llegó incluso al Congreso el pasado 2 de noviembre de 2022, cuando la diputada por Vox Carla Toscano le mentó su nombre a la extinta Irene Montero durante la celebración de una Comisión de Igualdad.

El de C.V.G. también es paso por paso lo que equipos de asesores, psicólogos y abogados especializados en estas cuestiones empiezan a percibir como el modus operandi de la falsa víctima por malos tratos. «Cada vez es más habitual conocer a alguien que ha pasado o está pasando por algo parecido». Esta es la razón por la que también se va haciendo cada vez más importante trabajar en protocolos extraoficiales de prevención, una especie de preparación contra la acusación y el mal trago recurrente que se vive en los juzgados de violencia contra la mujer. Advertir, por duro que parezca, contra el tristemente iluso «eso no me va a pasar a mí».

En despachos de abogados que defienden a estos hombres lamentan que el mismo sistema que restringe inmediatamente derechos a los falsos maltratadores o abusadores sean terriblemente laxos a la hora de protegerlos como verdaderas víctimas de esa perversión anómala que es la ley VioGen. C. V. se refugió en la fe y todavía confía en que todo pueda llegar a buen puerto, pero no todos corren la misma suerte, y menciona las veces, recordadas ya en este artículo anterior, en los que una falsa denuncia por malos tratos anticipa el final de muchos padres en vías de separarse.

Una falsa denuncia por presuntos malos tratos puede ser fruto, estirando el campo de la empatía con el horror, de un mal asesoramiento. O por el contrario, y esto es lo realmente preocupante, de un demasiado buen asesoramiento, como desarrollamos en este otro texto. Pero denunciar en falso unos abusos sexuales contra los propios hijos en común es definitivamente algo más. Los niños, y esto se pierde de vista demasiadas veces, crecen. Y con ellos, sus traumas. Quizá vaya siendo hora de que alguien ponga también esto en el centro del debate.


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