Infierno bajo el agua: Monstruos honestos

Alexander Aja se divirtió tanto con su Piraña 3D (2010) que cualquier diría que le debía algo menos ostentoso al subgénero de terror naturalista. Así que, para acorralar a Kaya Scodelario y su padre Barry Pepper en su vieja casa familiar, ha hecho pasar Infierno bajo el agua por una disaster movie liberando una granja de aligators gigantes y hambrientos en mitad de un huracán de categoría cinco (los peores). Los animales siguen sus propias normas, y el trabajo de producción es tan preciso insinuándoles como monstruos insaciables que Infierno bajo el agua está considerablemente más cerca de Tiburón (1975) que de la misma Las colinas tienen ojos (2006) del propio Alexandre Aja. De su trabajo anterior el director exhibe ampliamente sus rasgos diferenciadores: un brutalismo sangriento, crudeza visual, pocos aspavientos aun a pesar de lo atractiva que resulta la vía del drama familiar y el reclamo de lo conciso. Si por algo destaca Infierno bajo el agua es por su edificante honestidad: es la película de monstruos más creíble, dinámica y atractiva de los últimos años. Cumple exactamente lo que promete sin sorpresas (tampoco negativas) y permite a Aja ser Aja y al equipo de productores, que incluye a Sam Raimi, destacarse en una producción cristalina.

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Revelado el envoltorio, hay que significar lo que Infierno bajo el agua viene a aportar al verano de 2019 en concreto y al género en un vistazo más general. La película proyecta lodo, frío y (mucha) agua fuera de la pantalla, el montaje de sonido es privilegiado y la fotografía (Maxime Alexandre, acompañante recurrente de Alexander Aja) enmarca la tragedia en una textura de colores fríos donde siempre destaca un rojo violento (el color del coche, las luces de emergencia, las bengalas). Rodada en Belgrado, Infierno bajo el agua ni tan siquiera necesita una historia verosímil -de hecho son varios los momentos en que los protagonistas toman las peores decisiones posibles- para entretener visualmente. En definitiva, una summer movie absorbente, tensa y acelerada que en hora y media cuenta todo e incluso algunos recovecos, pero sin distraer: entre los protagonistas bulle un recorrido íntimo de decadencia y fracaso, de días pasados no superados, que al principio los lastra para luchar y posteriormente se convierte en su principal oportunidad, como un ultimátum. Kaya Scodelario, entrenada y exigida de niña por su padre en la piscina, necesita recuperarlo ahora del vórtice depresivo y alcohólico en el que le ha sumido el divorcio con su madre. Un subtexto tan natural que únicamente puede sumar.

Respecto a su peso en el género, es fácil prever que la efectiva sencillez de Infierno bajo el agua la posicione muy al frente de otras películas recientes, incluidas predecesoras obvias como Megalodón (2018), A 47 metros (2017) o Infierno azul (2016). , Precisamente porque no quiere aparentar más de lo que es, la película de Alexandre Aja destaca en su composición, integrada por una factura visual notable y una altura interpretativa algo más que digna. Un descubrimiento agradable en la era del terror por el terror.

LO MEJOR > Su sencillez, la duración, la fotografía, Kaya Scodelario y cómo te hace partícipe del desastre

LO PEOR < Su ligereza narrativa empuja a los protagonistas a correr continuamente hacia el abismo, restándole credibilidad

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