Veo estos días dos anuncios sobre Cristo que reivindican el sentido de su nacimiento y de la Navidad, un sentido que es algo más que la mera tradición, los regalos y la bondad laica. Dos anuncios que han sido celebrados por cristianos a los que conozco desde la distancia, a los que aprecio y a los que presto atención como quien observa algo que le despierta al mismo tiempo admiración y extrañeza. El caso es que no me han gustado.

Uno (Scalpers) vende imagen de marca a través de Jesucristo, y una rebeldía convenientemente adaptada a los tiempos -nada de humildad, sencillez o compasión, algo que sí sería antisistema; en su lugar, arrogancia y fiestas con followers-. «Rebelde se nace», dice al final el aristocrático y determinista mensaje. Otro (Asociación Católica de Propagandistas) vende la idea de Jesús y el compromiso con lo religioso como algo totalmente distinto del compromiso mundano, que se presenta como superficial y egoísta: una muchacha aguanta durante unos segundos la cháchara de un familiar pesado, el cuñado arquetípico. El pobre hombre, probablemente necesitado de atención, con carencias, sombras y aspectos negativos como todos nosotros, le cuenta lo que hace en sus cumpleaños.

Se fue a África a ayudar a construir una escuela, recaudó dinero para limpiar los mares de plástico… La muchacha escucha con una mezcla de desesperación y desprecio, hasta que por fin puede escapar de su particular calvario y se va a colocar en la cuna la figurita del niño Jesús que sostenía en la mano. Y yo, que soy cristiano como todos -es un decir- pero no creyente, me he visto frunciendo el ceño por alguna razón que no comprendo. Ni sé cuál es el sentido de Cristo, aunque algo sospecho, ni puedo exigir -también es un decir- que se respete ese sentido, entre otras razones porque no lo conozco. Y aun así, sin ninguna justificación, algo en esos anuncios me incomoda y me aleja.

Se supone que debemos aspirar a entregarnos a los demás, no a rituales que nos reconfortan

Me incomoda y me aleja que la esencia del mensaje no sea la muchacha dejando en la mesa la figurita y dando un abrazo al pesado, que no intente ofrecer a ese familiar el cariño que probablemente necesita. Que no sea capaz de ponerse en el lugar de ese hombre, que el único impulso al que se entrega sea el de poner la figurita en la cuna. No veo en la actitud egoísta de la muchacha nada esencialmente distinto al monólogo selfie del cuñado. «Un nacimiento ha cambiado la Historia y no es el tuyo», se titula el anuncio. Pero no es la Historia lo que cambia ese nacimiento. No creo que el sentido de ese nacimiento se reduzca a colocar cada año una figurita en una cuna.

Ya sé que somos todos imperfectos, que nos parecemos tanto a la muchacha como al cuñado, y que la soberbia es el peor pecado. Pero, joder, se supone que debemos aspirar a entregarnos a los demás, y no a rituales que nos reconfortan. Un mensaje cristiano creo que debería inspirarnos para ser mejores, para entender que el consuelo al otro es mucho más importante que la adoración ritual. «¿Y qué tal están ahora?», pregunta la chica cuando el cuñado le cuenta lo de la escuela para los niños de África, para evidenciar que su interés era egoísta. Pero la cuestión es que no le pregunta qué tal está él, que está frente a ella, porque lo importante es colocar en la cuna la figurita del niño que cambió la Historia.

No me ha gustado ninguno de los dos anuncios, pero el primero al menos es fiel a su intención: poner el mercado en el templo. Del segundo esperaba otra cosa, y esto es lo extraño, porque no debería esperar nada. Pero ahí está. El resplandor que ciega, la voz que impulsa a leer. Y en cambio lo que transmite es sinsentido y alejamiento. Me acuerdo entonces de Diógenes y su búsqueda, del ¡más luz! de Goethe, probablemente falso, pero sobre todo me acuerdo de Nietzsche y el caballo de Turín.

Me acuerdo de esto porque es una escena terriblemente conmovedora. Porque creo que todos somos de algún modo Nietzsche llorando desconsolado por la crueldad, pero también somos el caballo apaleado y el cochero inconscientemente cruel. Y con los años algunos vamos esperando encontrar algo que nos permita recomponer todas esas piezas. Aunque lo normal es que no se consiga, porque lo que hay es lo que hay, y nos decimos que debería bastar con saberlo y asumirlo.

Queda la sensación de que la Navidad es algo más: una especie de emoción extraña, ajena e irracional

Leía a Olga Rusu algo que me recordaba esa tensión constante entre acercamiento y alejamiento: «Estoy a dos Navidades y una serie de Sorrentino de convertirme al catolicismo». Yo llevo un año encerrado en el discurso de África, aunque no sé si quien lo pronuncia es Pío XIII o Lenny Belardo. En ese discurso creo que está todo lo necesario, pero es incomprensible. Y tal vez deba ser así. Probablemente es eso lo que lo convierte en algo absolutamente distinto a un tratado, un ensayo o una conferencia. En ese discurso de ficción está todo lo verdadero. La belleza del mundo y de la gente a la que amamos. La belleza en la mera existencia de los otros. Aquello que en La caída de Camus resultaba tan misterioso, el encuentro a partir de la certeza de una culpa compartida. Y algo previo, que también estaba en Camus: esa primera experiencia de la belleza del mundo en Bodas y El verano. La orilla de un río en Colorado a los ocho años de Belardo. 

Todos están, finalmente, en el avión de vuelta. Una señora con el pie sobre la cabeza. Un hombre que dormita con la boca abierta. Un periodista que interrumpe la racional lectura de las noticias y sonríe. «Fue precioso». Ahí están también el cuñado pesado y la muchacha impaciente. Ahí está el filósofo, el cochero y el caballo, todo mezclado.

El discurso de África es sólo voz, no hay imagen. Después viene el discurso en Venecia, que comienza siendo silencio, contemplación, sonrisa y lágrimas. «Dios no se deja ver», dice tras las preguntas al comienzo de la historia. «Dios no grita, Dios no susurra, Dios no escribe, Dios no escucha, Dios no charla. Dios no nos consuela». En el alto en el camino hacia el discurso, el cardenal Gutiérrez le regala un catalejo para que pueda ver más allá. «El gerente y el personal del restaurante están detrás de usted, esperando, y se preguntaban si podría darles la bendición. Si se diera la vuelta, para ellos sería como un milagro». «No», responde seca y serenamente tras unos segundos: «Eso sería una exhibición». Dios no nos consuela, sentencia después. Extrañamente, lo que debería acercar aleja, y el alejamiento es lo que vuelve a acercar. Los niños de la historia que estaba contando preguntan qué es Dios, entonces. Entre la pregunta y la respuesta, de nuevo, unos segundos. Silencio y lágrimas. Y finalmente: «Dios sonríe». De nuevo silencio. Y una frase final que lo rompe y que precipita el júbilo colectivo: «Y sólo entonces entendieron».

» RELACIONADO: Salvar la Navidad y la civilización

Pero es en esos silencios, entre las afirmaciones, donde se encuentra el sentido. Precisamente en los hiatos en los que no se puede comprender nada. Me resulta imposible comprender si quien habla es Pío XIII o Belardo, si habla para Dios, para los fieles o para sí mismo. Si Dios es una sonrisa inevitablemente acompañada por lágrimas o si es la sonrisa que acompaña al llanto y lo suaviza. Me resulta imposible comprender todo eso, pero tal vez deba ser así.

Queda la sensación de que la Navidad es algo más. No algo más que regalos, que ya lo era, ni siquiera algo más que la reunión con familiares a los que aprecias más que a nada y a los que no siempre se les dice algo; es todo eso, pero hay una sensación creciente de que es, también, algo más. Algo absolutamente más, que diría Horkheimer. E incluso algo más que lo que decía Horkheimer, porque detrás de esta sensación no hay una necesidad de justicia ni un anhelo de trascendencia, sino una especie de emoción extraña, ajena e irracional. Algo que se hace real cuando se ve reflejado en la ficción, en este Sorrentino pero también en aquel Toby Ziegler que acompaña sin efusividad a un mendigo que acaba de perder a su hermano. Y algo que se hace ficción, que se aleja, cuando se acerca a la realidad de los ritos, las liturgias y lo concreto.

Las palabras no sirven sólo para comprender el mundo y yo ya he dicho demasiadas, pero aún quedan dos que por alguna razón me parecen importantes, y que en realidad ya estaban al comienzo de todo esto.

Feliz Navidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.