España arde en prime time

Protestas en Barcelona, febrero de 2021 Protestas en Barcelona, febrero de 2021

Para conmemorar el 40 aniversario del golpe de estado del 23F (1981), Santiago González ha recurrido en El Mundo a algo que en su día dijo Victoria Prego para justificar la tardanza de TVE en conectar con la Historia: «Si en ese momento damos las imágenes, el golpe gana». Hoy vemos arder España en prime time, una oleada de violencia consustancial a los gobiernos rupturistas de progreso, y con el fuego se derritan muchas de las vergüenzas y disfraces del tono moderado europeísta y conciliador que imaginan en su habitación los que discuten otro mundo posible, más verde, sostenible y en general amistoso.

Las sirenas, los vídeos en vertical de los móviles y la desolación son música para los oídos de los medios de comunicación de masas porque se sienten inmunes al apocalipsis. En cierto modo lo son, pues es costumbre en el periodismo concienciado ser capaz de mimetizarse con las excusas y los quizás si se huele que es estrictamente necesario: por eso no han saltado las alarma por que en el lapso de cuatro, cinco días, los agentes del desorden hayan pasado a ser manifestantes por la libertad de expresión a, sorpresa, jóvenes desencantados sin horizonte cuya salida a su frustración no es otra que arruinar las ciudades en las que habitan. Una voladura controlada en la que convergen desmemoria, salvajismo y también la noble y civilizada razón pública de las FCSE.

La violencia es un gusto que el ser humano puede darse en nombre de cualquier cosa que piense que la merece. ¿Por qué razón reventaríais un escaparate?, preguntaba Pedro Herrero. Tras la resolución de los juicios por el proceso separatista ilegal catalán en 2019, la región recibió destrucción y ruina bajo el epígrafe del totalitarismo y la corrupción judicial. Año y medio después, ha sido la entrada en la cárcel de un criminal reincidente lo que ha desatado una lengua de demolición que acompañó la política con bailes acompasados de balbuceos. Esta vez es diferente: esta vez el caos viene de dentro.

Aunque los agentes implicados finjan sorpresa, Podemos nunca ha disimulado su inclinación por la concentración del poder y con él, de la violencia. Puede que en los inicios resultara atractiva esa microvisión de la política, como de hecho evidenciaron los primeros resultados de la formación en las urnas: pero lo más triste para todos es que una vez pinchada su burbuja y asfixiado por recurrentes causas delictivas, el partido se encuentre más arriba que nunca gracias a su cicerone, un Pedro Sánchez que levita con superioridad despectiva sobre la nación y que no es capaz de condenar esa pulsión caótica que acompaña en nubes de delirios de grandeza al zoon politikon que nos querían asociar a Pablo Iglesias. Ya es demasiado tarde.

» En 2014, sobre Podemos: No es miedo, es otra cosa

La violencia amparada y jaleada desde el Gobierno ni siquiera es lo peor que le puede pasar a España, como demuestra que todo un portavoz en el Congreso, Pablo Echenique, pueda mentir e insultar sin que el estado de opinión de las big tech dé a los botones como sí hizo y sin dudar un segundo en otros casos más recientes de presunta agitación de masas e infección callejera. Puestos a buscarle una razón a esta zozobra televisada, tal vez habría que girar la cabeza hacia las decenas de miles de muertos por coronavirus (España fue el país europeo con mayor exceso de mortalidad en 2020), el millón largo de empleos perdidos (contando los ERTE) y la precariedad no económica, sino existencial, de una juventud vapuleada y recurrentemente sañalada como blanco de las desgracias.

«Nos habéis enseñado que ser pacíficos es inútil», rezaba la pancarta estrella del último vodevil sangriento. Habría sido un lema extraordinario para las protestas que en mayo recorrieron España contra la gestión del Gobierno, pero por aquel entonces se zanjaron los debates apelando a la solidaridad y el respeto a una situación sanitaria desbordante. Ni el coronavirus ha podido esta vez con esa parafilia patrocinada por el Gobierno, tan cercano a los casos de desafección y reivindicación identitaria que pareciera que su fin último es borrar de un plumazo toda esperanza, como cuando apartaron la mirada en la semana clave de marzo permitiendo todo tipo de eventos multitudinarios. El colapso no arde.