Es la hora de hacer lo correcto

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Y dijo Sánchez: «Me quería referir al caso de Igor González Sola, al preso de la banda… ETA, que se suicidó la semana pasada en la cárcel donostiarra de Martutene. Quiero antes que nada decir algo obvio, y es lamentar profundamente su muerte. Lo lamento». Tras esto, tuve que escuchar varias veces lo que el presidente del Gobierno había decidido responder ante la interpelación de un senador de EH Bildu. Después comprobé que quien había compartido el vídeo no lo había recortado para ocultar el adjetivo, que en este caso es lo sustantivo. De hecho, quien compartió el vídeo sí añadió el adjetivo cuando citó las palabras presidenciales, no sé si por despiste o por justicia. El adjetivo que Sánchez decidió omitir entre «banda» y «ETA» es terrorista. Y su omisión pausada, meditada y voluntaria ante un senador de EH Bildu no es un accidente.

Lo sustancial en la respuesta del presidente ante el senador de EH Bildu no es su lamento profundo por el suicidio de un preso de ETA, aunque es lo que más escándalo ha generado. Ese lamento también es meditado, también es selectivo y, para algunos, también es mezquino. Porque algunos pensamos que en política, también en política, especialmente en política, no se trata de alegrarse, de lamentarse ni de detestar. Porque en política la alegría, el lamento y el desprecio son en la mayoría de los casos una exhibición. Y pueden dar lugar a escenas tan desagradables como esta vivida en el Senado.

Sánchez decidió omitir la palabra «terrorista» ante el senador que llama a los terroristas «presos políticos»


El presidente del Gobierno lamentó profundamente la muerte de un etarra que decidió cobrarse una última vida -esta vez sin violar ningún derecho- y al hacerlo dejó una grieta también profunda en la relación de las palabras con los hechos. Esto es lo importante. Decidió omitir, tras una alargada pausa de apenas un segundo, la palabra terrorista. Y lo hizo ante el senador de un partido que llama a los terroristas, también a Igor González Sola, «presos políticos». No por vergüenza ante lo que hicieron, sino precisamente para esconder lo que hicieron. Lo hizo ante el senador de un partido que sigue organizando homenajes a terroristas, tanto cuando mueren como cuando cumplen su condena por haber matado. Ante los miembros de ese partido el presidente del Gobierno elige siempre un tono amable, reposado, conciliador, paciente. Justo el tono opuesto al que emplea con los miembros de otros partidos que le recuerdan que la banda ETA era una banda terrorista, y que cuando se dirige a los parlamentarios de EH Bildu se está dirigiendo a gente que está en política, entre otras cosas, para que a Igor González Sola, a Kepa del Hoyo o a Xabier García Gaztelu, Txapote, se les llame «presos políticos».

El partido del senador al que Sánchez contestaba con tan buen tono y tan profundo respeto está en política no sólo para que los asesinos de la banda terrorista ETA sean llamados «presos políticos», sino para que, siguiendo esa premisa, abandonen ya las cárceles. Si son presos políticos y el conflicto político ya no existe, entonces no tiene sentido que sigan pagando por crímenes que pertenecen a una época felizmente superada, como suelen decir. A los dirigentes de esa banda política el presidente les ofrece su tono más conciliador, como un profesor siempre enrollado con el matón y siempre desagradable con el tímido, que sabe que es el primero el que le puede reventar la clase.

He leído varios mensajes que restaban importancia a lo sucedido: «Si te alegras por la muerte de un preso entonces eres igual que ese preso». Como si la alternativa a lamentar profundamente la muerte de un preso de ETA fuera mostrar alegría, como si alegrarse por la muerte de un etarra te hiciera moralmente equiparable a alguien que decidió asesinar, y como si todos fuéramos imbéciles. Por último, he querido comprobar si el senador de EH Bildu pidió o no al presidente del Gobierno unas palabras para la familia del preso de ETA fallecido: podría ser que ese lamento profundo viniera de la dificultad para escapar a una trampa. No fue así. No hubo ninguna trampa. Sencillamente, Sánchez decidió que su primer deber era mostrar su lamento por el fallecimiento del preso de ETA.

Es deber del presidente recordar que quienes cumplen condena por terrorismo decidieron participar en una banda terrorista


Quienes demagógicamente relativizan lo ocurrido omiten que la principal función de un presidente del Gobierno no es lamentar muertes sino, en los casos en los que es su responsabilidad, evitarlas. Su función como presidente de los españoles no es lamentarse ni alegrarse por un suicidio -cualquier suicidio- en la cárcel sino velar por que no se produzca, y velar por que se investigue cuando se produce. Y también, podríamos añadir, es deber del presidente recordar que quienes cumplen condena por terrorismo decidieron participar en una banda terrorista. Y es su deber recordarles a los miembros de EH Bildu que esos a los que llaman «presos políticos» y a los que homenajean decidieron voluntariamente ser parte de los más de 800 asesinatos cometidos por la banda terrorista ETA, en la que Igor González Sola decidió militar.

Las palabras con las que el senador de EH Bildu terminaba su turno fueron estas: «Es la hora de hacer lo correcto». Instantes antes, decía: «Es hora de pasar de las palabras a los hechos». Pedro Sánchez decidió omitir una palabra para no recordar a sus compañeros de investidura un hecho esencial: que ETA, cuyos miembros aún reciben el cariño y los abrazos de EH Bildu, era una banda terrorista.


Óscar Monsalvo, @rpr3z en Twitter, es profesor de Filosofía en Bachillerato y autor del blog El Liberal de Bilbao.

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