En la película de Anthony Minghella El talento de Mr. Ripley, Matt Damon hace de brillante universitario aspirante a músico que pobretea en la inmensa Nueva York malviviendo como un voluntarioso ganapán. La cosa empieza a ponerse interesante cuando a Ripley lo contrata un industrial ricachón para que vaya a Italia a meter en vereda a su díscolo heredero, Jude Law, quien vive en Nápoles como un señor. Damon siempre ha querido ser como él, hasta que al final lo consigue, literalmente: lo mata y suplanta su identidad, disfrutando, con el proceso, hasta su transformación criminal completa. La película, cuando la vi, me recordó a Gareth Bale, otro que lleva ya tiempo exiliado de sus responsabilidades contractuales tumbado a la bartola encima de los casi 32 millones de euros brutos que cobra por temporada: el sueldo más alto del mundo, pues el Madrid le paga por no hacer absolutamente nada. 

En el último Clásico ante el Barcelona el Madrid necesitaba un 9. Benzema lo había dado todo para remontarle al PSG y afianzar la distancia con el Sevilla unos pocos días después, contra el Mallorca. En la isla se lesionó y en vista de las etapas de montaña que quedan todavía por afrontar Ancelotti decidió darle descanso. Por lo tanto, se precisaba de un delantero centro: pero ocurrió que a Bale le dolía la espalda. Dos días después, viajó con Gales y tan alegremente jugó contra Austria, marcando dos goles.

Lo que pasa es que la gente suele pagar por ir a un lugar a entrenarse y Bale, en cambio, cobra

En un estado de salud aparentemente envidiable, Bale sonrió y declaró que lo único importante para él es la selección galesa y el Mundial. En vistas de lo cual y siempre atendiendo a sus palabras su día a día en el Madrid ahora mismo consiste en entrenarse para los compromisos de su equipo nacional, como el que va al gimnasio o hace crossfit cuatro veces por semana para llegar a punto al finde y quemar el Tinder. Lo que pasa es que la gente suele pagar por ir a un lugar a entrenarse y Bale, en cambio, cobra. 

Bale disfruta cuando está con Gales, tanto que Florentino debería preguntarse si no son los galeses los que tendrían que firmar sus nóminas. Allí, en las verdes praderas cubiertas de cieno, sí que está dispuesto a darlo todo. Con Gales corre y marca. En Gales pasa de explicarse ante nadie porque son los demás los que deberían estar avergonzados. Del Madrid abdicó en 2018. Desde que ganó la final de Kiev contra el Liverpool con una chilena para la Historia Bale considera su compromiso legal con el club una nadería, a lo mejor hasta lo ve como una molestia, un verdadero coñazo que le obliga a madrugar y  entrenarse todos los días en la capital de un país en donde vive desde entonces como el protagonista de la película Moon de Duncan Jones: aislado en la Estación Espacial Gareth Frank Bale, paseándose como un fantasma por Valdebebas, arrastrando unas cadenas que nadie ha visto nunca, el fantasma melancólico de un castillo escocés de los tiempos de María Estuardo. 

Lo que no se sabe es quién desterró a Bale del Real Madrid, ni por qué. En cuanto se fue Ronaldo se le aclaró el panorama, por fin, para dar el último paso de su carrera y convertirse en el rey de reyes. Pero Bale no quiso y yo creo que, en realidad, no supo, ni pudo. Al mes de verse solo en las cumbres borrascosas del liderazgo, se despeñó a sí mismo por un abismo de irrelevancia, y allí se quedó a vivir, rompiendo todos los espejos para no verle nunca más el rostro a ese hombre inhábil para la jefatura.

En Bale se ha producido una mutación. Su aspecto físico es la prueba más elocuente. En el verano de 2013 llegó a Madrid un chaval sonriente lleno de entusiasmo. Su cara reflejaba timidez y determinación. El pelo corto evocaba al recluta que se incorpora ilusionado a un batallón que lucha por la conquista del mundo. Su primer año fue memorable, ilustrado por su cabalgada plena de vigor, purasangre, en la final de Copa: el Madrid, en efecto, había fichado un Ferrari. El Ferrari se refinó en un Rolls y dos años después transportó al primer Madrid de Zidane a una Copa de Europa y la casi-remontada liguera más espectacular del nuevo siglo. Ese otoño el motor se gripó y el Rolls fue perdiendo potencia, elegancia y empaque. Redujo prestaciones, se convirtió en utilitario lujoso pero raramente eficaz. Su camino terminó en Kiev con una acrobacia y un golpe de genio. 

Bale lleva tiempo bordeando el despido por razones objetivas, pero lo de esta semana cruza la raya del despido disciplinario

Por el camino se dejó crecer el pelo. Le creció tanto que se lo sujetó en una cola de caballo. También le creció la barba, una barbita de chivo, rala y sucia, barba de adolescente lampiño. Fue perdiendo el gusto por su profesión, la gioia por jugar al fútbol. Su rostro fue poco a poco enajenándose de cualquier indicio de alegría, transformándose en estatua de piedra. Ahora parece un prejubilado de la banca, un tipo que vive la vida por encima del Bien y del Mal, agotando los plazos de su contrato como François Hollande en sus últimos meses en El Elíseo o como Pablo Casado sigue atrincherado en su despacho de Génova: indiferente para todo el mundo, incluso para ellos mismos. Hubo momentos, como al final de la segunda Liga de Zidane, la coronaliga, en los que abandonó el hieratismo para aparecerse ante las cámaras como un histrión. Bale utilizó las gradas vacías de los estadios, donde la estupidez coronavírica trasladó temporalmente los banquillos, como escenario de sus comedias, de sus bufonadas. Se hizo meme, pero como pasa con todos los memes, su vida útil duró poco. 

Bale lleva tiempo bordeando el despido por razones objetivas (desplome del rendimiento, manifiesta falta de adaptación a un cambio en las condiciones de su puesto de trabajo, ineptitud obscena) pero lo de esta semana cruza la raya del despido disciplinario: es un abuso de la buena fe del empleador flagrante, lo que pasa es que el empleador contradice el bernabeuísmo castizo y rehuye el conflicto. Su comportamiento es un insulto al Madrid y a sus compañeros. Por ejemplo, hay que fijarse en Benzema, que lleva más de dos años jugando con un dedo roto que probablemente se le quede para siempre torcido. Benzema no para y se opera porque eso sacrificaría gran parte de las opciones de su equipo a ganar cualquier cosa.

Todo el tiempo que Benzema ha pasado en estos últimos cuatro años adelgazando, haciendo de su cuerpo fibra de carbono, mejorando cada uno de los aspectos de su juego, puliendo su talento, lo ha pasado Bale adquiriendo nuevas habilidades en el putt. Ha derrochado un talento inmenso, puede que el último gran talento clásico (el tercero en la era de Cristiano y Messi), como un lord inglés que se recluye en su palacete de la campiña a vivir de las rentas. Se ha vuelto invulerable, intocable, tras esa coraza británica de la flema: le da igual todo, su sinvergonzonería es inatacable, se ha dado cuenta que el truco del Don Tancredo es una de las claves de la vida, actuar con seguridad y no llamar nunca la atención, para que su cara dura pase inadvertida. Como viene de Inglaterra, resulta gracioso. Si fuera español y cayera en gracia a algunos periodistas habría en Twitter. quien pediría cárcel para él. 

Me gusta imaginar a Bale chuleando a Santiago Bernabéu de esta manera. Seguramente el hombre que mandaba desalojar de cochazos el aparcamiento de la Ciudad Deportiva para mantener el ethos franciscano de la institución haría lo mismo con el de Bale pero con Bale dentro. El Madrid se ha gastado su salario de estas últimas tres temporadas (gracias a Dios que la mitad del de la anterior se lo pagó el Tottenham) en chatarra: 96 millones, que fue lo que costó, para asegurar el futuro de los nietos de un futbolista cuya abulia hace sospechar que alberga un terrible agravio para con el club. Un club que lo fichó para ser príncipe y en donde en efecto, durante un tiempo, lo fue. 

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