El periodismo, la corrupción y la jauría

Enemies of the people

Hay una escena en una película de Nolan que convierte a esa película en la mejor de su trilogía sobre Batman. Bane, el villano que venía a salvar a Gotham, asiste en segundo plano a uno de los simulacros de juicio organizados por Jonathan Crane. El acusado, un corrupto, escucha la sentencia del juez-psiquiatra. Está sentado a unos 15 metros de Crane, que preside la sala encaramado a un torreón construido con mesas de oficina. Al ver la escena lo más normal es pensar en Roland Freisler. Pero no por nazi, que es la reducción fácil y superficial, sino por la justicia que se servía en los dos casos. El acusado podía ser un corrupto o un ciudadano normal; la acusación podía ser verdad, media verdad, o mentira. Daba igual. Lo putrefacto era el proceso. Los lacayos llevan por la fuerza al acusado ante el juez, el juez lee los cargos y la sentencia. Antes, humilla y reprende al acusado. Hay regocijo popular durante el proceso, porque «al fin se hace justicia» con los que han estado robando y mintiendo al pueblo. El pueblo es la turba, la banda de matones que sienta al acusado y que jalea al juez que «hace lo que hay que hacer».

En la película, tras el primer acusado le llega el turno al comisario Gordon. Tres matones del pueblo se le acercan y le dicen que está detenido, por la autoridad que les confiere la ciudad de Gotham. Se refieren a la autoridad de Bane, pero la clave del mecanismo psicológico que justifica el proceso popular es el autoengaño. Trabajan para un tirano porque el tirano les permite ser jauría desatada, pero los perros rabiosos sólo muerden y ladran, y la turba aspira a algo más. Aspira a las mayúsculas, al propósito. El empresario corrupto, el comisario Gordon o más adelante Blake, el joven policía con sólidos principios morales, son enemigos del pueblo, y eso basta. Cualquier proceso y cualquier sentencia serán legítimos, y quien ose cuestionar la nueva justicia será también sometido y expuesto ante la turba.

Esto es lo que está por debajo de todo proceso revolucionario, de todos los ajustes de cuentas con las mafias, el sistema, los vendidosy los corruptos. De los que se producen a escala nacional y de los que se producen en una comunidad de vecinos; de los que llevan a un baño de sangre y de los que llevan al escarnio y la humillación en redes sociales. Cuando se desata la jauría recordamos el placer de ver sufrir a otros, de formar parte de un pelotón justiciero. Da lo mismo que el escenario sea Józefów o Katyn, que los ajusticiados sean del bando republicano o del nacional. Por un momento nos sentimos poderosos, porque participamos en un proceso de linchamiento contra gente que está en una posición más alta.

Un político corrupto, un periodista mentiroso, un vecino con chalet y piscina. A veces ni eso; un político de quien se dice que es corrupto, un periodista de quien se dice que es mercenario, un vecino con chalet y piscina en vacaciones. A veces ni eso porque eso, lo que sirve como justificación, no es más que una excusa. En realidad el acusado no está ahí por sus crímenes, ni siquiera cuando esos crímenes existen, sino por el crimen colectivo de la casta, de la clase extractora, de la élite, de los mercenarios, de aquellos a los que les va mejor que a nosotros.

El objetivo de la furia justiciera encaja en la idea de que hay un ellos y un nosotros, de que ellos forman parte de una conspiración par saquearnos, engañarnos y empequeñecernos

El objetivo de la furia justiciera no es conducido hasta la silla por sus actos, sino porque sirve como ejemplo para otros. Porque encaja en la idea de que hay un ellos y un nosotros, de que todos ellos son lo mismo y forman parte de una conspiración para saquearnos, para engañarnos y para empequeñecernos. Y en esa conspiración están incluso los que han denunciado saqueos reales y mentiras gubernamentales. También ellos, porque la esencia de todo el proceso no es defender la verdad ni la justicia, sino exhibir el poder fugaz de someter a otros y animar al que pone una zancadilla para que pise y escupa al caído, a sus amigos y a su familia.

Hay personas que viven de todo esto. O que viven para todo esto. Algunos llevan años financiando y organizando linchamientos y tribunales populares con el apoyo de políticos y personalidades de la izquierda. Y los políticos y personalidades que los apoyan cuentan con la simpatía, o al menos la tolerancia, de los que entienden que si hay que elegir entre el sometido y el comité de linchamiento, lo más cómodo es apagar el móvil.

Algunos creen que Alvise es lo que nos hacía falta en la batalla por la virtud y la verdad: tiene cojones la cosa

Ahora llega el turno de la derecha. Llegó hace tiempo, en realidad. Pero estos días la campaña se ha intensificado. Y alrededor del personaje, del Crane en la calle que husmea o manda husmear, se ha formado un comité de jaleadores. Algunos de modo cínico, porque es lo propio de la época o la edad; otros con sincera entrega a la causa. Estos últimos creen que Alvise es lo que nos hacía falta en la batalla por la virtud y la verdad; tiene cojones la cosa.

Los que no están afectados por el arrebato se limitan a decir que no es más que una manera de equilibrar las cosas, de igualar el tablero. Y con cada nueva víctima tienen que forzar un poco más la máquina, hasta el momento en que la víctima sea alguien cercano y digan que, hombre, nunca se lo tomaron en serio ni lo defendieron de verdad. Era todo una broma, un pequeño exceso, un recurso literario. Otros no; otros llegarán hasta donde sea en su defensa del personaje.

Cuando se leen algunas de esas defensas podría pensarse que estamos ante un nuevo Chaves Nogales, un nuevo Gareth Jones. Pero nada más lejos, claro: Chaves Nogales era un tibio, y Gareth Jones probablemente un vendido, porque trabajaba para la prensa cómplice y criminal que silenciaba el horror soviético. Esto es otra cosa, más cercana a los escritos de Sid Hudgens, el personaje de Ellroy, o de Robert Harrison. Gente que sí se ocupaba de lo importante, de los secretos, de la basura. Gente que sí era capaz de derribar a otra gente¿Gareth Jones? ¿Qué consiguió Gareth Jones?

La mayoría de nosotros somos y seremos siempre personas mediocres, personas sin contactos y sin influencia. No hay nada malo en ello. Ni somos Batman, ni llegaremos a codearnos con Bruce Wayne. Esto no es excusa para que nos arrimemos al primer Crane que aparezca. Tampoco nos obliga a conformarnos con ser un policía corrupto o un ciudadano pasivo. En la película de Nolan, las escenas de acción están protagonizadas por un vigilante que encarna todo lo que no podemos ser. Las escenas heroicas, en cambio, las protagoniza un joven policía, un tipo corriente con una moralidad simple pero bien formada. Sabe que hay corrupción en su ciudad, y que incluso alguien como Gordon ha sido de algún modo parte de ella. Pero también sabe que entre Gordon y Crane la elección está clara: oponerse a Crane, ser compasivo con Gordon y tratar de ejercer su profesión con honradez y sin caer en atajos morales.

Nunca se contarán historias sobre alguien como John Blake, ni será Blake quien cuente la historia de su ciudad. Pero la nuestra es la única historia sobre la que tenemos cierto control, y es la historia que estamos condenados a leernos a nosotros mismos y a quienes nos son cercanos.

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