El nazismo de Vox, hito de la caricatura

Vox Madrid Cartel electoral de Vox vandalizado

Por mucho que se intuyera, no deja de ser relevante que el uso del lenguaje que el populismo de izquierdas ha consagrado en España esté resultando en un pesadillesco atracón de significantes vacíos cuya última motivación es la radicalidad. Ione Belarra, que pasa por ser una de las ministras menos y peor preparadas de la Historia de la democracia de este país, lo ha recordado llamando «evidentemente nazis» a los representantes -y por tanto a los representados, que son 3.656.979 de españoles- de la tercera fuerza política del país según el implacable guion electoral.

» Resultados Elecciones Generales 2019

La progresión de las palabras gruesas en campaña es un hábito, sí: no tanto que estas se instauren en un discurso acomodado de repulsión que sistemáticamente desdibuja el principio democrático de libertad de pensamiento, expresión y elección. No es que las ideas alzadas de Belarra o de cualquier otro vayan a condicionar necesariamente el voto de quienes tienen en Vox a su referencia política, pero más importante que su intención disuasoria es el envilecimiento del tribalismo al que se dirigen y que en las pasadas elecciones generales sumaron medio millón de votantes menos que aquellos a los que desprecian.

Como es sabido y ha quedado demostrado numerosas veces a lo largo de la peculiar Historia contemporánea de España, una mayor representación en las urnas no está siempre relacionada directamente con la proporcionalidad del sentimiento en las calles, menos aún si entramos a valorar condiciones complejas como la adscripción popular a la política de masas. En las generales del 10N de 2019, la participación no llegó al 67%. El miedo que vicia las graves acusaciones de la oposición -que irónicamente gobierna el país- lo ceba la previsión de pérdida total y lacerante de credibilidad y, a largo plazo, la posibilidad de que el propio proyecto nacional sea sometido a revisión una vez termine el escrutinio en Madrid.

En el programa de la ultraizquierda -abonada al odio y la violencia– es inadmisible que territorios que han sido coto privado histórico de sus potenciales aliados (Usera, Coslada, Fuenlabrada, Móstoles…) hayan abierto sus horizontes ideológicos, en una suerte de despertar obrero cósmico del que Podemos sólo ha participado coyunturalmente. Incluso en Vallecas el voto a Vox demostró en las últimas generales estar mucho más lejos de la marginalidad de lo que los narradores pretenden hacer creer: en la Villa, por ejemplo (92.000 habitantes), Podemos sólo sacó 1.300 papeletas más. Y todo eso fue antes de la crisis de los 120.000 muertos, los 6 millones de parados, los récords en opacidad institucional y cargos a dedo -donde por cierto podemos incluir a la pareja de Belarra, de activista de barrio a consejero del grupo parlamentario-.

Evidentemente Vox no es nazi y no hay nada en España ni medio parecido a la ultraderecha, pero a esta burda batalla del lenguaje hay que presentarse igualmente

Evidentemente, Vox no es nazi y no hay nada en España ni medio parecido a la ultraderecha, pero a esta burda batalla del lenguaje hay que presentarse igualmente. Así lo demuestra el hecho de que en los últimos meses absolutamente nadie haya tomado parte activa del debate público con mensajes inequívocamente nazis ni provocado el menor incidente en los actos electorales de las izquierdas. Pero en un país que ha demostrado una profunda y triste docilidad social ante encierros, restricciones y afrentas constantes a la convivencia en bruto del conjunto, preguntarse cuánto cuesta un mena o sencillamente mencionar este acrónimo -al que sólo ha dotado de significado peyorativo la sobrerreacción de la izquierda- está enmarcado en las causas de debate prohibidas, algo poco natural en las democracias plenas.

Dando por sentado que en campaña todo vale -y cuando escribo todo soy perfectamente consciente de lo que esto podría incluir-, no se compartirá las suficientes veces la certeza de que el hipervitaminado lenguaje belicista, que incluye muchos de los hits escurridos con el progresismo como las alusiones armamentísticas o la caricaturización del enemigo, sólo añade a la crisis un barniz de grotesco tremendismo, propio de quienes se saben derrotados en lo esencial. El notorio retorcimiento de los mensajes, su abyecta desnaturalización y lo que pueden llegar a significar ciertas palabras para un pueblo encadenado son causas de abono a la cultura del enemigo. Algo que facilita participar activamente de la miseria más grande jamás contada en este país.