El fantasma de las soledades futuras

Ad Astra 2019 Brad Pitt
TIEMPO DE LECTURA | 3 minutos

Brad Pitt eleva en Ad Astra todo lo que los poderes fácticos, el lobby sobredimensionado del fin del mundo y el comprometido -por dependiente, no por altruista- mass media quieren que sea Greta Thunberg: un emisario de la devastación. Este, al menos, es adulto y creíble. Por qué las apenas dos horas de Ad Astra se hacen inagotables es otro debate, supongo que empezamos a cansarnos de que el mundo nos lance contra la pared a través de sus ídolos, sobre todo si es para inculparnos. La película es, de principio a fin, todo lo que se propone y no cede mucho margen ni a la interpretación ni a la glosa. Se ha escrito muy variado sobre James Gray y la ascendencia filosófica de este film, con Kierkegaard y el moderno existencialismo de parangón. El complejo de la soledad, el atisbo de la ira frente al hombre tranquilo. El personaje interpretado por Brad Pitt abre la película con un breve soliloquio sobre su existencia subjetiva, es un humano concienciado -si no obsesionado- que no puede permitirse despistes. Además, visibiliza la bradicardia, que nunca está de más. Pero antes incluso de que el protagonista posicione al espectador con esta retahíla de solapa interna de libro de autoayuda de saldo, quasi nihilista, ya hay una advertencia en los rótulos, situando la escena en «un futuro cercano». Es decir, mañana. Obviamente es una sinécdoque, porque no hay un mañana. En Ad Astra, Brad Pitt es tentado a destruir el proyecto que su padre (Tommy Lee Jones) inició en busca de vida extraterrestre y que en la actualidad, paradójicamente, amenaza la supervivencia en el sistema solar con descargas desbocadas de energía. Como Brad Pitt cree no tener nada que perder, viaja a la Luna en vuelo comercial para no levantar sospechas y desde allí hace transbordo en Marte -espacio que la película aprovecha para reivindicar lo azaroso, el viaje al pasado, el infeliz reencuentro con lo primitivo- de camino a Neptuno. Allí, claro, se reencuentra con su historia, donde está enquistado su presente.

#AdAstra pone en perspectiva las obsesiones personales y el ciclo de tormentos que nos alejan de la felicidad: TUITÉALO

Las críticas más empeñadas hablan de Ad Astra como una película sobre precisamente eso, la paternidad. El abandono necesario. No es una mala reflexión sobre la conciliación laboral, incluso el propio Brad Pitt ríe cuando expresa que no puede casarse ni tener hijos porque está demasiado ocupado tomándose las pulsaciones. Inalterable, robotizado, alienado. Marxismo espléndido. Durante su accidentado viaje del héroe no varía una sola arruga esa expresión de humano rendido, lo cual no deja de ofrecer un majestuoso contraste con la obsesión del hombre del mañana de encontrar réplica en el universo. Vida inteligente. Compañía. Todo lo que el espectador va digiriendo sobre la marcha en la tibieza del protagonista se encarga de corroborarlo Gray en cada línea de guion, para despejar dudas. Por ejemplo, cuando pone en boca de Brad Pitt las inspiradas últimas palabras que determinan, vaya, que nuestras obsesiones personales frecuentemente nos apartan de lo que queremos y lo que es más interesante, a quienes queremos, porque son igual de efímeros que nosotros mismos. Una reducción metódica del final nos alinea con nuestro reflejo ocupado, domesticado, codependiente de la tecnología, como cuando Greta llora y grita que hagamos más, que no tiremos plástico, que le hemos robado la infancia. El mundo se acaba y estaremos allí no para verlo, sino para rematarlo. Es nuestro único sino, considerando por mundo nuestra única y finita existencia y no el planeta azul que desde la Luna parece una bombilla cuyos filamentos podrían destruirnos, y no al revés, sin que mediara en ello el más mínimo apego.

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