Djokovic resulta antipático, es millonario, no se suma a la mayoría que nos vacunamos. Tiene todos los puntos para ser guillotinado, con el aplauso de la masa arrebatada de orgullo cívico que acusa al hereje de traidor a la Humanidad. Su caso en Australia es paradigmático. Contra el bulo sostenido por muchos medios, el tenista serbio siempre ha aceptado las reglas. Dos paneles independientes de médicos avalaron su exención médica (y a otros tenistas). Pero Scott Morrison, primer ministro australiano, se echó atrás en la autorización de su visado por la presión popular. El Open de Australia intentó que el Estado comprobase la validez de la exención médica de Djokovic antes de que cogiese el avión. Pero pedirle al Estado que sea eficiente y justo es algo que desde Kafka sabemos que es peor que una utopía: una sentencia de muerte civil: «El organismo para el que trabajamos, por lo que conozco de él, y sólo conozco los rangos más inferiores, no se dedica a buscar la culpa en la población, sino que, como está establecido en la ley, se ve atraído por la culpa y nos envía a nosotros, a los vigilantes. Eso es ley. ¿Dónde puede cometerse aquí un error?  –No conozco esa ley––dijo K. –Pues peor para usted––dijo el vigilante».

El intento de deportación de Djokovic de Australia por pertenecer a la categoría de los chivos expiatorios que toda catástrofe produce (parado momentáneamente por un juez), recuerda a otras deportaciones catárticas. Roosevelt no sólo metió en campos de concentración a los japo-estadounidenses. ¡También a los japo-hispanos! Tanto Reagan en EE.UU. como Alan García en Perú pidieron perdón por el grave atentado contra los derechos humanos y la dignidad de los oriundos de Japón en América durante la Segunda Guerra Mundial. A este paso, los legatarios de Macron, Morrison y demás fascistillas contemporáneos deberán pedir perdón hacia 2071 a Djokovic y cía.

Una muestra de que el Estado de Excepción está sustituyendo al Estado de Derecho es que la casta se salta las imposiciones que al resto nos obliga a cumplir

No deja de ser curioso, revelador, peligroso y, finalmente, deprimente que los dirigentes occidentales más fascistoides en cuando a limitaciones de derechos y libertades en tiempos pandémicos hayan sido los «liberales» Macron, Trudeau y Draghi. Liberales progresistas, subrayo.  Dirigentes que se saltan sus propias normas en cuanto no hay una cámara de televisión delante suya. Una muestra de que el Estado de Excepción está sustituyendo al Estado de Derecho es que la casta se salta las imposiciones que al resto nos obliga a cumplir.   Quién nos iba a decir que en comparación con dichos Macron, Draghi, Trudeau y Scott Morrison, nuestro Pedro Sánchez nos iba a parecer un político serio, responsable, contenido y, me cuesta decirlo pero es cierto, liberal.

No sólo los jueces son el último baluarte contra la arbitrariedad liberticida de los ejecutivos. También nos queda la literatura de resistencia liberal.  En esta era de rebaños de ovejas que se convierten a las primeras de cambio en manadas de lobos hay que volver a leer El enemigo del pueblo de Ibsen para aprender su mensaje a favor de la verdad y el individuo contra los intereses espurios y la estupidez de grupo. «Doctor Stockmann: No. Soy yo quien vela por la ciudad. Soy yo quien quiere corregir los desatinos que tarde o temprano saldrán a la luz del día. ¡Y entonces se sabrá cuánto amo a mi pueblo natal! El alcalde: ¡Imaginaciones tuyas, o algo peor! Alguien capaz de proferir tales iniquidades contra el lugar donde vive es un enemigo del pueblo».

También Historia de dos ciudades, donde Dickens nos advirtió contra los virtuosos excelsos del bien y la verdad al estilo de los jacobinos: «Una ley de Sospechosos, que hizo desaparecer toda clase de seguridades en que descansan la libertad y la vida y que ponía a las personas inocentes a merced de cualquier malvado; las cárceles estaban repletas de gente que no había cometido delito alguno y que no podían hacer valer su inocencia; todo eso llegó a ser un orden social y antes de muchas semanas pudo parecer un uso ya muy antiguo».

Djokovic también tiene algo en común con J.K. Rowling: tienen el coraje para soportar la presión de la manada

En el terreno literario, Djokovic también se relaciona con J.K. Rowling, la autora de Harry Potter acosada por defender que el género tiene un fundamento biológico. Tienen dos cosas en común. Ambos son millonarios, lo que sin duda es una ayuda a la hora de enfrentar amenazas políticas y cancelamientos sociales por parte del poder y la masa. Pero, sobre todo, tienen el coraje para soportar la presión de la manada.  En la Grecia de Sócrates había dos conceptos claves en cuanto a la libertad de expresión: la isegoría, el derecho de todos a expresar su opinión, y la parresía, el coraje de decir lo que se piensa. De nada sirve la primera sin la segunda.

A Sócrates lo cancelaron a lo bestia. La acusación contra el filósofo ateniense  fue de blasfemar contra los dioses. En realidad, le atacaban por cuestionar los dogmas de la tribu. En particular, la tribu democrática. No directamente, sino planteando preguntas, cuestionando consensos, en fin, lo que se supone que hace un filósofo. Salvando distancias con Sócrates, lo cierto es que la novelista y el tenista han hecho lo más difícil que se puede hacer en esta época de democracia digital masiva: abrir la boca para decir que no están de acuerdo con lo que llamó Noam Chomsky el «consenso manufacturado», la verdad oficial que a despecho de la verdad real, determinadas castas pretenden imponer a los demás

«Los intelectuales progresistas (…) se mostraban muy orgullosos (…) por haber demostrado que lo que ellos llamaban los miembros más inteligentes de la comunidad, es decir, ellos mismos, eran capaces de convencer a una población reticente».

Progresismo, cuántos crímenes se cometen en tu nombre.

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