Dos gritos a las puertas del verano

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Cuando el Real Madrid fichó a José Mourinho, en los medios se hizo hincapié en que el técnico desempeñaría en el club una función más compleja que la de entrenador: la de mánager deportivo. El perfil del portugués encajaba en una reestructuración técnica que puso en cuarentena a los mandos intermedios: no sólo alinearía y conviviría, también tendría voto de calidad en las decisiones que se negociaran sobre sus jugadores y desde luego, estaría legitimado para liderar reacciones y discursos institucionales públicamente. En cierta ocasión (octubre de 2011) fue el encargado de anunciar oficialmente una renovación, la de Ricardo Carvalho, anticipándose a la nota de prensa del club. En el fútbol actual no hay nada más cercano a los plenos poderes que ir por delante de la comunicación institucional, incluso si ésta es por tradición tan caduca, estomagante y herrumbrosa. Cuando Mourinho percibió que no podía ir mucho más allá en la toma de decisiones -sobre todo en lo respectivo a su plantilla- porque los resultados no lo respaldarían, dio por finalizada su aventura en Madrid.

Cuando se dice que el Real Madrid se equivocó dando a Mourinho tanto poder, se refieren básicamente a esto. A que podía sacar un papel en rueda de prensa, por supuesto preparado con afecto, y afear públicamente a un periodista su discurso bananero. O a que podía encararse con los jugadores más respetados del vestuario pretendiendo que no ocurriera nada. Esta es la línea fronteriza que todavía no se ha diluido en la historia madridista, una historia que por supuesto hacen los jugadores pero también quienes no se atreven a quitarlos. Sergio Ramos acaba de cumplir 33 años. Desde recién aterrizado en la capital se habló de él como el heredero de Fernando Hierro, que llegó a los 35 y a quien retiró una temporada nefasta en lo personal, rematada con varios partidos en los que evidenció no estar preparado para seguir compitiendo al máximo nivel y sobre todo con esa intención final de trasladar su malestar individual a un vestuario, aun habiendo ganado la Liga. Ese mismo día, Jorge Valdano -uno de esos mandos intermedios con los que acabó Mourinho- justificó la salida de Hierro (y la de Vicente Del Bosque) apelando al miedo a la decadencia.

Zidane puede parecer otra cosa, pero es primero un hombre genuino de club. Eso sí: como todos los hombres auténticos, Zidane pone condiciones a su lealtad. No es difícil imaginar cuáles han precipitado su vuelta al Real Madrid tras sólo nueve meses fuera. Aunque no es oficial, es probable que al francés le toque encarar algo similar a lo que Mourinho no pudo -y quién sabe si no fue lo mismo que le hizo abandonar el pasado verano-. Ha retomado la dirección de un equipo que en toda la temporada ha dado señales de agotamiento generacional y aunque no lo confiesa, necesita estos últimos partidos intrascendentes de Liga para hacerse una idea de qué puede esperar. Su primer movimiento fue recuperar a Keylor, Isco, Marcelo y Bale para el once inicial. De los cuatro, Keylor es el que parece más preparado para seguir siendo importante pese a 32 años y al fichaje el pasado verano de Thibaut Courtois. En su segundo partido, tras enfriar las expectativas en el parón de selecciones, Zidane aprovechó para desnudar todas las carencias de la actual plantilla en la tormentosa victoria ante el Huesca con un gol agónico (3-2). Con el oportuno pretexto de los viajes de sus internacionales, elaboró una convocatoria de convictos, sospechosos y chavales. Usó el partido, en teoría apacible, para escenificar un gran golpe que sin duda debe tener perfilado o al menos imaginado, exponiendo certezas que en otro tiempo fueron miedos, amplificando insalvables estructurales.

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Sin Kroos, Asensio, Carvajal, Casemiro, Modric o Varane, dando a los decaídos la oportunidad de convencer contra el colista de LaLiga. Buscándoles el orgullo. Marcelo, Bale o Isco repitieron en el once. Lo que peor marcha lleva es lo del galés, quien sin duda ya ha dado lo mejor de sí -no ha sido poco- en su etapa en España. A su familiar y soportada frialdad ha sumado una apatía desoladora: es desde hace tiempo un futbolista transparente. La buena noticia para él es que todo lo ganado le mantiene en una posición relativamente importante, cuestión que el club podrá aprovechar en su beneficio si quiere que el ataque, histórica fortaleza de los equipos que viven de ganar, vuelva a organizarse como amenaza y no como casualidad interdependiente. Recuperar, si se puede, aquellos días en los que a las victorias les acompañana un rintintín depreciativo: la flor, la pegada, La Roda. Brahim, titular en el lugar que le correspondía a Vinicius (o a Lucas…), fue el único que probó ante el Huesca desborde y verticalidad. Un chaval de 19 años fichado en enero que jugó media hora en tres meses con Solari.

El uso maquiavélico y estudiado de Zidane de las ausencias no sólo destacó la falta de desequilibrio y atrevimiento en la plantilla: también consagró el pésimo momento de un Marcelo que, como Bale, probablemente no vuelva. Estos dos eventos son sin embargo muestras de un mismo grito: Zidane ya no tiene a su gran goleador y para compensarlo necesita a alguien capaz de abrir las defensas en canal. De infundir miedo, sobre todo. Por supuesto que el deseado es Kylian Mbappé, pero el inevitable, dadas las circunstancias, es Eden Hazard. Hazard, atendiendo a los ruegos de la prensa, lleva fichado cuatro años. Sin embargo, va a acercarse más que nunca al Madrid a la puerta de la treintena -cumpliría 29 a mediados de la próxima temporada-. Es apenas un año más joven que Bale. Se muere por Madrid -o por salir del Chelsea- y a Zidane no le importaría sumarle a su proyecto, seguro. Pero la sensación de que llega tarde es inevitable, una punzada imposible de retener en el pensamiento. Que puede ser importante puntualmente es algo fuera de toda duda, porque Eden Hazard es élite pura. Que es una solución inmediata también. Esto, además, condiciona lo que el público y la dirección técnica pueden esperar de él a largo plazo, salvo que su incorporación se interpretara en clave de convivencia con aquellos (Asensio y Vinícius, sobre todo) que todavía necesitan a alguien que los libere de la presión de echarse el equipo y los resultados a la espalda. Un jugador de cien millones siempre cargará con esa exigencia de forma más natural, lo que además puede aliviar las caras raras de los días malos. Que le pregunten al mismo Bale.

Pero si hay un grito que Zidane se ha esforzado por hacer llegar, ese es el del músculo y la contención. Zidane requiere un equipo con carácter en el que los egos estén sujetos al cartel. Luego sonreirá en sala de prensa y negará cualquier problema, pero en el día a día no puede permitirse la permeabilidad de los más jóvenes. Que ante el Huesca alineara a Llorente, Ceballos e Isco en el centro del campo ensalza su figura más reconocible, el encogimiento de hombros y el no sé. Quizá ande a vueltas con otro nombre, el de Paul Pogba, que por edad (26) está más cerca de su esperado punto álgido, cuyo agente -Mino Raiola- trabaja como ninguno los titulares y filtraciones bajo mesa. Esto no es baladí, porque los agentes que controlan los medios no siempre controlan el mercado pero al menos sí pueden llegar a viciarlo. Mino Raiola mantiene relaciones estrechas con muchos periodistas españoles. Y cuando no en Madrid, en Barcelona. Quizá esta vez Florentino se atreva, porque Pogba, con sus cosas -que son muchas…-, encaja ahora a la perfección en ese puesto que reclama el irrecuperable Madrid timorato y educado: físico, presencia, camisetas, boom, pie ágil y anarquía. Por supuesto, si de Zidane dependiera la cosa no terminaría en colorear lo evidente. Pero sería un comienzo, sin duda.

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