Derecho a dudar

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Seis victorias en seis partidos ante selecciones de países infrarrepresentados en la élite del fútbol europeo y aun así la española 2019-2020 sigue pidiendo un acto de fe que sólo un patriota puede librar. Para toda una generación España no será un deber sino una obligación y eso es algo que perdurará quién sabe cuántas décadas: si Thiago, Isco, Saúl, Ceballos, Rodrigo o Alcácer no son de inmediato Iniesta, Xavi, Silva, Cazorla, Villa y Torres siempre quedará en el aire un rastro tóxico de comparación desproporcionada que impedirá valorar el carácter y propiedad de los primeros debidamente. Pero esas son las reglas no escritas del fútbol y muy concretamente del periodismo deportivo, que será quien dicte sentencia a los aficionados. Lo ha hecho ya con De Gea, suplente regular de Kepa Arrizabalaga sin que nadie vaya mucho más allá de la terca asunción de roles. En eso ha trabajado de forma excelente el cuerpo técnico que encabezó Luis Enrique, el seleccionador perfecto para este país, que ni debía ni dio explicaciones (aunque zozobrara en la gestión pública del asunto Jordi Alba). Robert Moreno, su compinche y ahora primer encargado de llevar a término la clasificación para la Eurocopa 2020 multisede, va aprovechando la inercia y el método. Si logra mantenerse al margen de las filtraciones, si no da su brazo a torcer con las titularidades y sobre todo si resiste a los primeros runrunes cuando España empate o pierda contra un rival mayor, ya tendrá tres cuartos del camino recorridos.

La España de Robert Moreno exige paciencia. Luis Enrique siempre se escudó en el tiempo y los caprichos del deporte para liberar de necesidad a un equipo cuya cúpula directiva hizo el más rotundo de los ridículos a dos días de debutar en Rusia 2018, condenando al grupo a la desconfianza y la soledad. Aunque el 18/18 en esta fase de clasificación sea un poderoso aval para la credibilidad del proyecto, los interrogantes abiertos pesan más de cara a un enfrentamiento que exija decisión y sujeción mental del error. Robert Moreno, por ejemplo, tiene aun que decidirse por un 9 referencia que no falle lo que Costa o Morata en las últimas grandes citas (2014, 2016, el propio 2018); tiene que encontrar un sustituto a Piqué dos años después de su retirada internacional de entre los diez nombres que han probado en este tiempo y, lo más importante, tendrá que encajar el exuberante talento productor en la idea noble de un centro del campo a tres alturas que comparte con muchos de los equipos más vistosos y fiables del fútbol actual. Considerando, eso sí, que uno de los puestos pertenece a un hiperespecialista posicional. Cuando Zidane recogió los pedazos del Madrid de Rafa Benítez, fue lo primero que instaló: un pivote real. Sobre eso, construyó tres Champions League consecutivas y una Liga además de varios títulos derivados.

Cuando a #España le toque diferenciarse, puede que Busquets tenga que dar su primer paso atrás y asumir una suplencia inevitable a corto plazo: Clic para tuitear

Sergio Busquets sigue siendo el cinco preferido por el escudo aunque en muchas ocasiones en los últimos años haya pedido a gritos un acompañante no que lo complete, sino que reduzca sus pérdidas. En el Barcelona encontró a Rakitic y después esa posición ha cambiado de nombres entre Coutinho, Vidal o Arthur hasta que se apostó definitivamente por De Jong, un futbolista de ochenta millones de euros. De Jong no ha fichado por el Barcelona para ser Busquets, ni siquiera para parecérsele: más bien para rellenar el espacio que Busquets ya no cubre mientras el club da con otro pivote a medio plazo que, en dos o tres años, ya lance a De Jong hacia lo que en el club creen que puede ser cuando alcance su madurez deportiva. En la selección española los tiempos son distintos y por eso Robert Moreno ha incorporado a la rutina a Dani Parejo, futbolista que ha bajado al infierno tantas veces que a veces lo confunden con el mismo Cerbero. La flexibilidad en esta fase de clasificación ha permitido que la alternancia entre Busquets y su similar, Rodrigo Hernández (Rodri), haya sido digerida de forma natural, sin polémicas ni aspavientos. Cuando a España le toque diferenciarse, puede que Busquets tenga que dar su primer paso atrás, enrolarse en el banquillo y permitir a Robert Moreno desarrollar su idea de centro del campo a tres alturas, apoyándose o no en el trabajo, visión y sacrificio de Parejo al lado del pivote en plenitud que no le obligue a acercarse tanto a la base en recepción balón.

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Cuando Robert Moreno se decida entre Busquets y Rodri, y siempre que quiera conservar el plus organizativo que da un jugador como Parejo, la duda será si la nueva España se construirá sobre el acero o la plastilina. Fabián Ruiz, Thiago, Suso, Ceballos, Canales u Oyarzábal no son promesas, son futbolistas de inspiración instantánea: es decir, del tipo de jugador que juega entre cincuenta y sesenta minutos por encuentro en un gran torneo, el tiempo que necesita un preparador para pulsar su vibración y cuáles son las opciones de que acaben decidiendo un partido hosco. Al final, rotarán entre ellos. Es decir, habrá mínimo un puesto en el once reservado a un generador de espacios, algo imprescindible en un país que últimamente sólo cría delanteros de ruptura y cuyo hábitat está más cerca del punto de penalti que del área pequeña. Como fuere: existe mucho entre lo que elegir aunque no tanto por lo que apostar. Por eso esencialmente discrepo del optimismo en prensa respecto a los brotes verdes: Elena Salgado, vicepresidenta segunda y ministra de Economía de Zapatero en su segunda legislatura, viralizó esta expresión -con connotación satírica- cuando los indicadores empezaban a parpadear en rojo y las familias leían con preocupación los titulares sobre la crisis al pasar por delante de un quiosco. España todavía necesita una gran crisis -futbolística, por favor- para purgar las numerosas dudas y situarse en lo razonable.

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Fuera de ese margen razonable nada la abundancia opinativa. Con la selección española ha ocurrido algo mágico desde la Eurocopa de 2012: a cada torneo le ha correspondido un torrente de reproches ideológicos, compartimentados por equipos, filias y deudas pendientes. El periodismo que sigue a la selección habitualmente es el menos fiable de todos, porque como órgano de poder la Real Federación Española de Fútbol no tiene rival. La mayoría sólo puede entrevistar a las grandes figuras de los grandes equipos cuando están con el combinado nacional, ventaja suficiente para enfriar cualquier discrepancia desde los grandes grupos: orquestan silencios, estrategias de comunicación integral sobre qué decir y cómo. Administran el sentimiento. Y desde luego, cuando coinciden sobre algo es inevitable sospechar instintivamente de la razón que esconde esa nomenklatura perenne, cuyo fundamental mérito, no molestar, representa el agravio periodístico último. Y como la selección es fútbol pero también es sentimiento -no olvidemos que representan símbolos de unidad nacional a los que se comparan en identidad-, todo el afán literario cercano no responde más que a cuestiones tácticas. Al final, te sorprendes alienado leyendo una y otra vez la misma crónica, editados únicamente los nombres de los participantes, hasta que una hecatombe sacude la causa pública, política y futbolística. Por suerte, las crisis, como el talento, tampoco son espontáneas.

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