Cuando todo es Trump, nada es Trump

donald trump con pedro sánchez donald trump con pedro sánchez

Producciones Redondo & Co. tuvo que esforzarse mucho para pasar por encima de las decenas de miles muertos por coronavirus y de los cientos de miles de empleos destruidos en tiempo récord. Para ello, activaron un protocolo infalible: el de la desinformación. Al comienzo de la crisis, todavía en primavera, este fue su primer y principal activo. Imbuidos por la comparación meta, adquirieron el pack de la posverdad y lo importaron en momento de zozobra social y política. Fue durante las semanas en las que se reclamaba lealtad a la oposición para no obstaculizar demasiado el inconexo plan de amateurs que se fraguaba en los desangelados pasillos del Congreso. No han sido los únicos, pues todos los populismos -extensión rica y multiforme- han calado históricamente en épocas en las que el individuo dejaba de hacer pie en su autoconsciencia. Una pandemia mundial aparentemente espontánea -aunque ya sabemos que no fue del todo así- acercó la oportunidad de concentración de poder a la que ningún ser humano puede renunciar.

Casualidad o no, y ya en posesión de los recursos y técnicas aprobados por el canon social de la digitalización y el big data -verificadores al frente-, el Gobierno cayó en repetidas ocasiones en retórica de lugares comunes que durante la penúltima campaña electoral estadounidense había reclamado Donald Trump. Trump ha sido muchas cosas, pero sobre todo referencia para los aprendices autoritarios occidentales. La paradoja de la desinformación no es cosa de Redondo, Bannon o Trump y se construye sobre ideas reiteradamente estudiadas en la Historia de la comunicación, esencialmente tres. A saber: el esquema del ruido de Shannon y Weaver, la teoría de la aguja hipodérmica de Lasswell veinte años después de su primera formulación en periodo de entreguerras y el estudio del agenda setting, hoy un sintagma hipernormalizado que entre los años 60 y 70 se desarrolló ampliamente sobre el control de los medios, esto que décadas después llamamos simplemente la agenda -y no siempre de forma peyorativa-.

El reduccionismo inopinado que acompaña a la trumpización de la política -o mejor dicho, de su vigencia comunicativa- proliferó en los meses en que Sánchez necesitó ocultar los ataúdes del Palacio de Hielo, las protestas de mayo en varios puntos de España o la inenarrable secuencia de meteduras de pata que en la coordinación y mando de ministerios y consejerías resultó en los datos macabros que hoy conocemos. Sin embargo, se corre el riesgo de deslocalizar la orden primera del trumpismo: la verdad única. En palabras literales, «los hechos alternativos». Este término define la versión oficial por encima de cualquier otra únicamente por proceder de los organismos gubernamentales, lo que abre la puerta a infinitas posibilidades de verificación y réplica que, sorprendentemente, los medios destinados en la actualidad a este fin no suelen aprovechar. Convertir a los escépticos -y peor, a los miedosos- en seguidores de la versión oficial es primordial cuando la administración falla y la respuesta es el abismo.

Todos los colaboradores necesarios del Gobierno han contribuido activamente a esa caricaturización del trumpismo pretendiendo comparar, precisamente, a sus adversarios con la otra cara que la política estadounidense ha redescubierto en los últimos cuatro años: la posverdad, que es manipulación grotesca, rayana en la autoparodia, y que de burda y gruesa ni siquiera parece una preocupación fundamental para los verificadores. Como si hubiéramos asumido que los políticos van a decir barbaridades y que hagas lo que hagas siempre habrá gente dispuestos a creerlos, como de hecho así ha sido. En España todavía hay gente comparando que la Comunidad de Madrid incluyera pizzas en menús para los niños sin recursos con que el Gobierno central gastara 30.000 euros por capítulo en una serie emitida en prime time en la televisión pública para reírse de la pandemia -y difundir bulos, como que los niños eran supercontagiadores-.

Atribuir a Donald Trump responsabilidad única de la crispación sería tan temerario como señalar a Twitter como cooperador útil del discurso del odio

No deja de resultar curioso que Twitter, la red referencia de estas prácticas uniformadas y con patrones muy definidos -como el apoyo de grandes cuentas, siempre de personalidades implicadas en medios o lobbies- sea hoy la principal censora de Donald Trump. Tal vez tenga que ver que siendo presidente anunciara reiteradamente que tomaría medidas contra grandes plataformas partidistas que contribuyen con sesgo editorial a desnivelar la opinión pública, algo notorio e indiscutible desde el mismo momento en que Twitter segmenta, elige o aplica diferentes algoritmos sobre la información que considera relevante. Lejos de enfriar la guerra, Twitter inauguró con motivo de la campaña electoral estadounidense de 2020 su herramienta censora, hasta el punto de llegar a silenciar declaraciones públicas de nada menos que el presidente de los Estados Unidos, marcarlas como inexactas, impedir su difusión o incluso congelar la propia cuenta.

En este sentido, el foro democrático tuitero no es muy diferente a cualquier otro gran grupo empresarial volcado en la comunicación, incluyendo sus cabeceras, prescriptores y negocios paralelos. De hecho, Twitter revolucionó el periodismo digital, que probablemente se sienta en deuda. En España muy poca gente conoce cómo funcionan las denuncias en masa, quiénes las tramitan, quienes ejecutan. De un día a otro un político incómodo o adicto a la mentira puede recuperar su cuenta sin esfuerzo siempre que su versión de las cosas esté correctamente alineada con la verdad: a su vez, un usuario cualquiera puede perder cualquier privilegio sobre el libre uso de su perfil si toca el botón que no debe o, lo que resulta más interesante de estudiar, molesta a quien no debe. Controlar lo que se dice en redes no es ya un complemento a la comunicación política: es desde hace tiempo la herramienta fundamental con la que se ha revitalizado la teoría de la aguja hipodérmica mencionada antes.

La violencia y la crispación vividas en Estados Unidos antes, durante y después de las últimas elecciones se pueden analizar desde infinitos prismas, pero atribuir a Donald Trump responsabilidad única sería tan temerario como señalar a Twitter como cooperador útil del discurso del odio. ¿O existe algo más autoritario o antinatural, en el contexto de la era de la información, que elegir y de forma tan poco arbitraria quién puede hablar o quién puede decir qué?

En España esta lección está perfectamente desarrollada y aprendida. Se ha escrito mucho sobre las aspiraciones eminentemente violentas de una parte significativa del Congreso actual: ministros, vicepresidentes y diputados que han coreado agresiones -o han sido condenados participar en ellas- miran con preocupación el incidente del Capitolio. Aplausos a terroristas, normalización de la agresividad, insultos habituales. En España se abofeteó a un presidente sin grandes consecuencias. Se llamó a rodear el Congreso cuando gobernaban otros y se anda negociando el indulto de quienes activaron masas violentas en Cataluña contra la legalidad y, lo que es peor, la mitad civilizada. Reventar actos de campaña de partidos non gratos, organizar chavalería menor para enfrentarse a la policía y originar debate moral: al fin y al cabo la guerra de guerrillas es un complemento perfecto a la manipulación de masas. Sólo que la intifada es ahora tuitera.

La ridiculización de la mentira y el absurdo que el 45º presidente de Estados Unidos ha motivado en los poderes fácticos -y que la ciudadanía ha devorado siempre gracias a la recurrencia de las voces autorizadas- es un cliché que debería pasar a la Historia como tal aunque a diario nos desayunemos comparaciones desacertadas e injustas. Trump tenía en contra a Twitter y la furibunda mayoría rabiosa de privilegiados aspiracionales que gobiernan los medios, justo lo contrario que el bloque moralista que propugna verdaderos actos de fe en los propios. Hasta la categorización de populismo es ya pura retórica. Cuando todo es Trump, nada es Trump: y pervertir el historial de violencia, polarización y degradación del debate público suponiendo que sólo puede tener un padre es un excelente primer paso hacia otro periodo de entreguerras en el que vuelvan a reformularse las más importantes teorías de comunicación política de masas.