Se abre el telón y los directores de la inenarrable Swiss Army Man (2016) despliegan, en dos horas y media, la heroicidad más corrosiva escrita nunca sobre salud mental, estados de duelo y descomposición familiar. Se cierra el telón. Ya sabes cómo se llama la película: Todo a la vez en todas partes (del original, Everything everywhere all at once), pero también has descubierto que el telón era en realidad un espejo. Y que te has estado mirando en él cada fotograma sin apenas darte cuenta, porque ese mundo desdibujado es el de todos y la realidad que habitas no tiene escapatoria. Y con esa revelación llega otra ulterior, nietzscheana, con la que es más complejo lidiar: no has visto una película, has presenciado un acontecimiento generacional.

Todo lo que se cuenta en Todo a la vez en todas partes está construido siguiendo un canon babélico, como no podía ser de otra forma, sugiriendo distintas emociones y estados en cada segmento. Lo que empieza como un semi-drama kenloachiano de una familia con dificultades de convivencia notables salta en un momento concreto -el momento de enfrentarse a Hacienda, nada menos- a un desconcertante macguffin surrealista, que de primeras no parece querer tomarse demasiado en serio. Durante unos minutos, es sencillo sospechar que la comedia propuesta puede arruinarse en función de si elige el camino de la Coherence (2013) de James Ward Byrkit o Jacuzzi al pasado (2010) de Steve Pink: esto es, si en los malabares de la ciencia ficción, su fantasía de multiversos y realidades paralelas dadaístas pierde, como parece por unos instantes, pie con lo que pretende transmitir. Pero nada más lejos.

En esa frontera con la payasada, la narración decide tomar abiertamente un camino y es donde uno empieza a tensarse sobre la butaca. La idea de los Daniels (Scheinert y Kwan, los directores de la película) va a cobrar identidad justo a tiempo, cuando entra en juego el manoseado tropo nihilista del auto-abandono. El matrimonio (Michelle Yeoh y, sí, Ke Huy Quan, el niño de Indiana Jones y el templo maldito o Los Goonies) no se refugia en realidades paralelas de sus miserias, ni de la auditora fiscal interpretada por una maravillosa Jamie Lee Curtis, sino que está buscando una última y desesperada identidad de conjunto afectada por la negación del elemento distorsionador: la libérrima nueva generación y su especial hipersensibilidad. En efecto, la hija adolescente no puede más. Y conecta a tres generaciones para poner el multiverso patas arriba.

Podría habernos tocado ser una piedra en un planeta inhabitable, y aun así seguiríamos siendo

La revelación del enemigo que ataca y somete todas esas representaciones del mundo obliga al matrimonio, en vías de extinción administrativa, a unir fuerzas «en todas partes a la vez». Esto es, a vaciarse ya desesperadamente por salvar lo poco que pueda quedar del bien común. Aquí la película ha cambiado de tono de manera casi imperceptible y prepara abiertamente su clímax, con los mensajes dispuestos bastante más claros de lo que se sugería durante la primera hora de metraje y facilitando que esa sucesión de gags extraños de pronto signifiquen mucho más. Ya eres Alicia a través del espejo.

El desprecio al sentido del ridículo con el que los Daniels abordan la trama central es decisivo para convertir Todo a la vez en todas partes en una pieza única en la que, misteriosamente, no desentona ni la más estridente de sus ocurrencias. De hecho, el estelar papel de Michelle Yeoh desdoblándose en infinitas realidades paralelas no es más que un mosaico de probabilidades en las que sobre todo cabe lo absurdo y arbitrario, como se nos recuerda en uno de los muchos set pieces estelares de la película: cada vez somos menos importantes. Pero podría habernos tocado ser una piedra en un planeta inhabitable, y aun así seguiríamos siendo. Esta aproximación al debate filosófico llano no distrae un segundo de la razón principal, más bien crea un microclima cruel con vistas al existencialismo optimista, para afrontar el desencanto generacional con un mensaje todavía más simple: podría haber sido peor.

A esta película hay que ir preparado para contener el aliento allí donde creías que sólo te lo pasarías bien

La última premisa recuerda a esa curiosa película de Amy Seimetz que cayó a plomo en el mundo covidiano, She dies tomorrow (2020), en la que la protagonista llega a creer que va a morir mañana y va contagiando de tal alucinación a todos los que interactúan con ella, del más permeable al más razonable. En Todo a la vez en todas partes, el portal interdimensional elegido por las fuerzas del mal resulta ser una adolescente triste, enfadada e incomprendida que no puede expresarse en libertad con quienes más quiere. Y eso es lo último que este mundo, en este momento, se puede permitir.

Clichés aparte: a esta película hay que ir preparado para contener el aliento allí donde creías que sólo te lo pasarías bien. No es en absoluto lo que parece, y sin embargo (o precisamente a causa de esto) amerita cada una de las cosas buenas que se han dicho sobre ella. Superado el tramo de incertidumbre, gana instantáneamente un status que la situará, con el tiempo, entre las obras icónicas de nuestro tiempo. Y todo esto sin perder de vista un segundo el carácter universal de la necedad. Los Daniels han filmado una de las historias más bellas jamás contadas sobre la familia, y lo han hecho en una película quizá algo inaccesible -otra vez con el sello A24 a cuestas- cuyos críticos desecharán muy probablemente en los primeros veinte, treinta minutos. Dirán: «¡qué estupidez!». Y el resto responderemos: esa es justo la gracia. Que todos somos una estupidez.

LO MEJOR » Su nulo sentido del ridículo facilita la comprensión de un mensaje muy contundente que asola a toda una generación. Tardaremos mucho tiempo en ver algo similar.

LO PEOR » Duración, idioma, distribución y formato la pueden hacer inaccesible en tiempos de consumo compulsivo de anécdotas para VOD.

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