¿Cómo se restauran dos tiros en la nuca?

Maixabel, 2021 Montaje de la película Maixabel (2021)

Recientemente se ha publicado un artículo muy interesante sobre eso que por alguna razón se llama Justicia restaurativa. Se publicó, en palabras de sus autores, en respuesta a algunas críticas que ha suscitado la película Maixabel. Más concretamente, en respuesta a las opiniones contrarias a los encuentros restaurativos. Opiniones que, también según los propios autores, serían fruto del desconocimiento. Siempre es de agradecer el afán pedagógico, así que creo interesante leer el artículo, y también analizar algunas de las afirmaciones y reflexiones que se hacen en el mismo.

He destacado algunas de esas ideas y conceptos que los autores han tenido la amabilidad de aclarar, y a partir de esas ideas y conceptos dejo algunas reflexiones personales:

Esta responsabilización -al parecer no es suficiente la declaración en sala judicial- sería posible en el caso de un robo, de un maltrato o incluso en el caso de una violación. Porque el daño se produce a unas personas concretas, pero sobre todo porque el responsable es también una persona concreta. En el caso del terrorismo, ¿quién es responsable? ¿El que pega dos tiros sí, pero el que conduce el coche no? ¿El que remata a un guardia civil sí, pero el cura que esconde a los asesinos no? ¿Y los vecinos que avisan al terrorista de que queda uno vivo? ¿El que pone una bomba sí, pero el chivato que informa no? ¿Todos los miembros de ETA sí, pero el periódico desde el que se les daba voz y legitimación, y el partido político desde el que se les defendía y justificaba no?

Si ETA deja de matar no es gracias a la sociedad ni a los arrepentidos, sino a la violencia legítima del Estado: después cada uno se cuenta los cuentos que quiere

El que pega dos tiros es sólo uno de los participantes en el terrorismo, un fenómeno que va más allá de cada crimen concreto. Es una estrategia colectiva pensada para doblegar a toda una sociedad, y también, esto se suele olvidar, para que una parte de esa sociedad pueda imponer más fácilmente su agenda política. Que un participante en esa estrategia diga que se arrepiente es irrelevante. Que una víctima diga que lo perdona es irrelevante. Y más aún cuando el arrepentido no colabora con la justicia y cuando el resto de los responsables pueden beneficiarse hoy, políticamente, de las décadas de terror que los asesinos, arrepentidos o no, pusieron en práctica.

La sociedad es, pretenden que sea, Maixabel. O cualquier otra persona que haya participado en uno de esos encuentros. Pero la sociedad no es Maixabel ni ninguna otra víctima, y desde luego la sociedad no habla, ni tendría nada que decir sobre las penas por terrorismo en el caso de que pudiera hablar. Las necesidades de las víctimas competen sólo a las víctimas. Algunas podrían necesitar que los asesinos no salieran nunca de prisión, o incluso que fueran condenados a pena de muerte. E imagino que cuando se habla de las necesidades de las víctimas no se está pensando únicamente en las necesidades de las víctimas que deciden comunicar en público su perdón. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Escuchamos las necesidades de estas otras víctimas? O, por no llevarlo al extremo, ¿escuchamos las necesidades de las víctimas que piden el cumplimiento íntegro de las penas? ¿Es posible imaginar un encuentro restaurativo en el que la necesidad de la víctima se moviliza en forma de hostia en la cara del asesino?

No. La protección de los valores colectivos -una expresión bastante extraña, puesto que valores colectivos son también los que comparten quienes justificaron y justifican los asesinatos- requeriría que quienes han atentado contra la sociedad cumplieran una severa condena y fueran expulsados de la vida pública, especialmente si siguen defendiendo lo mismo que defendían cuando decidieron asesinar o apoyar los asesinatos. De lo contrario, se estaría condenando a la sociedad a aceptar a quienes pretendieron aniquilarla, simplemente porque declaran sentirse arrepentidos, y desde luego después de imponer una parte considerable de su agenda. Agenda que incluía fines concretos, pero también una vertiente instrumental: condicionar la forma de hacer política, condenar al exilio definitivo, al exilio geográfico o al exilio interior a quienes podrían haber plantado batalla. «Hay que saber vivir entre diferentes», decía hace unos días la protagonista de la película en la vida real; después, matiz importante, de que los diferentes que molestaban a los asesinos y a los líderes del brazo político fueran sistemática y oportunamente cribados.

En ese sentido, lo que hay es un ritual que debe quedar en el ámbito de lo privado, aunque sólo sea por pudor. ¿O acaso lo que se pretende es que ese ritual de sanación se extienda a toda la sociedad? ¿Se pretende que es toda la sociedad la que entra en la tienda del chamán y sale reparada, sanada? Si no es así, ¿qué sentido tiene airear esa reparación personal?

Efectivamente, lo que se pretende es que toda la sociedad entre en la tienda del chamán y salga reparada, sanada. Se pretende que una conversación privada «cosa las heridas de una sociedad». Nada es más útil a los chamanes sociales que una buena metáfora. «Avanzar hacia la paz». Espiritual, claro. Porque la paz de verdad se consigue cuando la policía y la ley, el Estado, impide que los asesinos puedan seguir matando. Si ETA deja de matar no es gracias a la sociedad ni a los arrepentidos, sino a la fuerza, a la violencia legítima, del Estado. Después cada uno se cuenta los cuentos que quiere.

Aquí es donde se ve en qué consiste eso que se llama justicia restaurativa. Busca, dicen, «reparar el daño causado». ¿Cómo se reparan dos tiros en la nuca? ¿Cómo se repara el cuerpo de un policía que sale despedido de su coche, de una persona que se quema viva? Mitigar el dolor de un familiar, a lo mejor. Reparar el daño causado durante décadas por una banda terrorista y por las organizaciones políticas y sociales que lo apoyaban es sencillamente imposible. Ese daño, tanto el personal como el colectivo, es irreparable. Y tratar a los continuadores de todo aquello como agentes políticos y sociales tan legítimos como los demás no es que no repare el daño, sino que escupe sobre ese daño. El perdón no repara nada. Y si se habla de perdón terapéutico, el perdón es sólo una posible forma de terapia. También existen la consulta médica y la Iglesia como formas de terapia. Estas últimas tienen la ventaja de que no se usan políticamente para sanar a toda la sociedad, para pretender que se han «cerrado heridas» colectivas.

Reparar el daño causado: un homenaje a las víctimas y una declaración de condena de vez en cuando. «Aquello estuvo mal». La pipa de la paz, cargada de loto. Por supuesto, ni se les ocurre deslegitimar a quienes aún hoy justifican y reivindican esos asesinatos. Al parecer, de la misma manera que la víctima que perdona representa a toda la sociedad, el asesino que dice arrepentirse representa no sólo a su versión no arrepentida -el desdoble del yo es esencial-, sino a todos los que participaron en las diversas organizaciones para el terrorismo. También a los que hoy los homenajean. Ni se les ocurre abordar la dimensión colectiva del asesinato selectivo, claro. Porque a ver cómo se reparan los efectos vigentes de la presión social, los exilios y las amenazas. ¿Con un homenaje institucional y una declaración de condena? Venga, hombre.

En este párrafo final -queda una última frase en la que los autores afirman que toda la sociedad debe brindar reconocimiento a Maixabel Lasa- se desata todo. ¿Instrumento valioso para deslegitimar el terrorismo? La historia que se cuenta es la siguiente: una persona puede dedicarse al asesinato -no uno, varios-, puede ser condenado por ello y después una de sus víctimas puede sentarse a hablar con él y concederle una segunda oportunidad. Pues no es un mal viaje. Es decir, ¿en qué sentido deslegitima esto la vía terrorista si, como vemos, siempre es posible una salida después de que tu actividad terrorista haya dado sus frutos? «La violencia no sirvió para nada», se decía la semana pasada en alguno de los múltiples artículos que han repetido durante años un mensaje tan cómodo como falso.

La violencia sirvió, por ejemplo, para que hoy sea más frecuente hablar de violencias que de su concreción cruda: asesinatos, secuestros, amenazas, extorsiones, señalamientos. Y todo eso fue útil, tuvo su recompensa, sirvió para muchas cosas. Sirvió para que cuando los mismos que hace años apoyaban de muchas maneras a los asesinos gritan hoy fascista se active un resorte en el señalado. Se recuerdan las dianas en las paredes, las piezas informativas en el periódico de la izquierda abertzale, las imágenes sangrientas en los telediarios. Y se impone la reflexión, la prudencia y muchas veces el silencio. Así es como los que defendían el asesinato, los que fueron eliminando a los diferentes que no querían integrarse en su agenda, pueden hoy gritar fascista para seguir construyendo su mapa social y político. Claro que el asesinato sirvió para algo. Ésa es precisamente la cuestión. Cuesta entender en qué sentido ofrecer una segunda oportunidad a quien ya hizo su trabajo puede ser una herramienta de deslegitimación del terrorismo, y no una carta blanca.

¿No sería justicia restaurativa llevar a Txapote a la plaza de un pueblo y someterlo al juicio público de la sociedad?

«Profundización en la dimensión colectiva de la justicia», se dice. ¿Y por qué no el escarnio público al terrorista cuando sale de la prisión como forma de profundización en la dimensión colectiva de la justicia? ¿No sería profundización en la dimensión colectiva de la justicia llevar a Txapote a la plaza de un pueblo y someterlo al juicio público de la sociedad? ¿O sería mejor proyectar en esa misma plaza una conversación entre Txapote y alguna de sus víctimas? ¿Le concedemos también -porque al parecer todos debemos ser Maixabel– una segunda oportunidad a Francisco Javier García Gaztelu? ¿Es que no tuvo su segunda oportunidad cuando decidió asesinar a su segunda víctima? ¿No tuvo una tercera, una cuarta, una quinta oportunidad, y en todas decidió mantener su compromiso con el asesinato? 39 oportunidades tuvo al menos Henri Parot, y en todas ellas confirmó su compromiso.

«Frente a su delirante pretensión de haber ejercido la violencia en nombre del pueblo». Ah, pero no es una pretensión, eso es justo lo que hicieron. Y eso es lo que convierte esta filosofía en algo indigno. Asesinaron -violencia ejerce el lanzador de martillo en los juegos olímpicos- en nombre de una parte del pueblo que ha seguido siendo fiel a las mismas ideas y a los mismos protagonistas. El 27,38% de los votos en las últimas elecciones. Asesinaron en nombre de ese pueblo, y ese pueblo sabe reconocerlo:

23 de agosto de 2021, recibimiento público en Bilbao convocado por Sortu (es decir, Bildu; es decir, el 27,38%) a Agustín Almaraz. El terrorista, a quien la izquierda abertzale recibe con un pasacalles en Bilbao hace apenas un mes, asesinó al agente de la Guardia Civil Emilio Castillo López de la Franca; dejó incapacitado a su compañero Victoriano Álvarez; asesinó a Ángel María González Sabino; asesinó a Rafael Leyva Loro; asesinó a cámara lenta a Domingo Durán Díez, quien quedó tetrapléjico en el mismo atentado y vivió ocho años postrado en la cama, hasta que finalmente murió.

«..Ese mismo pueblo, que al confrontarle con su víctima le dice que su violencia careció de sentido, y que se equivocaron quienes en algún momento la justificaron». El espejo en el que se mira Agustín Almaraz, el espejo del pueblo, es el recibimiento que le ofrece Sortu hace un mes, cuando sale de la cárcel. El sentido de su violencia -y también el sentido de la violencia que deja viuda a Maixabel Lasa- son los guardias civiles, policías, militares, periodistas o concejales que decidieron abandonar el País Vasco para hacer hueco a gente como Ibon Etxezarreta, y también a gente como Agustín Almaraz y a los miles de votantes de Sortu.

Pero al parecer todo esto se repara con iniciativas terapéuticas y sanadoras, y con las películas -en el cine, en los periódicos y en las radios- que nos relatan sus maravillosos efectos. Porque Arnaldo Otegi, que fue el líder de Sortu, que hoy es el líder de EH Bildu y que por tanto nunca ha dejado de ser el líder de Sortu, dijo hace unos días sobre los protagonistas de esta película que «me parece gente que ha sido capaz desde su sufrimiento de tener una actitud muy constructiva y muy respetuosa con todo lo que sucedido en el país». Maixabel en los cines, Otegi en el 27,38% y démonos fraternalmente la paz.

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