Alice, cariño y la toxicidad buena

Alice, darling

Los tóxicos son siempre los demás. Hay algunos calificativos que ensombrecen la promoción de un producto cultural, pero los distribuidores todavía no se han dado cuenta y lo destacan como algo positivo cuando el efecto suele ser el contrario. Pasa mucho con el cine y la literatura, pero es un fenómeno que ya ha viciado el de por sí malogrado negocio del columnismo, ergo de la opinión -y en consecuencia, del debate-. Ya no queda más remedio, como signo de autodefensa, que desplegar la retaguardia ante el afán catedrático cuando se leen o escuchan valoraciones tan gratuitas como que tal o cual película es imprescindible o necesaria. «Si sólo puedes comprar un libro este mes, que sea éste». Y similares. Retomando la causa columnista, de la que habrá que hablar en otro momento: «valiente texto de no sé quién». No pasa un sólo día de la modernidad sin que un o una donnadie haga Historia con un artículo. Todos somos el imprescindible de alguien.

Volviendo a la causa, y vista Alice, darling (en español, Alice, cariño), que rescata la enésima prueba de que el neofeminismo es incapaz de reivindicar a la mujer en límites moderados. O son heroínas o víctimas. O a lo peor, heroínas victimizadas. Y es una pena, porque quien más y quien menos solemos tener bastante a mano ejemplos de mujeres válidas y autorrealizadas a las que nadie ha tenido que considerar imprescindibles o necesarias. Y que sea reaccionario comentar esto en círculos de poder. Alice, darling narra la historia de una mujer joven -interpretada por Anna Kendrick– atrapada en una relación turbulenta de la que, claro está, van a sacarla sus amigas, que no son absorbentes para nada, durante un fin de semana aisladas en el campo (otra alegoría, parece que inconsciente). Hasta una de ellas replica claramente uno de los comportamientos más obvios del maltrato canónico, que es esconderle el teléfono para que no se comunique con su novio. Pero esto, claro, es por su bien. Es maltrato bueno.

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La distribuidora en España rescata las múltiples críticas hiperbólicas de la prensa internacional: inteligente, sensible, increíble, poderosa, sutil, causa furor. Su directora Mary Nighy la vende así: «habla sobre la coacción y el control». Pero del novio opresor, claro. No de las compañías con las que la protagonista discute durante toda la película y que acaban siendo las que, entre muecas, silencios y ojos en blanco, la convencen de confrontar al machirulo hacha (literal) en mano. En otras circunstancias diría que es curioso que las expresiones de resistencia al señoro vengan procesadas por márgenes autoritarios feministas, esto es, del adiestramiento conductual. Pero es algo que ya es patrón en los últimos años, en los que el cine dibuja a los iconos femeninos en formas vengativas y violentas (Violation es el ejemplo más cáustico) cuando no directamente desequilibradas, como en Promising young woman ( leer crítica), habitualmente espoleadas por otras.

Lo peor es que nada de esto es excesivamente rompedor, porque de femme fatales llevamos sabiendo tanto como de la propia existencia del mundo (quizá Eva fue la primera mujer mixta: sensual y turbadora), las amistades decadentes son una costumbre política -ergo llevan perfeccionándose al menos desde Platón- y en lo que respecta a la filmografía, películas como La última casa a la izquierda (que ha cumplido ya los 50 años) o Escupiré sobre tu tumba (1978) ya escribieron personajes femeninos capaces de descuartizar y maltratar al hombre que desbarra en el desarrollo de su imperfecta masculinidad. La diferencia es que, por alguna razón -probablemente la necesidad del globalismo de atar grupúsculos codependientes-, esto ahora es inteligente, increíble o poderoso. Necesario.

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